Capítulo 14 · Inés
La falsa calma empezó con una llamada de recepción y un olor a café.
Solo una cama de hotel, dos cuerpos demasiado conscientes y un móvil vibrando contra la mesa.
La realidad, puntual como siempre.
Hugo se movió a mi lado.
—Es el mío.
—Si es Teresa, dígale que ha muerto.
—¿Yo o ella?
—Depende del tono.
Él alargó el brazo y cogí el móvil. La sábana se le deslizó hasta la cintura. Miré al techo con disciplina militar.
—Marta —dijo Hugo, contestando.
Marta habló tan fuerte que Oí parte de la frase.
—Espero que estéis vivos, vestidos o al menos presentables de cintura para arriba. Vera os quiere en diez minutos y Dani ha preguntado si la suite 402 debe facturarse como sala de reuniones, habitación o confesionario.
Hugo cerró los ojos.
—Diez minutos.
Colgó.
Me senté y busqué mi camiseta.
—Voy a matar a Dani.
—Creo que Marta no ha confirmado nada.
—Marta no necesita confirmar. Marta siembra.
—Técnica de recepción.
—Técnica de bruja con TPV.
Hugo se incorporó también. Durante unos segundos ninguno se vistió.
No por romanticismo. Por cálculo. Había una distancia nueva que no sabíamos medir.
Antes discutíamos con ropa, informes y una mesa entre los dos.
Ahora yo sabía cómo sonaba Hugo cuando perdía el control y él sabía que yo tenía una marca pequeña en la cadera donde su mano había apretado sin pedir permiso al miedo.
—Inés —dijo.
—No haga balance postservicio.
—No iba a hacerlo.
—Entonces no use voz de acta.
Él recogió su camisa.
—Quería saber si estás bien.
—Estoy tarde.
—No era eso.
—Es la única respuesta disponible.
Hugo me miró.
Tuve una sensación absurda de repetición, como si el hotel reciclara frases de otras habitaciones. Quizá todas las parejas falsas, equivocadas o rotas acababan diciendo lo mismo cuando la realidad volvía a llamar.
—Estoy bien —dijo al fin—. No confundida. No arrepentida. No disponible para poesía. Bien.
—Vale.
—¿Usted?
—Tarde también.
Casi sonreí.
Casi.
Nos vestimos en silencio práctico. Hugo se abrochó la camisa con un botón mal puesto hasta que se lo corregí con un gesto automático. Los dos nos quedamos quietos cuando mis dedos tocaron la tela de su pecho.
—Botón —dije.
—Sí.
—No se emocione.
—Intento no hacerlo.
—Respuesta peligrosa.
Él bajó la mirada a su mano.
—Lo sé.
La reunión con Vera tuvo lugar en la sala azul, no en el despacho.
Eso ya indicaba que la calma era una mentira con sillas.
Vera estaba de pie junto a una pantalla.
Marta tenía el portátil abierto. Dani llevaba dos cafés y ninguna inocencia en la cara.
Sandra y pau esperaban junto a la pared.
Teresa Lladó no estaba, detalle que Agradecí con la poca espiritualidad disponible.
Marta nos miró al entrar a Hugo y a mí.
—Llegáis juntos.
—Venimos de la misma planta —dije.
—Qué práctico es el urbanismo vertical.
—Marta.
—Ya paro.
Dani le ofreció un café.
—Sin veneno. No porque no lo merezcas, porque no he tenido tiempo.
Lo cogí.
—Tú y yo hablaremos.
—Eso suena a despido emocional.
—Peor. Cuadrante de domingo.
Dani palideció de forma teatral.
Vera apagó cualquier resto de humor con un movimiento de mano.
—Tenemos tres cosas. Uno: el hombre del carro usó uniforme falso y acceso creado desde terminal de recepción hace seis días. Dos: el usuario que lo creó aparece borrado, pero Marta ha encontrado una copia en logs internos. Tres: Teresa quiere el informe preliminar esta noche.
—Qué mujer tan constante —dije.
Marta giró el portátil hacia ellos.
—El usuario borrado pertenece a una cuenta genérica de coordinación externa. Se creó para proveedores durante la reforma parcial del hotel, nunca se cerró y alguien la ha estado usando para generar accesos temporales.
—¿Quién tenía contraseña? —preguntó Hugo.
Marta sonrió con tristeza.
—Pregunta preciosa. Respuesta horrible. Demasiada gente.
—¿Dirección? —dije.
Vera no se ofendió.
—También.
Pau levantó la mano con timidez.
—Perdón. ¿Esto significa que alguien de fuera podía entrar cuando quería?
—Significa que alguien de dentro o con información de dentro podía hacer que alguien de fuera pareciera proveedor —dijo Marta.
—Qué tranquilizador.
