LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 21 · Inés
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Capítulo 21 · Inés

Eso fue lo primero que pensó Al abrir la puerta.

No olía a huésped. No olía a perfume caro, ni a ducha reciente, ni a maleta abierta, ni a minibar violado por un ejecutivo con hambre triste. Olía a detergente industrial, a madera barnizada y a mentira fresca.

Hugo se quedó detrás de mí, sin tocarla.

—No entres todavía.

—Ya estoy entrando.

—Inés.

—Si alguien ha usado mi nombre otra vez en esta suite, quiero verlo antes de que el hotel lo convierta en incidencia y tú en anexo.

—No todo lo convierto en anexo.

—Hoy no es el día para defenderte con datos.

Entró.

La suite 402 seguía siendo excesiva para cualquier persona que trabajara dieciséis horas de pie. Tenía salón pequeño, cama enorme al fondo, sofá color piedra, cortinas pesadas y una mesa auxiliar donde alguien había dejado tres cosas colocadas con una precisión casi ofensiva.

Una carpeta negra.

Una tarjeta de acceso.

Y una botella de cava abierta.

No toqué nada.

La botella tenía dos copas al lado. Una usada. La otra limpia. Sobre la carpeta, una nota impresa:

“Reunión privada. I. Roca / H. Marín.”

Hugo soltó una palabra muy baja.

—No.

—Qué frase más completa —dije.

—Esto está preparado.

—Gracias. Pensaba que era una bienvenida romántica de contabilidad.

Él sacó el móvil, hizo fotos desde la puerta y luego desde el lateral, sin mover nada. Bien. Punto para él. Odiaba que sumara puntos cuando ella aún tenía ganas de quitárselos todos por principio.

—Alguien quería que pareciera que nos hemos reunido aquí a solas —dijo Hugo.

—Nos hemos reunido aquí a solas.

—No así.

—No. Normalmente hay más mala leche y menos cava.

La puerta quedó abierta detrás de ellos. Marta apareció en el pasillo con una tablet y la expresión de quien estaba a tres problemas de quemar el uniforme.

—Dime que no habéis bebido eso.

—Marta, por favor. Tengo dignidad.

—Tienes sueño. Es distinto.

Hugo levantó la tarjeta de acceso con un pañuelo de papel.

—¿Puedes mirar esta copia?

Marta no entró. Miró desde el umbral.

—No pertenece a huésped. Es de servicio temporal. O debería estar desactivada.

—¿Usuario genérico? —pregunté.

—Sí. Otra vez. Pero esta vez hay algo más.

Marta giró la tablet.

El registro mostraba tres accesos a la suite. Uno a las veintidós cuarenta y seis. Otro a las veintitrés doce. El último a las veintitrés cuarenta y nueve.

El primero, usuario genérico.

El segundo, limpieza.

El tercero, Hugo Marín.

Miré a Hugo.

Él no se movió.

—Yo no he entrado.

—Lo sé.

La respuesta salió antes de que pudiera elegir otra más dura.

Hugo me miró.

Marta también.

Me arrepentí un poco de haber sido tan rápida. Luego decidió que no. Había tardado suficiente en no creerlo.

—Su tarjeta estaba conmigo a esa hora —dijo—. En la sala azul. Sobre la mesa. La vi.

Hugo no agradeció. Bien. Si le daba las gracias por creer una evidencia básica, lo empujaba contra la cama por motivos no románticos.

Marta tecleó.

—Entonces alguien ha clonado o usado una copia anterior vinculada a su perfil.

—¿Teresa puede hacerlo? —pregunté.

—Teresa puede pedirlo. Hacerlo, no. Necesita recepción, mantenimiento o alguien con permiso de back office.

Desde el pasillo llegó la voz de Vera.

—O alguien que lleva veinte años tratando al hotel como si fuera suyo.

La directora entró sin pedir permiso. Llevaba el pelo recogido, el móvil en una mano y una calma peligrosa en la cara. Cuando Vera Soler no parecía cansada, había que temerla.

—Teresa acaba de enviar un correo a dirección del grupo Mirall —dijo—. Con copia oculta a mí, porque la tecnología también se venga de la soberbia. Insinúa que Hugo y tú habéis manipulado la auditoría después de una relación personal improcedente.

Noté un pinchazo limpio debajo de las costillas.

No fue vergüenza.

Fue rabia.

—¿Ha usado esas palabras?

—Ha usado más. Y peores. Pero con comas muy caras.

Hugo dio un paso hacia la mesa.

—Quiere invalidar mi informe antes de que llegue la versión corregida.

—Quiere invalidarte a ti —dije—. A mí ya me tenía invalidada desde antes.

Vera miró la botella, las copas, la nota, la carpeta.

—Y quiere que mañana, cuando Mirall pida explicaciones, todo parezca sexo barato en una suite cara.

—Qué bonito le ha quedado —dijo Marta.

—No era un elogio.

