Capítulo 16 · Inés
Hugo me encontró quince minutos después en el pasillo de proveedores, junto a una pila de manteles color marfil que alguien había llamado “blanco cálido” para no admitir que el blanco también envejecía.
Estaba revisando una lista de servicio con un bolígrafo en la mano y la mandíbula apretada.
—No es buen momento —dijo sin levantar la vista.
—No voy a dejarlo así.
—Qué frase más cómoda para quien ha entrado en mi trabajo con una consultora de externalización detrás.
—No he entrado con ellos.
—Pero los conoces.
—Sí.
—Y no me lo dijiste.
—Porque no tenía relación con este hotel.
Levanté la cabeza.
—Hugo.
Una sola palabra. Más cansada que enfadada.
—Tú viniste aquí a auditar costes. Viniste a decidir qué sobraba. Me has mirado desde el primer día como si yo fuera una factura con zapatos cómodos.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—El primer día, quizá.
—Qué detalle. Has tardado nada en humanizarme.
Él apretó los labios. No por rabia. Por control.
—He trabajado con Géminis en dos hoteles. Uno estaba quebrado. El otro tenía una plantilla explotada y una dirección que prefería cerrar los ojos. En ambos casos recortaron mal después de que yo me fuera. Por eso dejé de trabajar con ellos.
—Y aun así Teresa tiene su dirección en un correo que me pone precio.
—Eso es lo que quiero averiguar.
—No. Tú quieres limpiar tu nombre.
—También.
La honestidad fue inmediata. Molesta.
—Bien —dije—. Por fin algo limpio.
—Pero no solo eso.
—No sigas.
—Inés.
Di un paso hacia él.
No uno romántico. Uno de guerra pequeña, de pasillo estrecho y cuerpo cansado.
—No sabes lo que ha sido leer mi apellido en una línea de sustitución delante de todos.
No lo sabes. Puedes imaginarlo, medirlo, ponerlo en una tabla, lo que quieras.
Pero no sabes lo que es que diez años de fines de semana, pies reventados, cenas frías, clientes llorando en baños y proveedores mintiendo se conviertan en “dependencia Roca”.
Hugo bajó la mirada.
—No.
—No qué.
—No lo sé.
Me quedé sin la réplica preparada.
Qué mala costumbre tenía aquel hombre de no defenderse cuando yo necesitaba golpear algo.
—Pero sí sé —añadió él— que ese documento está diseñado para que dejes de confiar en mí.
—Quizá no hacía falta diseño.
La frase le di. Lo vi.
También vio que no retrocedió.
—¿Te arrepientes de anoche? —preguntó Hugo.
El pasillo se quedó sin hotel.
Se me escapó una risa breve.
—Qué valentía elegir ahora la pregunta más inútil del edificio.
—No es inútil.
—Sí. Porque si digo que sí, miento. Si digo que no, te doy algo que no pienso darte mientras alguien usa tu informe para sacarme de mi puesto.
—No quiero que me des nada.
—Eso también lo decís todos cuando ya habéis tenido suficiente.
Hugo cerró los ojos un segundo.
—No me metas ahí.
—¿Dónde?
—En todos.
Sostuve su mirada.
Él estaba cerca. Demasiado para una discusión profesional, demasiado poco para lo que había pasado en la suite 402. Tenía una marca pequeña en el cuello, casi invisible, que Recordaba haber dejado sin querer o queriendo. No lo sabía. No quería saberlo.
—No puedo trabajar contigo ahora —dijo.
—El evento de las nueve...
—Lo sostengo yo.
—No deberías sostenerlo sola.
—No debería hacer muchas cosas. Mira qué colección llevo.
—Inés.
—No.
Él se calló.
Dani apareció al fondo del pasillo con una bandeja vacía y frenó al verles.
—¿Interrumpo algo que acabará con platos rotos?
—No —dije.
—Qué pena. Venía mentalizado.
—¿Qué pasa?
Dani miró a Hugo. Luego a mí.
—Mirall ha adelantado la llegada media hora. Dicen que el equipo internacional viene directo del aeropuerto y quiere acceder antes a la sala para revisar la presentación.
—No pueden —dije.
—Ya. También han enviado una actualización de asistentes. Cuarenta y dos más.
Miré el techo.
No por drama.
Por cálculo de sillas.
—¿Cuarenta y dos?
—Cuarenta y dos humanos con hambre corporativa.
Hugo cogió el móvil.
—Puedo revisar aforo y propuesta de redistribución.
—No —dije.
Él se detuvo.
—Inés, no es momento de orgullo.
—Exacto. Por eso no voy a dejar que Teresa diga mañana que el evento salió porque tú me aprobaste la respiración.
—Esto no va de Teresa.
—Ahora mismo todo va de Teresa, del preinforme, de Géminis y de que tú tienes el lujo de parecer objetivo incluso cuando estás dentro.
Hugo guardó el móvil despacio.
—De acuerdo.
La palabra sonó peor que una pelea.
—¿De acuerdo qué?
—No intervengo en el evento salvo que me lo pidas.
—No te lo pediré.
—Lo sé.
Dani miró a uno y a otra.
—Me encanta cuando los adultos convierten una emergencia en una prueba de resistencia emocional.
—Dani.
—Ya. Sillas. Voy.
Me giré para seguirlo, pero Hugo habló detrás.
—Si el documento no es mío, alguien quiere que te quedes sola justo antes del evento crítico.
Ella se detuvo.
La frase era demasiado buena.
Demasiado útil.
Demasiado tarde.
—Pues felicidades —dijo sin mirarlo—. Les está saliendo bien.
Se fue.
A las ocho y veintisiete, Vera la alcanzó junto al salón Mirall, donde dos técnicos discutían con un cable HDMI como si aquello fuera una relación larga.
—Hugo queda fuera del mando operativo por petición tuya —dijo la directora.
—No he pedido eso.
—Lo has provocado con bastante precisión.
No contesté.
—Necesito saber si puedes llevarlo.
—Sí.
—No te he preguntado si quieres demostrar algo. Te he preguntado si puedes.
Miré la sala: mesas extra entrando por una puerta lateral, catering recalculando bandejas, Pau pegado a la lista, Dani moviendo personal con un pinganillo que parecía a punto de morderle la oreja.
—Puedo.
Vera sostuvo su mirada.
—Entonces llévalo.
—Eso iba a hacer antes de que todo el mundo descubriera que soy una dependencia.
—No eres una dependencia.
—¿Entonces qué soy?
Vera tardó en contestar.
—Una persona a la que este hotel ha usado porque funcionabas incluso cuando no debías.
No esperaba esa frase. No de Vera. No ahí. No con cuarenta y dos asistentes extra esperando café.
—No me digas cosas humanas antes de un evento —murmuró—. Me desordenas.
—Pues ordénate rápido.
Vera me pasó una tablet.
—Y una cosa más.
La miré.
En la pantalla había un mensaje de Teresa.
“Si hay otra incidencia esta noche, activamos proveedor externo mañana.”
No decía Géminis.
No le hizo falta.
Dani apareció en la puerta.
—Jefa.
Levanté la vista.
—¿Qué?
—El ascensor de servicio acaba de pararse con parte del menaje dentro.
Miré el salón.
Luego el mensaje de Teresa.
Luego la puerta por la que Hugo no iba a entrar porque se lo había prohibido.
Perfecto.
Ahora sí era suyo.