Capítulo 13 · Inés
Lo supe porque, a las seis y cuarenta y tres, cuando fue a revisar el cambio de montaje para el evento de tarde, la tarjeta seguía dando luz verde.
La pantalla de reservas marcaba “uso interno”.
Una expresión preciosa para decir que nadie quería explicar oficialmente por qué una habitación de lujo se había convertido en sala de guerra, almacén temporal, despacho improvisado y, ahora, refugio de una mujer que no sabía si quería llorar, gritar o quitarse la piel con la que Hugo Marín la había mirado en el pasillo.
No hizo ninguna de las tres cosas.
Entró.
La suite olía a madera, detergente caro y café frío.
Había un sofá color piedra, una mesa baja con carpetas, una cama intacta detrás de una puerta corredera abierta y un ventanal enorme que daba a una Barcelona agotada de tarde.
Sobre la mesa, alguien había dejado la tablet encontrada, apagada ya y metida en una bolsa transparente. Al lado, la carpeta de incidencias.
Cerré la puerta.
Me quité las zapatillas y apoyé los pies en la moqueta. Le dolían los talones, los dedos, la espalda y una parte estúpida del pecho que no tenía relación con turnos ni nóminas.
Oyó dos golpes suaves.
No contestó.
La puerta se abrió igual, pero solo unos centímetros.
—Soy Hugo.
—Qué pena. Por un momento pensé que era una bandeja de patatas fritas.
—Puedo conseguir patatas.
—No convierta la comida en estrategia.
Él entró despacio y cerró la puerta detrás. Llevaba la chaqueta en la mano, la camisa remangada y esa cara de cansancio controlado que empezaba a reconocer con una eficacia molesta.
—Vera me dijo que estabas aquí.
—Vera debería dedicarse al espionaje.
—Creo que ya lo hace.
Hugo dejó la chaqueta sobre el respaldo de una silla y la carpeta que llevaba sobre la mesa.
—He reescrito el avance.
—Enhorabuena.
—Quiero que lo leas antes de enviarlo.
—No soy su supervisora.
—No. Pero sale tu equipo.
Miré la carpeta como si pudiera morderla.
—Ahora se acuerda de que tienen nombres.
—No me he olvidado.
—Está siendo muy difícil odiarlo si contesta siempre con esa calma de tanatorio.
—No estoy calmado.
La frase fue baja.
Levanté la vista.
Hugo no estaba calmado. Tenía los hombros tensos, la boca dura, los ojos menos controlados. La suite, con su cama intacta y su luz tibia, decidió subrayarlo todo de una forma muy poco profesional.
—Pues disimule mejor —dije.
—Llevo horas intentándolo.
El silencio que siguió no entraba en ningún informe.
Crucé los brazos.
—No vamos a hacer esto.
—¿Qué es esto?
—No me obligue a ponerle título. Ya bastante tiene el hotel con los nombres de sala.
—Inés.
—No.
—No he venido a presionarte.
—Todo en usted presiona. La auditoría, las tablas, el informe, esa forma de mirar como si estuviera desmontando una pared y no una persona.
Él respiró hondo.
—No quiero desmontarte.
—Eso dicen todos antes de tocar una estructura.
—Yo no quiero tocar nada que no quieras que toque.
La frase fue directa.
No bonita. Mejor.
Noté cómo el cuerpo me traicionaba con una claridad insoportable. Llevaba todo el día sosteniendo el hotel por las esquinas y de pronto una parte de mí, la más torpe, la menos útil, quería que alguien le pusiera una mano encima sin pedirle otra tarea.
—Eso ha sonado casi decente —dijo.
—Lo intento.
—No sé si me conviene.
—A mí tampoco.
—Tiene un informe que puede joderme la vida.
—Sí.
—Y yo tengo suficiente rabia para estropeárselo.
—También.
—Y aun así estamos aquí.
Hugo dejó la carpeta a un lado.
—Sí.
Me acerqué primero.
No mucho. Lo justo para quitarle a la distancia su utilidad.
—Si esto pasa —dijo—, no compra nada.
—Lo sé.
—No cambia el informe.
—No debería.
—No me convierte en más amable.
—Eso sería sospechoso.
—Y si mañana escribe una sola frase que use esto contra mí, le parto el alma en reuniones sucesivas.
La boca de Hugo se movió apenas.
—Tomaré nota.
—No tome notas ahora.
Él no se movió hasta que le toqué la camisa.
Fue un gesto pequeño. Dos dedos en la tela arrugada. Una pregunta mal hecha. Hugo me miró a los ojos, no a la boca, y eso estuvo a punto de desarmarla más que cualquier beso.
—Dímelo claro —pidió él.
Se me escapó una risa que no llegó a ninguna parte.
—Qué manía con los procedimientos.
—Dímelo.
—Sí.
No hizo falta más.
