Capítulo 20 · Inés
A las once y veinte, escribí por una vez en diez años una lista que no era para salvar a nadie.
No era un cronograma.
No era un inventario.
No era una tabla de alérgenos ni un resumen de montaje ni una relación de camareros disponibles con más paciencia que contrato.
Era una lista de condiciones.
Y, por eso, le costó más que cualquier boda.
Estaba sentada en la sala azul, la misma donde unas horas antes Hugo había ayudado a Biel a poner una frontera frente a su padre. La mesa era estrecha, la luz demasiado blanca y el café de la máquina sabía a moneda. En mi portátil, el documento tenía un título provisional:
“Condiciones mínimas para dirección interna de eventos.”
Mínimas.
La palabra la tranquilizaba porque sonaba prudente.
La enfadaba porque era cobarde.
Borró “mínimas”.
Escribió:
“Condiciones para asumir dirección interna de eventos.”
Mucho peor.
Mucho mejor.
Marta entró sin llamar, porque había gente que llamaba a las puertas y gente que era recepción.
—Traigo accesos, logs y un paquete de galletas de cocina que no deberíamos comer porque pone “sin gluten” y son para mañana.
—No podemos robar comida de alergias.
—No son de alergias. Son de cortesía. Pero decir alergias me daba autoridad moral.
Acepté una galleta.
—Estoy haciendo una lista.
—Ya lo veo.
Marta miró la pantalla por encima de su hombro.
—Pon dinero.
—Está.
—Pon más.
—No sabes cuánto he puesto.
—Si eres tú, poco.
La odiaba cuando acertaba con tanta economía.
Subió la cifra.
Marta asintió.
—Ahora parece que quieres un cargo, no una disculpa con nómina.
—No estoy segura de quererlo.
—Claro que no. Querer cosas da mucho trabajo. Mejor quejarse de lo que te dan mal.
—Marta.
—¿Qué?
—Gracias, supongo.
—No te acostumbres. Me sienta fatal.
Dejó la tablet sobre la mesa.
—Accesos: Eduard Salvat fue revalidado desde terminal de administración.
Teresa estaba dentro. No prueba que lo hiciera ella, pero prueba que mintió cuando dijo que no había contactos operativos previos con Géminis.
Hay dos llamadas de su móvil corporativo a un número de Géminis la semana pasada.
Hugo ha pedido trazabilidad del documento manipulado.
Mordí la galleta.
Estaba seca.
Apropiada.
—¿Dónde está él?
—En recepción, con Vera. Rehaciendo el informe como si tuviera que pagar cada palabra de su bolsillo.
—Bien.
—Sí. Qué fastidio cuando los hombres hacen algo medio decente sin pedir aplauso.
No contesté.
Marta me miró.
—No lo castigues por lo que no ha hecho solo porque te da miedo que haya hecho algo bien.
—¿Desde cuándo das consejos sentimentales?
—No doy consejos sentimentales. Doy mantenimiento preventivo. Lo sentimental ensucia mucho las habitaciones.
Se fue con la misma falta de solemnidad con la que había entrado.
Me quedé ante la pantalla.
Volvió a la lista.
Equipo.
Salario.
Autoridad.
Protocolos.
Cierre de accesos.
Presupuesto.
Derecho a decir no.
Esa última línea no era de empresa. No sabía si podía ponerla.
La puse.
“Autoridad expresa para rechazar cambios que comprometan seguridad, dignidad del equipo o viabilidad operativa del evento.”
Dignidad.
Qué palabra más grande para un hotel donde la mitad de las crisis empezaban con alguien diciendo “solo será un momento”.
A medianoche menos diez, Vera entró con Hugo.
Cerré el portátil por reflejo.
Vera me vio.
—Si estás escondiendo condiciones, malas serán.
—Estoy evitando que me las corrijan antes de existir.
—Bien. Eso significa que existen.
Hugo llevaba el portátil bajo el brazo. Tenía la camisa arrugada, el pelo algo revuelto y los ojos de quien llevaba horas peleándose con documentos que olían mal.
—He encontrado el origen técnico del archivo manipulado —dijo.
Me quedé quieta.
—¿Y?