—No estamos aquí para tranquilizarte, Pau. Estamos aquí para que nadie vuelva a meterte un canapé mortal delante.
El chico asintió.
Hugo miró los registros.
—Necesito acceso completo a esos logs.
—Tendrás acceso sentado a mi lado —dijo Marta—. No por desconfianza personal, por amor a mi teclado.
—Acepto.
Bebí café. Estaba malo. Real. Necesario.
—¿Y el evento de las cinco?
—Sigue —dijo Vera.
—Claro que sigue.
—Con control extra de accesos, proveedores revisados por Dani, cocina cerrada a personal no acreditado y tú sin desaparecer a resolver sola cosas que correspondan a tres departamentos.
Levanté la vista.
—¿Perdón?
—He leído el avance de Hugo.
El café le supe de pronto a juicio.
—¿Y?
Vera miró a Hugo.
—Dice que el hotel ha normalizado que eventos absorba fallos de sistema y que eso crea riesgo operativo, dependencia personal y desgaste no medido. Es una frase muy seca para decir que te estamos usando mal.
El despacho quedó quieto.
Dani miró a su café.
Sandra cruzó los brazos.
Pau no supo dónde poner la cara.
No miré a Hugo. No todavía.
—También dice que recortar personal visible sin corregir accesos, reservas y validación de proveedores agravaría el riesgo —añadió Vera—. Teresa no va a aplaudir.
Marta sonrió apenas.
—Entonces quizá el informe tenga alguna virtud.
Hugo no dijo nada.
Bien.
Habría odiado que pidiera crédito.
La falsa calma siguió durante tres horas.
Y fue peligrosa porque funcionó.
El evento de las cinco entró sin sabotaje visible.
Dani controló accesos con una lista nueva y mala cara.
Sandra revisó bandejas con tanta ferocidad que cocina empezó a llamarla inspectora.
Pau dejó de disculparse por pedir confirmaciones y empezó a pedirlas con voz de persona que había casi visto morir a alguien por un canapé.
Marta encontró dos intentos más de acceso con la cuenta genérica y los bloqueé.
Vera habló con Teresa a puerta cerrada y no salió sangre, aunque nadie descartó que la hubiera ocultado con elegancia.
Hugo e Trabajaron juntos.
Ese fue el verdadero problema.
No la suite. No la cama. No la ropa mal doblada.
Lo grave fue la naturalidad con la que él me pasaba datos antes de que yo los pidiera, y la forma en que yo le señalaba huecos del montaje sabiendo que él entendería la consecuencia económica sin traducírsela.
Lo grave fue que, cuando Dani dijo por walkie “tenemos posible invitado sin acreditar en acceso lateral”, Hugo y yo caminamos hacia la puerta a la vez, sin consultarnos, como si el cuerpo hubiera aprendido una coreografía que nadie había autorizado.
—Esto es muy irritante —dije.
—¿El invitado?
—No. Usted entendiendo cosas.
—Intentaré empeorar.
—No prometa imposibles.
El invitado resultó ser un proveedor real con la acreditación en el bolsillo equivocado. Crisis menor. Casi decepcionante.
A las ocho y diez, el salón estaba estable. El evento funcionaba. La cuenta genérica seguía bloqueada. Teresa mantenía la mandíbula apretada, pero no había vuelto a señalar a mí como si fuera una gotera con pelo.
Hugo me entregó una botella de agua junto a la entrada de servicio.
—Bebe.
—No me dé órdenes hídricas.
—Beba, señora Roca.
—Peor.
Aun así bebió.
Él me observó con una media sonrisa que desapareció en cuanto Marta apareció por el pasillo con la cara equivocada.
Bajé la botella.
—No.
—Todavía no he hablado —dijo Marta.
—Tu cara ya ha presentado expediente.
Marta le tendió la tablet.
—Ha llegado esto al correo de dirección. Copia a Teresa. Copia a Hugo. Copia a una dirección externa que no reconozco.
Hugo cogió la tablet antes de que pudiera hacerlo. Leyó. La cara se le cerró.
—Dámela —dije.
—Inés...
—Dámela.
Marta me la pasó directamente, porque Marta tenía amor por la violencia cuando era inevitable.
El asunto era breve.
“Preinforme operativo Hotel Vera - versión no revisada.”
Abrí el adjunto.
Había párrafos reales del avance de Hugo. Otros no. Mezclados. Torcidos. Manipulados con una habilidad suficiente para que parecieran suyos si alguien quería creerlo.
Y una línea marcada en amarillo:
“Recomendación preliminar: externalizar coordinación senior de eventos y sustituir dependencia Roca por proveedor integral temporal.”
Dejé de oír el salón.
Hugo habló rápido.
—Eso no lo he escrito yo.
Miré la pantalla.
Luego lo miré a él.
Quiso creerle.
Ese fue el problema.
Que quiso.