Capítulo 11 · Inés
Me enfadé conmigo misma en la lavandería.
No era el sitio más digno para una revelación emocional, pero tenía lógica.
La lavandería externa del Hotel Vera funcionaba con carros metálicos, fundas grises, bolsas de ropa húmeda y una máquina que pitaba con la regularidad cruel de un monitor de hospital.
Allí nada fingía. Las sábanas llegaban manchadas, las toallas pesaban, las fundas se mezclaban y alguien siempre acababa encontrando una servilleta con pintalabios dentro de un lote que ya debería estar limpio.
La atracción, pensé, también debería tener un departamento así.
Algo donde meterla, lavarla a noventa grados y devolverla doblada, sin restos de Hugo Marín en las costuras.
—Estás muy callada —dijo Sandra, sentada sobre un carro vacío mientras revisaba etiquetas de catering.
—Estoy trabajando.
—Tú trabajas hablando mal de alguien. El silencio es síntoma.
—Qué bien os está sentando a todos dormir cuatro horas.
Sandra me miró por encima de las gafas.
—No he dormido cuatro. He dormido dos y una encima de una caja de platos. Mi criterio está afilado por destrucción neurológica.
Pegué una etiqueta nueva sobre una bolsa.
—¿Tenemos confirmación de que el hombre del carro no era de lavandería?
—Confirmado. Lavandería real lo ha negado con una indignación preciosa. Dicen que sus carros hacen ruido distinto.
—Me encanta que el mundo tenga expertos en todo.
—Marta está cruzando cámaras con accesos. Vera tiene cara de querer despedir a gente que aún no conoce. Dani está intentando convencer al técnico de que no todos los trabajadores del hotel son una amenaza. y Hugo...
—No.
Sandra levantó las manos.
—No he terminado.
—No hace falta.
—Iba a decir que Hugo está con Teresa.
Arranqué otra etiqueta.
—Bien.
—Ese bien ha sonado a tengo un cuchillo pequeño en el bolsillo.
—No llevo cuchillo.
—Claro. Tú matas con frase.
Dejé las etiquetas sobre la mesa.
—Sandra.
—Inés.
—No empieces.
—Llevas toda la noche odiando que Hugo sea útil.
—Odio muchas cosas útiles. Las bridas, por ejemplo. Feísimas. Indispensables.
—También lo miras como si quisieras pegarle o quitarle la camisa.
—Eres muy desagradable para alguien que depende de mi firma en cuadrantes.
Sandra sonrió.
—Precisamente porque dependo, observo.
Cogí una bolsa de ropa y la lanzó al carro con demasiada fuerza.
—Es un auditor. Ha venido a escribir qué sobra. ¿Entiendes eso? Sobra. Esa palabra tiene consecuencias. No estamos hablando de un cliente atractivo que pide cava a destiempo.
—No he dicho que sea buena idea.
—Es una idea pésima.
—Sí.
—Profesionalmente suicida.
—Probablemente.
—No uses sus palabras.
Sandra me miró con una crueldad suave.
—Ah.
—No hay ah.
—Hay un ah enorme, pero lo dejo para después.
La puerta de lavandería se abrió. Hugo entró con el móvil en una mano y una carpeta en la otra.
Por supuesto.
El hotel tenía un talento enfermizo para empujar gente hacia las frases que acababa de negar.
—Roca —dijo él.
—Marín.
Sandra miró a uno, luego al otro, y se bajó del carro.
—Voy a llevar etiquetas a un lugar donde la tensión no tenga traje.
—Sandra.
—Me sacrificaría, pero soy joven y aún creo en ciertas cosas.
Salió con las etiquetas y la sonrisa de quien iba a contarlo fatal a Dani.
Me crucé de brazos.
—¿Qué quiere?
—Teresa quiere un avance antes de comer.
—Qué hambre tan rara.
—Y Vera quiere que comparemos lo encontrado en la tablet con las incidencias de los últimos tres meses.
—¿Tres meses?
—Sí.
Solté una risa.
—Claro. Porque no teníamos suficiente con hoy.
—Creo que esto no empezó hoy.
La frase le borró el sarcasmo durante un segundo.
Hugo dejó la carpeta sobre una lavadora cerrada. Dentro había impresiones de incidencias: cambios de habitación duplicados, accesos creados y borrados, proveedores registrados con nombres incompletos, quejas de clientes que apuntaban siempre a eventos, pero nunca a recepción o dirección.
Pasé las hojas con el dedo.
—Esto lo pidió Teresa.
—Parte.
—¿Parte?
—He añadido registros internos que Marta me ha permitido ver.
—Marta no permite. Marta concede como una reina medieval.
—Entonces me ha concedido.
Leí otra hoja.
Fecha. Evento farmacéutico. Error de montaje de pantalla.
