Capítulo 17 · Inés
A las nueve menos cinco, el Hotel Vera se quedó sin margen.
No sin luz, ni sin comida, ni sin personal. Eso habría sido más limpio. Me quedé sin margen, que era peor: todo seguía funcionando, pero solo si nadie respiraba fuerte.
El salón Mirall necesitaba ciento sesenta y ocho sillas y tenía ciento veintiséis colocadas.
El menaje principal estaba atrapado en el ascensor de servicio entre la planta menos uno y la cocina.
El equipo internacional había llegado con treinta y cuatro minutos de antelación, doce maletas pequeñas, dos intérpretes, una mujer alemana que pedía agua con gas “no fría, pero fría” y un hombre francés que quería probar el micrófono cada seis minutos porque desconfiaba de España en general.
La pantalla principal funcionaba.
El sonido no.
O funcionaba el sonido y se apagaba la pantalla.
Nunca las dos cosas, porque la tecnología también tenía opiniones.
Estaba en la puerta del salón con la tablet en una mano y el móvil en la otra.
—Pau, lista nueva.
—La tengo.
—No digas la tengo si te tiemblan las manos.
—La tengo un poco.
—Mejor. Eso es más honesto.
Dani llegó con dos camareros y una fila de sillas que habían salido, según su cara, de un lugar moralmente discutible.
—He robado de la sala Cerdeña.
—¿Estaba vacía?
—Ahora sí.
—Bien.
—No preguntes más.
—No pensaba.
Vera apareció junto a la puerta con Teresa.
Teresa no llevaba cara de ayudar. Llevaba cara de testigo.
—¿Estado? —preguntó Vera.
—Ciento veintiséis sillas colocadas, cuarenta y dos en movimiento, menaje atrapado, sonido inestable, equipo Mirall dentro de siete minutos si no los entretengo con café y mentiras.
—¿Y Hugo?
No miré a Teresa.
—Fuera del mando operativo.
Teresa levantó apenas la barbilla.
—Por decisión de Inés.
—Por manipulación de un documento que alguien ha usado con bastante entusiasmo —respondí.
Vera cortó con la mirada.
—Luego.
Luego.
La palabra favorita de los hoteles.
Me volví hacia Dani.
—Café en vestíbulo lateral. Dulce pequeño. Nada que necesite plato. Si preguntan por la sala, revisión técnica final. Si preguntan por el ascensor, el ascensor no existe. Si el francés toca otro micrófono, le das uno desenchufado.
—Eso puede ser delito audiovisual.
—Hoy todo es delito menor.
Pau se acercó con la lista.
—Hay dos nombres duplicados y una persona sin acreditar que dice venir con Mirall.
—¿Nombre?
—Eduard Salvat.
Dani levantó la cabeza.
—Ese no estaba.
—¿Lo conoces?
—Lo he visto con proveedores. No con Mirall.
Sentí que el ruido de fondo cambiaba.
Pequeño. Suficiente.
—No entra.
—Dice que Teresa lo ha autorizado.
Teresa miró el móvil.
—No sé quién es.
—Qué práctico —dijo Marta, apareciendo con una tablet como si la hubiera invocado el olor a mentira—. Porque acaba de intentar acceder con una acreditación temporal emitida hace tres meses. Caducada, pero el lector la aceptaba hasta que he cambiado permisos esta tarde.
Miré a Vera.
—¿Otra vez accesos?
Vera no contestó. No le hizo falta.
Mi móvil vibró.
Hugo.
“Eduard Salvat aparece vinculado a Géminis. No lo dejes entrar.”
Cerré los dedos sobre el teléfono.
No preguntó cómo lo sabía.
No ahora.
—Pau —dijo—. Avisa a seguridad. Discreto. Dani, tú conmigo.
En el vestíbulo lateral, Eduard Salvat esperaba junto a una columna con una acreditación colgada al cuello y una sonrisa que no había pagado entrada. Treinta y tantos, traje sin arrugas, pelo demasiado correcto, maletín fino. No parecía proveedor. Parecía problema con perfume caro.
—Inés —dijo él antes de que ella hablara—. Menos mal. Vengo a echar una mano con Mirall.
—Qué amable. No la necesitamos.
—Teresa Lladó conoce nuestra propuesta.
Teresa, detrás, se quedó quieta.
La vi sin mirarla.
—Entonces que la propuesta espere sentada en otro edificio.
Eduard sonrió.
—No te conviene ponerte difícil esta noche.
Dani dio un paso.
—Uy.
Levanté una mano para frenarlo.
—Me he puesto difícil con novias vomitando, madres con tabletas, alérgenos cruzados y un señor francés que cree que un micrófono es una mascota. No me impresionas.
—El hotel va a necesitar apoyo externo.