Hugo me besó con cuidado al principio, lo cual fue irritante, y luego con menos cuidado cuando le agarré la nuca y le dejé claro que la delicadeza también podía administrarse con menos miedo.
Me besó como hablaba cuando dejaba de protegerse: atento, concentrado, con una precisión que me molestó porque funcionaba con demasiada eficacia.
Retrocedí hasta la mesa. Una carpeta cayó al suelo. Ninguno la recogió.
—La tablet —murmuré contra su boca.
Hugo se apartó medio segundo y miró la bolsa transparente.
—Está apagada.
—Me refería a que no la tires.
—Prioridades claras.
—Siempre.
Él sonrió entonces. Poco. Lo justo para volverla más idiota de lo recomendable.
Lo empujé hacia el sofá antes de que la sonrisa me hiciera daño. Hugo cayó sentado y yo quedé de pie entre sus piernas, con las manos todavía en su camisa. Él no me agarró de inmediato. Esperó. Esa espera, esa maldita espera, hizo que tuviera que inclinarme por voluntad propia.
Lo besé otra vez.
Esta vez no hubo trabajo que lo disimulara. Ni sabotaje, ni evento, ni Vera, ni Teresa, ni eficiencia. Solo la boca de Hugo subiendo por mi cuello con una lentitud que no parecía de un hombre que vivía entre tablas, y mis manos metidas en mi pelo, arruinándole por fin algo visible.
—Para si quieres parar —dijo él, casi sin voz.
—Si vuelve a decirme eso con tono de formulario, paro por aburrimiento.
—¿Y sin formulario?
—Sin formulario puede seguir.
Siguió.
La chaqueta cayó al suelo. Luego la camisa de él quedó abierta a medias, mal, con un botón resistiéndose como si también tuviera contrato. Me reí contra mi boca y Hugo murmuró algo que no llegó a frase. Mucho mejor. Las frases, en ese momento, estorbaban.
Él me quitó la camiseta despacio, sin convertirlo en ceremonia. No me sentí mirada como informe ni como problema. Me sentí mirada como una mujer agotada, viva, deseable, con marcas de tirantes, piel caliente y muy poca paciencia.
Eso fue más peligroso que la cama.
—No me mire así —dijo.
—¿Cómo?
—Como si hubiera encontrado algo.
Hugo apoyó la frente un segundo contra su abdomen.
—Quizá lo he encontrado.
—Marín.
—Ya. Callo.
Y calló.
Me llevó hasta la cama sin prisa suficiente para ser prudente ni rapidez suficiente para esconder el temblor.
Me tumbé de espaldas, no porque me rindiera, sino porque quería verlo perder un poco el orden encima de mí.
Hugo lo perdió. No del todo. Lo justo. Me besó en la boca, en la mandíbula, en el hombro.
Me preguntó con las manos antes de avanzar, y respondí moviéndose contra él con una claridad que no dejaba espacio para malentendidos.
El deseo no llegó limpio. Llegó con rabia, sueño, miedo, alivio y una ternura que no había pedido. Llegó mezclado con el sonido lejano de un ascensor, con una sirena en la calle, con el hotel tragando gente al otro lado de la puerta.
Cuando Hugo entró en mí, lo hizo mirándome.
Habría preferido que no. Habría preferido poder cerrar los ojos y convertir aquello en un error físico, en una descarga, en una cosa sencilla y archivada bajo “mala decisión con consecuencias”.
Pero él me miraba y yo, traidora de mí misma, le sostuve la mirada.
No fue bonito.
Fue mejor.
Fue torpe por momentos, intenso, demasiado silencioso al principio y luego no tanto.
Le mordí el hombro cuando el placer empezó a desordenarme.
Hugo dijo mi nombre una vez, contra mi cuello, no como acceso premium, sino como si se le hubiera escapado.
No lo corregí. No pude. Tenía las manos ocupadas en su espalda y la boca ocupada en no pedirle más de lo que pensaba admitir después.
Después, quedaron quietos.
No abrazados de película. Más bien derrumbados con cierta dignidad, respirando como si hubieran subido diez plantas por la escalera de servicio.
La sábana estaba torcida. La carpeta seguía en el suelo.
Una media de había terminado junto a la tablet embolsada, detalle que la vida, siempre vulgar, consideró oportuno.
Hugo apoyó una mano en su cadera. No posesiva. Presente.
—Mañana sigue existiendo —dije.
—Sí.
—Teresa también.
—Por desgracia.
—El informe.
—También.
—Mi equipo.
—Sí.
Giré la cabeza hacia él.
—Entonces no estropee esto intentando hacerlo bonito.
Hugo le apartó un mechón de la cara con los dedos.
—No sé hacerlo bonito.
—Bien.
—Pero puedo intentar no hacerlo cobarde.
No contesté.
No porque no tuviera respuesta.
Porque esa sí era una promesa peligrosa.