Otra.
Cata privada. Botellas cambiadas de cámara.
Otra.
Cena de asociación médica. Invitado VIP asignado a mesa equivocada pese a tres revisiones.
Otra.
Boda pequeña. Tarjeta maestra abierta desde terminal de recepción a las 02:14, sin usuario registrado.
El estómago se me colocó más abajo.
—Esto siempre acabó en mi mesa —dijo.
—Sí.
—Siempre parecía fallo de eventos.
—Sí.
—Y usted venía a auditar eventos.
Hugo no respondió enseguida.
—Sí.
Apoyé las manos en la lavadora.
La máquina estaba tibia. Eso le pareció ofensivo. Todo en ese hotel parecía tener más temperatura que ella.
—Me iban a entregar atada y con informe.
—Alguien estaba preparando el camino.
—No diga alguien como si el hotel fuera una novela barata. Aquí alguien tiene nombre, turno, usuario, nómina o despacho.
—Lo encontraremos.
—¿Lo encontraremos?
—Si quieres.
Me reí.
—Qué detalle. Me invita a investigar mi propio entierro.
—Te invito a no dejar que otros escriban la versión.
Lo miré.
Esa frase sí fue buena. Demasiado. Me habría gustado odiarla más.
—No me venga con épica —dijo—. Tengo carros de manteles.
—Lo sé.
—Y un evento a las cinco.
—Lo sé.
—Y una auditoría que puede decidir si la mitad de mi equipo sigue trabajando aquí.
—También.
—Entonces no haga que parezca una aventura compartida.
Hugo dejó el móvil sobre la carpeta.
—Para mí tampoco lo es.
—No. Para usted es un informe con bonus.
La frase salió más dura de lo previsto.
Él la recibió sin moverse, pero esta vez no la dejé pasar tan fácil.
—No sabes cómo cobro.
—Sé cómo funcionan los consultores.
—Auditor.
—Sé cómo funcionan los hombres contratados para decir que algo sobra.
—Entonces quizá deberías escuchar al hombre antes de decidir qué va a decir.
—Ya le escuché bastante en el salón vacío.
El silencio cambió.
Ahí estaba. El salón. El foco. Sus manos en la escalera. La distancia mala. Lo no dicho plegado bajo el brazo junto a una escalera.
Hugo bajó la voz.
—Si te incomodó algo, dímelo.
—No me incomodó.
Demasiado rápido.
Él me notó.
—Inés.
—No use mi nombre como si tuviera acceso premium.
—No pretendía.
—Todo el mundo pretende poco y hace mucho en este hotel.
Hugo respiró por la nariz. Cansado, quizá. Molesto, también. Bien. Que se molestara. Era saludable. Estaba harta de hombres educados que aceptaban golpes con cara de santo y luego escribían informes.
—No quiero ser tu enemigo —dijo.
—Eso depende de lo que escriba.
—Y de lo que tú estés dispuesta a mirar.
—No me dé lecciones.
—No. Te estoy diciendo que llevas años tapando agujeros que quizá otros abren a propósito. Y cada vez que alguien toca ese tema, lo conviertes en ataque personal porque es más fácil pelear que admitir que quizá el hotel te ha usado igual que pretende usarme a mí.
La frase entró mal.
Porque no era del todo falsa.
Cogí la carpeta y se la empujé contra el pecho.
—Salga de lavandería.
Hugo sostuvo la carpeta.
—Vale.
—Y no vuelva a tocarme sin preguntar.
Él se quedó quieto.
—No lo he hecho.
—En la escalera.
—Te sujeté porque resbalaste.
—Lo sé.
—Entonces...
—Entonces me jode haber querido que no soltara tan rápido.
La frase salió.
Cruda. Fea. Real.
Los dos se quedaron inmóviles.
La máquina pitó.
Una sábana terminó su ciclo con una puntualidad indecente.
Cerré los ojos.
—Olvide eso.
Hugo no se acercó. No sonrió. No ganó nada con la frase. Solo la sostuvo, que era mucho peor.
—No puedo.
Abrí los ojos.
—Pues aprenda. Esto es un hotel. Aquí se olvida de todo si hay otra reserva encima.
Hugo miró la carpeta, luego la puerta.
—A las doce revisamos incidencias con Vera.
—Profesional. Perfecto.
—Y a las cinco tienes evento.
—También.
—Y entre una cosa y otra intentaré no tocarte, no mirarte en una escalera y no escribir nada que no pueda defender delante de ti.
—Qué agenda tan ocupada.
—Sí.
Se fue.
Me quedé en la lavandería con el pitido de la máquina, el olor a ropa húmeda y la sensación desagradable de haber dicho la verdad en el sitio menos romántico del mundo.
Era justo lo que se merecía.