Me acerqué a la carpeta. Hugo hizo un gesto mínimo.

—No la toques.

—No soy idiota.

—No he dicho eso.

—Tu mano sí.

Él bajó la mano.

Bien.

Vera sacó una foto.

—Marta, cierra registro de accesos y descarga copia antes de que alguien descubra que ha dejado huellas digitales en una estupidez. Hugo, envía tu informe corregido ahora mismo. No a Teresa. A Mirall, a dirección y a mí. Con trazabilidad. Inés, quiero tu lista de condiciones adjunta.

Parpadeé.

—¿Mi lista?

—Sí.

—Eso no es un documento formal.

—Desde hace tres minutos, sí. Felicidades. Tu enfado acaba de entrar en circuito administrativo.

Marta casi sonrió.

Hugo abrió el portátil sobre la mesa del salón de la suite, no la de las copas. Me coloqué a su lado y le pasé el archivo desde el móvil. No fue íntimo. Fue peor: práctico, rápido, coordinado. Dos personas moviéndose con la precisión de quienes habían peleado suficiente para entenderse.

El correo salió a las doce y cuatro.

Asunto: Informe corregido. Auditoría eventos Hotel Vera. Incidencias de integridad documental.

Hugo adjuntó el informe. Adjunté sus condiciones. Marta adjuntó el registro de accesos. Vera adjuntó una frase seca que valía más que un grito: “Cualquier valoración futura deberá partir de documentación verificable, no de insinuaciones no contrastadas.”

Cuando el correo se envió, nadie aplaudió.

No era ese tipo de victoria.

La botella de cava seguía abierta sobre la mesa, vulgar de pronto, como todas las trampas cuando dejaban de funcionar.

Vera me miró.

—Teresa te llamará en menos de dos minutos.

—No pienso coger.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Quería comprobar que todavía tenías criterio.

Mi móvil vibró.

Teresa Lladó.

Lo dejé sonar.

Una vez.

Dos.

Tres.

Luego lo puse boca abajo.

Hugo me miró como si aquel gesto le hubiera cambiado algo por dentro.

—No hagas esa cara —dije.

—¿Cuál?

—La de hombre que acaba de descubrir que no obedecer también puede ser sexy.

Marta tosió.

Vera cerró los ojos.

—Me voy antes de oír algo que deba gestionar mañana.

—Yo también —dijo Marta—. Pero por cobardía sana.

Salieron y dejaron la puerta abierta.

Hugo y yo quedamos en la suite 402, con una trampa desmontada, un informe enviado y demasiada electricidad suelta en una habitación que se había empeñado en equivocarse con ellos.

—Deberíamos bajar —dijo Hugo.

—Sí.

Ninguno se movió.

Me apoyé en el respaldo del sofá. Le dolían los pies. La espalda. El orgullo. Una parte más baja y menos presentable también.

—No te he perdonado —dijo.

—Lo sé.

—Pero ya no te quiero fuera.

La frase era simple. Por eso asustaba.

Hugo tragó saliva.

—Inés.

—Y no me mires así, porque estoy agotada y sigo teniendo llaves de almacén.

—No sé cómo mirarte de otra forma ahora mismo.

Eso sí fue demasiado.

Demasiado limpio no. Demasiado real.

Caminé hasta él y lo besé antes de encontrar una frase más inteligente.

Hugo no me sujetó enseguida. Primero me dejó llegar. Me dejó decidir. Después sí. Una mano en mi cintura, otra en mi nuca, la boca abierta contra la mía con una mezcla de hambre y cuidado que me dio rabia porque funcionaba.

No fue como la primera vez.

La primera vez había tenido cansancio, pelea y necesidad de romper algo.

Esta tuvo elección.

Y eso era bastante más peligroso.

Se separaron con la respiración mal puesta.

—Esto no resuelve el informe —dijo Hugo.

—No estaba besando el informe.

—No resuelve Teresa.

—Teresa no merece cama en esta escena.

Él casi sonrió.

Le apoyé una mano en el pecho, no para apartarlo. Para comprobar que seguía allí.

—Mañana quiero que delante de Mirall digas la verdad.

—La diré.

—No que me defiendas. La verdad.

—La verdad es que sin ti el hotel pierde más de lo que gana recortando.

—Eso suena a informe.

—La verdad es que sin ti yo también me habría equivocado.

No contesté.

Porque esa frase sí entró donde no tocaba.

Hugo me rozó la muñeca con los dedos. Pregunta mínima. Permiso mínimo.

Ella no retiró la mano.

La suite 402 seguía oliendo a detergente, cava abierto y trampa fallida.

Pero por una vez desde que todo empezó, no sentí que el hotel decidiera por mí.

Esta vez, decidí yo.

—Cierra la puerta —dijo.

Hugo me miró.

—¿Segura?

—No me hagas repetirlo. Me baja la libido y sube mi lado sindical.

Él cerró la puerta.

Y la suite equivocada dejó de ser una trampa.