La tejedora de palabras: Eco y espejismos (La tejedora de palabras 1)
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Capítulo 1
El gruñido grave y amenazante resonó en el pecho de Isida y le aceleró el corazón.
Una ramita crujió y el colibrí que la princesa había estado observando se espantó y salió disparado.
Isida se giró presa del pánico. Unos ojos verdes y furiosos refulgían desde el pelaje negro como la noche de la enorme fiera.
El monstruo enseñó los dientes, cada uno de ellos tan largo como la mano de Isida, y se adentró con parsimonia en el claro rodeado por la impenetrable selva. Su lengua rosada asomó con avidez.
Isida se quedó paralizada por el miedo. ¡Nunca debería haberse alejado de su comitiva!
La pantera tarant se dispuso a dar el salto letal.
Isida abrió la boca para lanzar un último grito desesperado, pero ningún sonido salió de su garganta…
—¿Y eso por qué? —Isida dio una patada en el suelo, desafiante.
La concentración de Chiara se quebró. La selva semitransparente que las rodeaba desapareció, al igual que el mortífero felino.
—¡Genial, ahora lo has estropeado todo! —La princesa lanzó una mirada de enfado a Chiara.
Chiara apretó los labios y bajó la cabeza. No tenía sentido señalarle a Isida que era ella quien había roto el hechizo. La princesa heredera de Arnawal, el imperio que dominaba casi todo el continente conocido, no era consciente de culpa alguna, como siempre.
Chiara volvió a recordar las palabras de la historia y evocó las imágenes en su mente.
—Solo será un momento, Alteza —murmuró agotada.
Llevaba ya dos horas haciendo que la princesa viviera una aventura tras otra.
El cuero cabelludo le hormigueaba de un modo desagradable y un vacío nauseabundo iba adueñándose de Chiara.
Conocía esa sensación de sobra. Isida nunca se cansaba de exigirle nuevas emociones.
Pero las fuerzas de Chiara eran limitadas.
No eran nada en comparación con el poder divino que Isida heredaría algún día de su padre.
Todo el reino ya se preguntaba qué forma se manifestaría en Isida. Su padre tenía la capacidad de ver dentro de la mente de cualquier persona, lo que hacía de él un gobernante grande y justo. Ninguna verdad se le ocultaba jamás.
Su don era mucho más útil e importante que aquello con lo que Chiara —por la razón que fuera— había nacido.
Chiara no sabía hacer más que trucos de feria: alumbrar imágenes con sus palabras.
Aun así, su talento se consideró tan valioso que la eligieron como dama de compañía de la princesa.
Y su familia —lejos, en la provincia del sur— nunca tendría que pasar necesidad ni hambre.
El recuerdo de su madre seguía clavándose en Chiara como una espina, incluso después de más de diez años.
Hacía tanto tiempo que no la veía, no desde aquel día en que su don salió a la luz y Chiara fue entregada a los sacerdotes, como mandaba el deber.
Su madre no había dejado de llorar. Chiara nunca olvidaría la pena en su rostro.
Pero el castigo por desobedecer era la muerte.
Muy pocas personas fuera del linaje real portaban una chispa de magia mental, por lo que su supervisión recaía exclusivamente en el rey, quien, como enviado de Dios, era el único que conocía la voluntad superior.
—Déjalo. —El suspiro de Isida arrancó a Chiara de sus recuerdos—. De todos modos, no sé cómo se te ocurrió que me divertiría que una bestia me hiciera pedazos.
Chiara sonrió con gesto conciliador.
—No habría llegado a eso. Vuestro salvador estaba a solo unas palabras de distancia.
—¿Ah, sí? —El interés iluminó el rostro de Isida—. ¿Qué aspecto tiene?
—Alto, fuerte, imponente —enumeró Chiara sin dudar—.
El cabello oscuro le enmarca el rostro y los ojos azules le brillan bajo unas cejas pobladas.
—No pudo evitarlo: el semblante de Idrian se coló en su mente, justo al lado de la princesa—.
Su mentón es anguloso y la nariz recuerda al pico de un águila —intentó corregir a toda prisa su descuido.
La imagen cambió, pero no lo bastante rápido.
Isida ya había reconocido al joven cortesano, que apenas era unos años mayor que ellas dos.
—¡Basta! —le ordenó a Chiara con severidad—. Me encantaría que Idrian me salvara.
A regañadientes, Chiara obedeció y dio forma al joven con toda la viveza que su agotamiento le permitía.
—O mejor aún —arrulló Isida, acercándose con una sonrisa a la imagen—. Nos saltamos la pelea y la sangre, y pasamos directamente a la parte agradable. —Le lanzó una mirada apremiante a Chiara—. No me importaría que Idrian volviera a besarme.
Algo se crispó dentro de Chiara.
—¿Otra vez? —graznó.
