Capítulo 20 #4
Estaba tan apuesto que resultaba casi una desvergüenza.
Llevaba el pelo más corto de como ella lo recordaba, y la barba tan al ras que era poco más que una sombra, lo que subrayaba aún más la armonía de sus facciones.
Vestía un uniforme parecido al de Willem y Malik, solo que el suyo iba ribeteado de pasamanería dorada en mangas y cuello.
Sin querer, a Chiara le asomó una sonrisa a los labios.
El rostro de él siguió impasible como un bloque de mármol. Su mirada resbaló por encima de ella, indiferente, mientras avanzaba. La sonrisa de Chiara se marchitó.
A su lado caminaba una mujer de unos cincuenta y cinco años, con mechones gris plateado entre su espesa melena negra y los mismos ojos verdes que Cadrim.
—La princesa viuda Erana de Laran —anunció el heraldo, y la mujer inclinó la cabeza con majestuosidad.
Chiara estaba tan conmocionada que se olvidó de hacer una reverencia. ¿Por qué estaba Cadrim junto a esa mujer? ¿Dónde se había metido el maldito príncipe?
—El príncipe Cadrim de Laran —concluyó el hombre con solemnidad la presentación.
Las palabras retumbaron en los oídos de Chiara mientras la verdad, despiadada, se desplomaba sobre ella. Se hincó las uñas en las palmas para no gritar.
—Me complace veros indemne, Alteza. —Su voz era tan fría como el agua de la que la había sacado.
No podía ser Cadrim. Aquel no era el hombre que la había sostenido, consolado y dado calor. No era el hombre que temblaba de pasión cuando ella lo tocaba. ¿Tendría Cadrim un gemelo malvado? ¿O sería que solo compartían nombre?
Willem cambió el peso de un pie a otro y su mano rozó la de ella. No estaba segura de si era un gesto de consuelo o de disculpa. Y no le importaba. Deberían habérselo dicho. Deberían habérselo dicho, maldita sea.
—Espero que vuestros aposentos sean de vuestro agrado, Alteza. En cuanto os hayáis instalado, fijaremos fecha para el enlace —dijo Cadrim, e inclinó la cabeza, rígido, antes de dar media vuelta.
Chiara se tambaleó. La dejaba allí plantada, sin más. Otra vez.
—Lo siento; no nos estaba permitido revelároslo —musitó Willem, y con eso enterró la última esperanza de que ella hubiera entendido mal la escena.
Un sollozo histérico la sacudió. Aquello no tenía ningún sentido.
Aun admitiendo que tuviera sus razones para no descubrir su identidad de buenas a primeras, ¿por qué no lo hizo antes de hundir el rostro entre sus muslos? ¿Por qué al día siguiente fingió que no había futuro para los dos? Estaba destinada a él desde el principio…
Acto seguido la sacudió la siguiente certeza atroz. Era él el responsable de los ataques contra Arnawal. No se había limitado a cumplir órdenes: las había dado .
Lágrimas de rabia, de desengaño, de pena le velaron la vista a Chiara. Se zafó de Willem, que le apretaba los dedos para consolarla.
Cadrim desapareció por la puerta.
Encendida, lo siguió con la mirada. Él le debía más que eso. Bastante más.
Como disparada por un resorte, Chiara se lanzó hacia delante.
—¡Cadrim! —Su voz rebotó en las paredes, imperiosa y nítida.
Los guardias corrieron a cerrarle el paso. Ella ni los miró. Casi había alcanzado el corredor donde él acababa de entrar. Cadrim seguía de espaldas.
—¡Una palabra, mi príncipe !
Al menos tuvo la decencia de dar un respingo.
La princesa viuda examinó a Chiara con una mirada indescifrable.
—¿Hago que lleven a la princesa a sus aposentos? —le preguntó a su hijo.
—No. —Se volvió despacio—. De eso puede encargarse Willem ahora mismo. Dejadnos solos.
El corredor se vació en unos segundos, y Willem hasta cerró la puerta a su espalda.
Solo la luz trémula de las lámparas de aceite colgadas de las paredes alumbraba el rostro de Cadrim: aquellas facciones familiares hasta el dolor que, de pronto, parecían las de un extraño.
Porque no quedaba en ellas calor ni afecto.
—¿Y bien? —Se recostó en la pared y miró a Chiara, a la espera, mientras ella clavaba los dedos en la tela de su falda para no cruzarle la cara.
—Exijo una explicación. —Se cruzó de brazos, confiando en que él no notara cuánto temblaba.
Él no la miraba al hablar.
—Creo que los hechos saltan a la vista. Soy el soberano de este reino, el enemigo mortal de tu padre. Sabes que este matrimonio es un asunto político y nada más. No lo compliquemos sin necesidad.
Chiara no daba crédito a que esas palabras salieran de la misma boca que le había asegurado lo compasiva, valiente y hermosa que era.
—Pues en la cabaña no lo parecía.
—Ah, eso. —Apartó de un manotazo el recuerdo de aquellas horas, como si para él no significaran nada.
Su rostro lucía la misma indiferencia de antes—.
Era simple curiosidad. En cuanto sacié mi sed de saber, me marché.
Nada me retenía ya allí. —A sus labios asomó una sonrisa por la que ella habría querido arrancarle los ojos—.
Pierde cuidado: no tengo la menor intención de volver a importunarte.
—No te creo —musitó Chiara, con la voz estrangulada.
—Lo que tú creas o dejes de creer no cambia la realidad. —Se despegó de la pared con un impulso—. Bienvenida a Laran, princesa .
Fin del primer volumen
La historia continúa en La tejedora de palabras: Secretos y brasas .
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