—El hotel necesita que los apoyos externos entren por la puerta cuando se les llama, no que aparezcan con acreditaciones caducadas mientras se manipulan informes.
La sonrisa de Eduard bajó.
—No sabes de qué hablas.
—Puede. Pero Marta sí sabe de accesos, Dani sabe reconocer a quien no debería estar en una sala y Hugo acaba de enviarme tu nombre vinculado a Géminis. Así que, de momento, sé suficiente.
Teresa me miró.
No con rabia.
Con algo peor: cálculo roto.
Seguridad llegó por el lateral. Sin espectáculo. Sin brazos. Solo dos personas con traje negro y la educación necesaria para sacar a alguien sin convertirlo en vídeo.
Eduard guardó el móvil.
—Esto os va a costar caro.
—Todo en este hotel cuesta caro —dije—. Fuera.
Cuando se lo llevaron, el salón Mirall ya estaba abriendo puertas.
Sin sonido estable.
Sin menaje suficiente.
Con cuarenta y dos asistentes extra y teresa pálida de una forma muy poco beige.
Vera se acercó a mí.
—¿Puedes salvar esto?
Miré hacia el salón.
Pau esperaba una orden. Dani también. Marta tenía el dedo sobre la pantalla de accesos. Hugo no estaba allí, pero su mensaje seguía abierto en mi móvil.
“Eduard Salvat aparece vinculado a Géminis. No lo dejes entrar.”
Había ayudado.
Desde fuera.
Como prometió.
Maldito hombre funcional.
—Sí —dije—. Pero no con el formato original.
—Habla.
—Quitamos montaje imperial. Hacemos presentación informal de pie durante los primeros veinte minutos con café y canapé seco.
Damos tiempo al ascensor o a que Dani robe menaje de medio hotel.
Pantalla pequeña de apoyo en lateral. Sonido por micrófono inalámbrico directo.
Menos bonito, más rápido. Lo vendemos como formato dinámico.
Dani murmuró:
—Formato dinámico es “no nos ha dado la vida” con corbata.
—Exacto.
Vera miró a Teresa.
—¿Autorizas?
Teresa tardó un segundo.
Uno de esos segundos que lo dicen todo.
—Autorizo.
—Por escrito —dije.
Dani casi sonrió.
Marta sí sonrió.
Teresa me miró como si acabara de tragarse una copa sin hielo.
—Luego.
—Ahora.
Vera tendió la mano.
—Móvil.
Teresa escribió.
El mensaje llegó al grupo interno dos segundos después.
“Autorizo adaptación de formato evento Mirall según criterio operativo de Inés.”
Criterio operativo.
No dependencia.
No sustitución.
Respiré por una vez en veinte minutos.
—Dani, café. Pau, lista de pie. Marta, accesos cerrados. Vera, entretén a Mirall con esa cara tuya de que todo esto era carísimo y estaba previsto. Teresa, si alguien de Géminis vuelve a entrar, quiero saberlo antes de que respire cerca de una acreditación.
Teresa no contestó.
Mejor.
Durante cuarenta y cinco minutos, No pensé en Hugo.
No pensó en la suite, ni en el preinforme, ni en la forma en que él había dicho su nombre la noche anterior contra una piel que no debería recordar en horario laboral.
Pensé en sillas.
En café.
En la mujer alemana que al final aceptó agua fría si no lo parecía.
En el francés al que Dani entregó un micrófono desenchufado con una solemnidad admirable.
En Pau, que por una vez dijo “no está autorizado” sin pedir perdón antes.
El evento funcionó.
No perfecto.
Mejor.
Humano, rápido, con costuras invisibles y una eficacia que no saldría jamás en un informe si nadie obligaba al informe a mirar.
A las diez y diecisiete, cuando el aplauso de Mirall llenó el salón, salí por la puerta lateral y apoyé la espalda contra la pared.
El móvil vibró.
Hugo.
“Lo he visto desde el monitor de seguridad. Has salvado el evento.”
Cerré los ojos.
No contestó.
Entonces llegó otro mensaje.
“Y ahora sé qué no aparecía en mis números.”
Miré la pantalla.
Antes de poder responder, Teresa salió del salón con la cara blanca.
—Inés.
—Ahora no.
—Sí. Ahora.
Le enseñó el móvil.
Un correo nuevo.
Asunto: “Activación proveedor externo - Hotel Vera.”
Remitente: Géminis Gestión.
Hora de envío: diez y dieciocho.
Una línea en el cuerpo del mensaje:
“Según conversación previa con Teresa Lladó, nuestro equipo puede asumir coordinación senior desde mañana a las ocho.”
Levanté la vista.
Teresa no dijo nada.
Esta vez, tampoco hacía falta.