—Pues claro. —Isida le dedicó una sonrisa cómplice—. ¿No te has preguntado por qué he estado paseando por el jardín sin ti estos últimos días?
Chiara se mordió el labio para que la princesa no notara lo mucho que le habían afectado sus palabras. Ayer mismo, Idrian había afirmado que ella era la única para él. La había besado y, por primera vez en mucho tiempo, se había sentido valiosa y vista.
—Oh. —Isida frunció la impecable frente—.
¿De verdad creías que eras alguien especial para él?
—Negó con la cabeza y un atisbo de auténtica compasión le cruzó el rostro—.
Chiara, no puedes ser tan ingenua, en serio.
—Extendió el brazo y Chiara se acercó a ella, más por costumbre de obedecer cada una de sus órdenes que por iniciativa propia.
La princesa le acarició el hombro—. ¿Por qué iba a conformarse con tu compañía si puede tener la mía?
Las palabras le atravesaron el corazón a Chiara y le hicieron ver su estupidez. De verdad había creído que, por una vez, tan solo por una vez, valía algo para alguien. Como persona, no solo como un espectáculo.
Intentó desesperadamente contener las lágrimas. No quería que Isida viera su debilidad. La princesa no era mala, no le haría daño a propósito; simplemente no caía en la cuenta de que Chiara también tenía sentimientos.
—No te lo tomes como algo personal —dijo Isida con tono alentador—. Si tú fueras la princesa y yo la sirvienta, él te habría elegido a ti.
Eso no mejoraba mucho las cosas. Chiara respiró hondo, temblando.
—¿No os molesta eso?
—¿Por qué iba a molestarme? —Isida se encogió de hombros—.
Así es el mundo. Yo puedo darle lo que él busca.
Y él me da a cambio algo que yo quiero: distracción.
—Le dio una palmadita en el brazo a Chiara—.
Dejémoslo. Dentro de nada tengo que aguantar dos interminables horas con los sacerdotes, así que antes pienso divertirme un poco, sea como sea.
—Señaló el lugar vacío donde antes se alzaba la figura de Idrian—. Tráelo de vuelta.
Chiara se tensó. Isida no podía ser tan cruel, en serio.
—Venga, Chi. —La princesa le dio un codazo—. Total, no es real. —Bajó la mirada—. Nada de esto lo es. Así que saquémosle el mejor partido.
Chiara luchó por mantener las lágrimas a raya mientras, murmurando, evocaba la familiar figura de Idrian.
—Y hazlo lo más real posible —ordenó Isida—. Al fin y al cabo, sabes por experiencia propia cómo es eso.
Como aturdida, Chiara intentó obedecer la despreocupada orden, pero se le quebró la voz y la imagen perdió consistencia.
—Estoy exhausta —susurró ahogada. No era mentira. Se sentía completamente vacía, y un dolor de cabeza palpitante la atenazaba sin tregua.
Irritada, Isida puso los brazos en jarras.
—No te lo tomes tan a pecho —explicó con impaciencia—. Ese no merece la pena.
Chiara asintió. Ahora también ella se daba cuenta. Pero eso no le aliviaba el dolor del pecho.
—Si hubiera sabido que te afectaría tanto, no lo habría mencionado —refunfuñó Isida, frustrada. Sacudió la cabeza y el cabello castaño oscuro, casi negro, peinado en cuidadosos rizos, danzó alrededor de su bonito rostro.
Instintivamente, Chiara se llevó la mano a su sencillo cabello. Quizás Idrian la habría elegido a pesar de todo si su pelo no fuera tan aburrido y apagado y su ropa tan discreta. No era de extrañar que, junto a la deslumbrante princesa, rara vez repararan en ella.
En el fondo, ese era precisamente su destino.
Su propósito era no ser vista. Desde pequeña le habían inculcado que debía permanecer invisible en segundo plano para que las imágenes que creaba parecieran lo más reales posible.
Porque ¿qué gracia tenía aquello si uno era consciente en todo momento de la tejedora de palabras que tenía al lado?
—Muy bien, puedes irte —decidió Isida, magnánima, al ver que Chiara seguía callada—. De todas formas, hoy no me sirves de nada. Espero que mañana estés de mejor humor.
—Gracias. —Chiara hizo una reverencia maquinal y echó a andar.
—¿Chi? —la detuvo la princesa en el umbral.
Chiara se esforzó por mantener una expresión impasible.
—¿Sí, Alteza?
—Solo busca su propio beneficio; te mereces algo mejor que él.
—Desde luego. —Chiara bajó la cabeza y salió presurosa.
Sabía que la princesa tenía razón. Desde el principio le constaba que Idrian no era ningún santo, pero aun así sentía por él un afecto sincero.
Era el único que la trataba como a una persona, como a una mujer, y no como a una mera curiosidad.
Había creído que él también la quería. Sin embargo, lo que le dolía mucho más que su engaño era que Isida ni siquiera le hubiera concedido ese poquito de felicidad.