Capítulo 15 · Inés
No grité.
Eso habría sido cómodo para todos. Gritar convierte una herida en ruido y el ruido permite a los demás hacer algo: cerrar una puerta, pedir calma, traer agua, decir frases inútiles con las manos abiertas. No di ese regalo.
Me quedé mirando la línea amarilla del preinforme como si alguien hubiera subrayado una parte de su cuerpo.
“Externalizar coordinación senior de eventos y sustituir dependencia Roca por proveedor integral temporal.”
Dependencia Roca.
Qué forma más limpia de llamar a una mujer que llevaba diez años entrando por puertas de servicio antes de que se encendieran las luces del vestíbulo.
Hugo dio un paso hacia mí.
—Eso no lo he escrito yo.
Levanté la vista.
—Ya lo has dicho.
—Y lo voy a repetir las veces que haga falta.
—No hace falta repetirlo. Hace falta demostrarlo.
Marta, que seguía con la tablet entre las manos, respiró por la nariz como si estuviera sujetando tres comentarios y dos insultos administrativos.
—El archivo ha llegado desde una cuenta externa —dijo—. Pero alguien sabía a qué buzones mandarlo. Dirección, Teresa, Hugo y una dirección que no tengo identificada.
—¿Cuál? —pregunté.
Marta giró la pantalla.
La dirección era seca, corporativa, sin nombre humano: [email protected].
Hugo me reconoció antes de poder ocultarlo.
También reconoció que la reconocía.
Ese fue el segundo golpe.
—¿Qué es Géminis Gestión? —pregunté.
Hugo tardó medio segundo.
Demasiado.
—Una consultora de externalización hotelera.
Dani soltó una palabra muy baja.
Pau me miró como si acabara de entender tarde que los adultos podían sonreír mientras movían el suelo bajo tus pies.
—¿Externalización hotelera? —repetí.
La voz me salió tranquila. Muy mal.
—Trabajé con ellos en otros proyectos —dijo Hugo.
—¿También en este?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces ¿por qué aparece en un correo que recomienda sustituirme con un proveedor integral temporal?
Hugo miró a Marta.
—Necesito los metadatos del archivo.
—Y yo necesito que no uses palabras que suenen a esconderse detrás de una impresora —dije.
—No me estoy escondiendo.
—No. Estás muy visible. Ese es el problema.
Vera entró entonces en el office con Teresa Lladó detrás. Teresa llevaba un traje beige, un móvil en la mano y la cara de quien ya había encontrado una forma elegante de culpar a otra persona antes de sentarse.
—Acabo de recibir el documento —dijo.
—Qué rapidez —murmuró Dani.
Teresa lo ignoró.
—Hugo, necesito saber si ese preinforme es tuyo.
—No.
—Hay párrafos idénticos al avance que enviaste.
—Algunos son míos. Otros están manipulados.
—Eso es grave.
—Más grave es que alguien haya mezclado mi trabajo con una recomendación que no he hecho.
Teresa me miró, no a Hugo.
—La recomendación, manipulada o no, señala un problema real.
Ahí sí, sonreí.
Una sonrisa pequeña. Mala.
—Qué descanso. Ya pensaba que íbamos a fingir cinco minutos antes de disparar.
Vera se cruzó de brazos.
—Teresa.
—No estoy disparando. Estoy diciendo que la dependencia operativa de una sola persona existe. Lo hemos hablado todos. Eventos no puede sostenerse sobre Inés.
—Eventos no se sostiene sobre mí porque yo quiera —dije—. Se sostiene sobre mí porque cada vez que pido dos manos más, me dais una plantilla de Excel y una frase sobre eficiencia.
—No es el momento.
—Nunca es el momento. Curioso.
Hugo intervino.
—Si el problema es la dependencia, la solución no es sustituir a Inés. Es corregir el sistema que la usa como parche.
No lo miré.
No porque no quisiera escucharlo.
Porque quería escucharlo demasiado.
Teresa apoyó el móvil sobre la mesa.
—De momento, hasta aclarar el origen del documento, necesito que cualquier decisión relevante de eventos pase por Hugo.
Dani dio un paso.
—Perdón, ¿qué?
—No por desconfianza hacia Inés —añadió Teresa.
—Cuando alguien dice eso, siempre viene la desconfianza con zapatos limpios —dijo Marta.
Teresa la fulminó.
—Marta, por favor.
—Yo solo hago recepción emocional del desastre.
Seguía quieta.
Hugo negó despacio.
—No voy a aprobar su trabajo por encima de ella.
—No te he preguntado si quieres.
—Pues tendrás mi respuesta igualmente.
Teresa se endureció.
—Hugo, estás aquí para evaluar el hotel, no para vincularte emocionalmente a una responsable de eventos.
El silencio que cayó no fue de oficina.
Fue de suite.
Fue de piel recordada.
Fue de ropa recogida del suelo demasiado deprisa.
Sentí que todos los ojos tocaban algo que no les pertenecía.
—Perfecto —dijo.
Hugo se volvió hacia ella.
—Inés.
—No. Perfecto. Teresa quiere un responsable por encima de mí. Tú quieres demostrar que no eres el que ha escrito esa basura. Vera quiere que el evento de las nueve no se hunda. Dani quiere insultar a alguien con uniforme y Marta quiere pruebas. Muy bien.
Cogió la tablet de manos de Marta y se la devolvió a Teresa.
—Yo voy a trabajar.
—Inés —dijo Vera.
—No estoy dimitiendo. Todavía.
La palabra hizo más daño del previsto.
A Hugo se le cerró la cara.
Lo miré por fin.
—Pero desde ahora, si algo pasa por ti antes que por mí, ya no será mi evento. Será el tuyo. Y cuando se caiga, no me llames para levantarlo con cinta de doble cara.
Salió del office antes de que nadie pudiera convertir su salida en una reunión.
En el pasillo de servicio, el ruido del hotel seguía igual: carros, platos, pasos, una máquina de hielo trabajando con la alegría de quien no sabía nada de documentos manipulados ni cuerpos mal elegidos.
Caminé hasta el almacén de mantelería y cerré la puerta.
Allí dentro olía a tela limpia, cartón y calor acumulado.
Respiró una vez.
Dos.
A la tercera, el móvil vibró.
Hugo.
“No he escrito eso.”
Leí el mensaje.
Lo dejé sin contestar.
Luego llegó otro.
“Y no voy a sustituirte.”
Ese dolió más.
Porque la parte idiota de quise creerlo.
Otra vez.