—Se creó a partir de una copia de mi avance descargada desde el buzón de Teresa. Después se editó en un equipo externo. No puedo probar quién lo hizo, pero sí puedo probar que mi documento salió de su buzón antes de la manipulación y que la versión falsa no salió de mi cuenta.
—¿Géminis?
—La plantilla del documento coincide con una usada por Géminis. Marta ha encontrado metadatos. Autor del archivo: E.Salvat.
Eduard.
El hombre de la acreditación caducada.
Solté el aire despacio.
No alivio.
Algo más cansado.
—Entonces no eras tú.
—No.
—Ya.
Hugo no pareció satisfecho con la absolución. Eso me molestó porque una parte de mí sí quería que lo pareciera. Si hubiera sonreído, si hubiera dicho “te lo dije”, habría sido más fácil volver a colocarlo en la casilla de hombre insoportable.
Pero solo dejó el portátil sobre la mesa.
—Siento que hayas tenido que dudarlo.
Levanté la vista.
—No pidas perdón por mi duda. Me pertenece.
—De acuerdo.
Vera miró a uno y a otra.
—Voy a hacer algo muy poco directivo: me voy antes de que esto se vuelva personal delante de mí.
—Vera —dije.
—No. Ya he gestionado suficientes cuerpos adultos fingiendo que solo hablan de procesos.
Marta está en recepción, Dani está cerrando el salón y Teresa está escribiendo un correo largo que probablemente no debería enviar.
Si el hotel no arde en los próximos veinte minutos, considero la noche un éxito.
Salió.
La sala azul quedó con la puerta entornada, la luz fea y dos portátiles sobre la mesa.
Hugo se quedó de pie.
—He corregido el informe.
—Lo sé.
—No para que me perdones.
—Eso también lo sé.
—Bien.
—No digas bien. Estamos lejos de bien.
—Sí.
Abrí su portátil y giré la pantalla hacia él.
—Yo he hecho mi lista.
Hugo leyó en silencio.
No tocó el teclado. No corrigió. No frunció el ceño ante el salario. Punto para él.
Cuando llegó a la última línea, levantó la mirada.
—Derecho a decir no.
—Sí.
—Es la línea más importante.
—Lo sé.
—Entonces no la quites si Teresa pone cara.
—Teresa nació poniendo cara.
Él casi sonrió.
La sala se quedó pequeña.
Otra vez.
Cerré el portátil.
—No sé qué hacer contigo.
Hugo no dio un paso.
—No tienes que hacer nada conmigo esta noche.
—Eso suena correcto.
—Lo intento.
—Y molesta.
—También lo sé.
Me levanté. El cuerpo me dolía entero: pies, espalda, hombros, una zona blanda detrás de las costillas que no pensaba nombrar. Hugo seguía al otro lado de la mesa, con la decencia agotadora de no acercarse.
—No te creo del todo —dije.
—Lo entiendo.
—Pero ya no creo que hayas escrito ese informe.
—Gracias.
—No me des las gracias por usar pruebas.
—Perdón.
—Tampoco pidas perdón.
Hugo soltó aire por la nariz. Casi una risa. Casi nada.
—Me estás dejando pocas opciones.
—Bienvenido a trabajar conmigo.
Esta vez sí sonrió.
Poco.
Demasiado.
Mi móvil vibró sobre la mesa.
Dani.
“Suite 402 vuelve a aparecer bloqueada en sistema. Sin cliente. Sin mantenimiento. Y con tu nombre en observaciones.”
Leí el mensaje.
Luego se lo enseñó a Hugo.
La sonrisa de él desapareció.
—No he tocado esa reserva.
—Ya.
Otro mensaje. Marta.
“Acabo de verlo. Alguien ha reactivado la suite equivocada desde usuario genérico. Otra vez.”
Miré la puerta de la sala azul.
Después a Hugo.
El hotel, por supuesto, aún no había terminado.
—Vamos —dijo.
—¿Los dos?
Cogí la tablet, el móvil y la lista de condiciones que seguía abierta en la pantalla.
—Sí.
Hugo me siguió al pasillo.
No la toqué.
No le hizo falta.
Esa vez no caminé delante para demostrar que podía sola.
Caminé a su lado.