LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 19 · Inés
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Capítulo 19 · Inés

Leí el informe en la pantalla del móvil de Hugo sin tocar el móvil de Hugo.

Había intimidades que ya no pensaba aceptar por accidente.

Él lo sostuvo entre ambos, a una distancia incómoda y correcta.

El pasillo lateral del salón Mirall seguía oliendo a café, moqueta caliente y canapés que habían sobrevivido a demasiadas manos.

Dentro, el evento bajaba de revoluciones.

Fuera, Teresa se había encerrado con Vera.

Marta fingía ordenar tarjetas de acceso a tres metros de distancia, que era su forma de escuchar con educación.

Leí despacio.

“Infradotación crónica.”

“Trabajo invisible no presupuestado.”

“Autoridad operativa formal.”

“Candidata evidente: Inés, si acepta.”

Ese “si acepta” me tocó una zona que no esperaba.

No era “darle” algo.

No era “salvarla”.

No era “mantenerla”.

Era una puerta. Y el problema de las puertas era que una podía decidir no cruzarlas y luego no culpar a nadie.

—Esto no estaba en tu primer avance —dijo.

—No.

—¿Por qué?

Hugo no fingió buscar una respuesta bonita.

—Porque no lo vi.

Solté una risa baja.

—Qué maravilla. Invisible hasta para el auditor.

—Sí.

—No me des la razón así. Me quitas sitio para odiarte.

—No pretendo quitártelo.

—Pues lo haces fatal.

Él bajó el móvil.

—No he escrito esto por lo de anoche.

—No menciones anoche.

—Vale.

—Y no digas vale con esa cara.

—No sé qué cara tengo.

—La de hombre que sabe que si respira muy alto, le tiran una bandeja.

—Es bastante exacta.

Miré hacia el salón. Pau estaba recogiendo acreditaciones con más firmeza de la que tenía por la mañana. Dani hablaba con el francés del micrófono usando las manos como si estuviera vendiendo paz internacional. El equipo Mirall sonreía. Teresa no estaba. El hotel parecía funcionar.

Eso, a veces, era lo más peligroso.

Cuando algo funcionaba, nadie quería mirar cuánto había costado.

—No quiero un cargo como premio por aguantar —dije.

—No lo planteo así.

—Teresa sí lo planteará así. Dirá que me habéis dado un caramelo para tapar el follón.

—Entonces no lo aceptes como caramelo. Exige estructura.

La frase me llegó limpia.

Demasiado limpia.

—¿Esa es tu solución?

—No. Es una opción.

—Otra palabra de informe.

—Sí.

—Me estás hablando como auditor.

—Estoy intentando no hablarte como alguien que quiere tocarte.

Me quedé quieta.

Marta, a tres metros, dejó caer una tarjeta. Se agachó con una lentitud insultante.

Hugo cerró los ojos un segundo.

—Perdón.

—No.

—No debería haber dicho eso aquí.

—No deberías haber dicho eso tan bien.

La frase se escapó sola.

Ambos la miraron caer.

Me giré hacia la puerta de servicio.

—Necesito aire.

—¿Quieres que...?

—No.

Él no se movió.

Bien.

Mal.

Salí al patio interior del hotel, una especie de espacio estrecho donde daban las cocinas, dos salidas de emergencia y un trozo de cielo que Barcelona concedía de mala gana.

Había cajas plegadas, un cenicero lleno aunque nadie admitía fumar y una silla de plástico con una pata un poco más corta que las otras.

Me senté.

No por drama.

Por pies.

El móvil vibró.

Vera.

“Despacho en diez. Quiero tu versión antes de cerrar nada.”

Luego Dani.

“Si aceptas mandar más, pide presupuesto para gente viva. No aceptes becarios con pulso dudoso.”

Luego Marta.

“No seas tonta con orgullo. Sé lista con contrato.”

Miré el tercer mensaje más tiempo del necesario.

No seas tonta con orgullo.

Qué asco cuando recepción tenía razón.

Hugo apareció en la puerta del patio con dos vasos de agua. Me quedé en el umbral.

—¿Puedo dejarte esto y marcharme?

—Puedes dejarlo.

Él avanzó, dejó el vaso sobre una caja cerrada y retrocedió un paso.

—Y puedes quedarte a dos metros —añadí.

Hugo obedeció.

Eso la irritó menos de lo que debería.

Durante unos segundos, solo se oyó cocina: agua corriendo, alguien diciendo que faltaban platos hondos, un portazo, el pitido de un horno.

