LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 18 · Hugo
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Capítulo 18 · Hugo

Leí el correo de Géminis tres veces.

No porque no lo entendiera.

Porque entenderlo a la primera le di ganas de romper algo muy caro, y en el Hotel Vera casi todo lo caro estaba inventariado.

Estaba en el despacho pequeño de recepción con Marta, Vera y una impresora que seguía respirando como un animal enfermo. En la pantalla, el mensaje de Géminis tenía esa cortesía corporativa que siempre parecía escrita por alguien que jamás había recogido un plato roto del suelo.

“Según conversación previa con Teresa Lladó…”

Conversación previa.

No propuesta espontánea. No intervención de emergencia. Conversación previa.

—Teresa lo niega —dijo Vera.

Marta soltó una risa corta.

—Yo también niego las horas extra cuando me preguntan si estoy bien.

No aparté la vista del correo.

—No basta con negarlo. Necesito fechas.

—¿De qué? —preguntó Vera.

—De la primera conversación con Géminis. De cuándo se habló de externalización. De cuándo se generó la acreditación de Eduard Salvat. De quién pidió acceso temporal. De quién tenía el avance de mi informe.

Marta ya estaba tecleando.

—Qué gusto cuando alguien enumera delitos administrativos en orden.

—No son delitos necesariamente.

—No me quites ilusión.

Vera se apoyó en la mesa.

—Hugo.

Él me miró.

—Dime la parte que no estás diciendo.

Cerré el correo.

—Géminis no habría escrito si no creyera que Teresa lo tenía encaminado. Y alguien manipuló mi avance para darle apariencia de justificación técnica. No querían solo sustituir a Inés. Querían que pareciera inevitable.

—¿Y tú?

La pregunta fue seca.

Justa.

—Yo fui útil para eso sin saberlo.

Marta dejó de teclear un segundo.

No intenté suavizarlo.

—Traje un informe con lenguaje frío a un hotel lleno de gente agotada. Señalé dependencia, riesgo, desgaste. Todo cierto. Pero no escribí lo suficiente sobre lo que esa dependencia estaba sosteniendo. Dejé huecos. Alguien los llenó.

Vera no se movió.

—Eso no te hace culpable de la manipulación.

—No. Pero me hace responsable de corregirla.

Marta levantó un dedo.

—Acreditación de Eduard Salvat: solicitada hace tres meses para una visita técnica cancelada. Revalidada esta mañana a las 7:46 desde usuario de administración.

—¿Quién?

—Usuario genérico. Muy cómodo. Muy cobarde.

—¿Teresa tiene acceso?

—Teresa tiene acceso a casi todo cuando quiere y a nada cuando se le pregunta.

Vera miró a Marta.

—Necesito pruebas, no literatura.

—Estoy en ello.

Me levanté.

—¿Dónde está Inés?

Vera no contestó enseguida.

—Sosteniendo la sala Mirall y fingiendo que no está temblando por dentro.

La frase hizo su trabajo.

Salí sin pedir permiso.

No fue al salón.

Primero fue al pasillo lateral, donde podía ver sin entrar.

Inés estaba en la entrada del Mirall, con la tablet en una mano y un bolígrafo detrás de la oreja.

Tenía el pelo algo suelto, una mancha mínima en el pantalón y el cuerpo entero puesto en modo trabajo.

No sonreía demasiado. No le hizo falta. Miraba, corregía, asentía, apartaba una silla con el pie, le tocaba el hombro a Pau para mandarlo a otra mesa, detenía a Dani con dos dedos y cambiaba una bandeja de sitio antes de que un invitado con alergia siquiera viera que había existido.

Nada de eso aparecía en un Excel.

Nada de eso aparecía en una ratio de personal por evento.

Nada de eso aparecía en su primer avance.

Y, sin embargo, era el hotel.

No las lámparas. No el mármol. No la web con fotos de sábanas limpias.

Aquello.

Una mujer sabiendo que el micrófono francés debía estar desenchufado, que el agua alemana debía no parecer fría, que Pau necesitaba una orden sencilla para no venirse abajo y que Dani insultaba menos cuando tenía café.

Saqué el móvil y abrí el informe.

Borró el título provisional.

No todo.

Lo suficiente para que doliera.

“Preinforme operativo Hotel Vera - versión revisada.”

Luego empezó a escribir de pie, apoyado contra la pared del pasillo, mientras Inés salvaba un evento que otros habrían usado para justificar su sustitución.

Escribió rápido.

Seco.

Sin adornos.

“Conclusión preliminar: el área de eventos no presenta un problema de exceso de personal, sino de infradotación crónica compensada por trabajo invisible no presupuestado.”

No sonaba romántico.

Bien.

El romanticismo no habría servido de nada.

“Riesgo principal: concentración no voluntaria de conocimiento operativo en Inés Roca por ausencia de protocolos reales, validación débil de accesos, dependencia de memoria individual y falta de autoridad formal proporcional a responsabilidad asumida.”

Me detuve.

Miró otra vez hacia el salón.

Inés estaba hablando con Teresa.

Teresa sonreía sin mostrar dientes.

Seguí escribiendo.

“Recomendación: no externalizar coordinación senior. Crear dirección interna de eventos con presupuesto, equipo mínimo estable, protocolos de accesos y proveedores, y autoridad operativa formal. Candidata evidente para asumirla: Inés Roca, si acepta y si la dirección está dispuesta a dejar de utilizarla como solución barata.”

Marta apareció a su lado sin hacer ruido.

—Eso último no te lo va a firmar Teresa.

No me sobresalté. Empezaba a entender que Marta aparecía donde había información, como los gatos y los inspectores.

—No lo he escrito para que le guste.

—Bien. Porque le va a sentar como una copa de lejía.

—¿Tienes algo?

Marta le tendió la tablet.

—Usuario genérico de administración. Acceso físico al terminal de Teresa a las 7:43. Revalidación de Eduard a las 7:46. A las 7:52 Teresa envía un correo a sí misma con asunto “plan B eventos”. Sin adjuntos. Muy torpe o muy lista.

—¿Cámaras?

—Las cámaras de administración no enfocan teclado. Enfocan puerta. Teresa entró a las 7:41 y salió a las 7:55.

—Suficiente para preguntar.

—No suficiente para condenar.

—No quiero condenarla. Quiero que no pueda vender a Inés como fallo.

Marta me miró.

—Eso ha sonado bastante personal.

—Lo es.

—Mala idea.

—Lo sé.

—No era advertencia para que presumas de conciencia.

—No presumo.

Marta miró hacia el salón, donde Inés levantaba una bandeja equivocada antes de que llegara a la mesa de alergias.

—Ella te va a morder igual.

—Seguramente.

—Bien. Lo mereces un poco por tardar.

Marta se fue.

Terminé el informe y lo envió a Vera. No a Teresa todavía. A Vera.

Respuesta de Vera, dos minutos después:

“Despacho. Ahora. Con Teresa.”

Miré el salón una última vez.

No lo miré.

Claro.

En el despacho, Teresa ya estaba de pie.

—Esto es improcedente —dijo, antes incluso de que él cerrara la puerta.

Vera estaba sentada. Eso era mala señal para cualquiera que no fuera Vera.

—Lo improcedente —dijo la directora— es que una empresa externa haya enviado disponibilidad para sustituir una coordinación senior diez minutos después de que el evento crítico saliera adelante.

—Yo no he autorizado sustituciones.

—Has hablado con ellos —dije.

—Consulté opciones. Eso no es ilegal.

—No. Pero manipular un avance técnico para presionar una decisión sí es bastante feo aunque no sepamos todavía quién lo hizo.

Teresa me miró.

—Cuidado.

—Llevo todo el día teniendo cuidado. Ya hemos visto lo que produce.

Vera levantó la vista del informe.

—Hugo recomienda crear una dirección interna de eventos.

Teresa soltó una risa seca.

—Qué casualidad.

—No es casualidad —dije—. Es una corrección.

—¿Profesional o sentimental?

No tardé.

—Profesional. La parte sentimental me habría hecho escribirlo antes y peor.

Vera se quedó quieta.

Teresa también.

La frase era un riesgo.

Pero al menos era una verdad sin maquillaje.

—No puedes proponer a Inés para un cargo después de acostarte con ella —dijo Teresa.

El despacho se heló.

Sentí que algo se le subía por el cuello.

Vera dejó el informe sobre la mesa.

—Teresa.

—¿Qué? ¿Vamos a fingir todos que no se nota? Porque si hablamos de ética, hablemos de toda.

Di un paso hacia la mesa.

—No vuelvas a usar su vida privada para tapar una decisión que tú ya tenías negociada.

—¿Me amenazas?

—No. Te delimito.

Marta habría apreciado la frase. Inés probablemente lo habría insultado por ella.

Vera se levantó.

—Basta. Teresa, mañana hablaremos con dirección general. Hugo, tu informe se revisa conmigo y con asesoría. Inés no será apartada ni sustituida por Géminis sin proceso, sin evaluación formal y sin que yo ponga mi firma. Y no voy a ponerla esta noche.

Teresa apretó la mandíbula.

—Vera, esto puede costarnos el contrato Mirall.

—Mirall acaba de aplaudir un evento que, según tu plan B, necesitaba ser intervenido por una empresa externa. No me vendas miedo con cinco minutos de retraso.

Mi móvil vibró.

Inés.

Solo una frase:

“Necesito ver lo que has escrito.”

Miré la pantalla.

Luego a Vera.

—Ella ya lo sabe.

Vera suspiró.

—Por supuesto. Este hotel tiene paredes de pladur y personal con ojos.

Salí del despacho con el informe abierto en el móvil.

Inés lo esperaba en el pasillo.

No parecía agradecida.

Parecía peor.

Parecía preparada para leer algo que podía obligarla a cambiar de vida.