—Teresa va a usar lo nuestro contra ti —dije.

—Probablemente.

—Y contra mí.

—Sí.

—Qué útil has salido.

—Muchísimo.

Casi sonrió.

No lo hice.

—Si acepto algo, no será por ti.

—Bien.

—No será porque me defendiste.

—Mejor.

—No será porque anoche...

Se calló.

Hugo no la completó.

Gracias a algo.

—Será porque estoy harta de hacer de columna invisible de un edificio donde otros firman los planos —dije.

Hugo me miró.

No con deseo.

No solo.

Con respeto. Del que incomoda porque no intenta convertirte en más suave.

—Entonces pídelo así.

—No sé pedir.

—Sí sabes. Lo que no sabes es pedir sin empezar pidiendo perdón por existir.

Abrí la boca.

La cerré.

Qué falta de respeto que alguien acertara.

—No te pongas profundo en un patio con cajas de verdura —dijo.

—Lo apunto.

—No apuntes nada.

A las diez y cuarenta y tres, entraron los dos en el despacho.

Vera estaba sentada. Teresa de pie. Marta junto a la puerta con una tablet y cara de haber decidido no perderse ninguna frase. Dani también estaba, cosa que nadie había autorizado pero nadie se atrevió a discutir.

—Esto no es una audiencia pública —dijo Teresa.

—Entonces no hables tan alto —respondió Marta.

Vera levantó una mano.

—Basta. Inés. He leído el informe revisado. Quiero saber qué quieres.

La pregunta me dejó, por un segundo, sin suelo.

Qué quieres.

No qué puedes aguantar.

No qué falta.

No qué toca salvar.

Qué quieres.

Apoyé las manos sobre el respaldo de la silla.

—Quiero que se retire cualquier propuesta de sustitución externa de coordinación senior.

Teresa hizo un gesto.

—Eso no depende solo...

—No he terminado.

El despacho se quedó quieto.

Bien.

—Quiero un equipo mínimo estable para eventos grandes: dos coordinadores junior reales, no gente prestada de recepción cuando ya está sangrando; validación de proveedores cerrada cuarenta y ocho horas antes; accesos temporales aprobados por dos personas, no por usuario genérico; presupuesto propio para incidencias; y autoridad para parar un evento si seguridad alimentaria o accesos no están claros.

Vera no escribía.

La escuchaba.

Eso fue peor y mejor.

—Y si queréis que asuma dirección interna de eventos, no será como premio, ni como parche, ni como forma de tapar lo de Géminis. Será con salario, contrato, equipo y firma. Y si no, seguiremos como estamos, pero entonces no me llaméis dependencia. Llamadme lo que soy: barata.

Dani bajó la mirada.

Marta sonrió muy poco.

Hugo no dijo nada.

Gracias.

Teresa apretó el móvil.

—Eso requiere valoración.

—Sí —dije—. La misma valoración que hiciste antes de llamar a Géminis.

La frase entró perfecta.

Sin grito.

Sin floritura.

Con sangre suficiente.

Vera se puso de pie.

—Mañana a primera hora, reunión con dirección general. Teresa, tú preparas toda la documentación de contactos con Géminis. Marta, accesos. Hugo, informe revisado con trazabilidad. Inés, condiciones por escrito.

—¿Mañana a primera hora? —preguntó Dani—. Hay quien sueña con descansar y luego está Vera.

—Descansáis cuando el hotel deje de inventar incendios.

—O sea, nunca.

Vera no lo negó.

Cuando salieron del despacho, No miré a Hugo. Caminó hasta el pasillo de servicio, recogió su tablet, revisó el cierre del evento y di tres instrucciones seguidas sin que le temblara la voz.

Solo cuando el hotel empezó a bajar de volumen, Hugo se acercó.

—Has estado...

—No.

—No iba a decir increíble.

—Peor si ibas a decir eficiente.

—Iba a decir clara.

No tenía respuesta para eso.

Él metió las manos en los bolsillos.

—No te voy a pedir que confíes en mí esta noche.

—Menos mal.

—Pero sí voy a demostrarte de dónde salió ese documento.

—Hazlo.

—Y después me iré si quieres que me vaya.

Lo miré entonces.

La parte profesional de ella debería haber dicho sí.

La parte que aún recordaba la suite 402 le arruinó la rapidez.

—Después —dijo— ya veremos qué quiero.