LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 10 · Inés
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Capítulo 10 · Inés

El salón principal quedó vacío a las tres y veintidós.

Vacío en términos de cliente, porque un salón de hotel nunca estaba vacío del todo.

Quedaban vasos con marcas de boca, servilletas dobladas con rabia, sillas mal alineadas, migas invisibles hasta que una luz cruel las encontraba, cables que alguien juraba haber recogido y una flor caída debajo de una mesa como si también hubiera intentado escapar del evento.

Llevaba los zapatos en la mano y unas zapatillas negras de repuesto en los pies. No eran bonitas. Eran necesarias. A partir de cierta hora, la belleza dejaba de cotizar.

Hugo estaba arrodillado junto a una toma de corriente, leyendo la etiqueta de un receptor inalámbrico.

—No hace falta que lo toque —dije.

—Ya lo he tocado.

—Eso era una forma educada de decir que se aparte.

—Lo he entendido tarde.

—Qué sorpresa.

Él dejó el receptor en el suelo y se levantó. La camisa se le había salido un poco del pantalón. No mucho. Lo justo para recordar que también tenía cuerpo debajo del cargo, del informe y de esa manera irritante de ordenar el mundo con frases de tres líneas.

Aparté una silla con la rodilla.

—Mañana esto tiene que parecer una presentación premium a las nueve.

—Y ahora parece una boda que ha perdido una pelea.

—No hemos tenido boda. Eso fue anoche.

—Entonces el hotel pelea de forma muy variada.

—Es parte de la experiencia.

Hugo cogió dos sillas y las colocó al fondo sin que nadie se lo pidiera. Mal. Los auditores debían mirar, anotar y estorbar. No levantar sillas con las mangas remangadas.

—No tiene que hacer eso —dije.

—Ya.

—No era permiso para seguir.

—Lo sé.

Siguió.

Lo observé durante tres segundos más de lo recomendable.

Tenía las manos grandes. No elegantes de anuncio.

Manos de un hombre que, pese al traje y los informes, había cargado cajas en algún momento de su vida.

Eso encajaba con lo que había dicho sobre el hotel familiar perdido.

También explicaba por qué no le daba asco el trabajo cuando dejaba de ser concepto.

Odiaba las explicaciones que humanizaban a la gente incómoda.

Dani apareció por la puerta con una escalera plegable.

—¿Interrumpo tensión o montaje?

—Montaje —dije.

—Qué pena.

—Dani.

—Ya. Traigo la escalera porque el foco tres parpadea y el técnico real dice que no sube más hasta que seguridad confirme que no hay técnicos falsos con vocación de sabotaje.

Hugo se acercó a la escalera.

—Subo yo.

—Ni hablar —dije.

—He subido a escaleras antes.

—Me conmueve su vida aventurera, pero si se cae el auditor en mi salón, Teresa me lo descuenta de la dignidad.

Dani dejó la escalera abierta.

—Podría caer sobre una mesa y así tenemos excusa para cambiar el layout.

—Tú tampoco ayudas.

—Estoy en modo supervivencia con humor pobre.

Subí yo misma. Dos peldaños. Tres. El foco estaba caliente y mal orientado. Levantó el brazo, movió la carcasa y noté cómo la camiseta se le subía un poco por la espalda. Nada. Una tontería. Un gesto de trabajo. Aun así, sintió la mirada de Hugo antes de verla.

—No mire —dijo desde arriba.

—Estoy sujetando la escalera.

—Puede sujetarla con los ojos en otra parte.

—Sería menos eficaz.

Dani soltó una risa que disimuló fatal.

—Voy a ver si queda café o veneno —dijo—. Cualquiera sirve.

Se fue.

El salón se quedó con el zumbido eléctrico de fondo, la luz del foco, la escalera y Hugo sujetándola con una mano a cada lado. Bajé un peldaño. El pie izquierdo le resbaló apenas porque la suela de sus zapatillas estaba gastada por dentro. No cayó. No hizo ni falta.

Hugo levantó las manos y le sujetó la cintura para estabilizarla.

Otra vez una cintura.

El hotel parecía tener fijación.

—Estoy bien —dije.

Él la soltó de inmediato.

—Lo sé.

—Entonces no me agarre.

—Estabas bajando mal.

—Bajo mal desde 2018 y nadie ha abierto incidencia.

—Quizá deberían.

Bajé los últimos peldaños de golpe.

—¿También audita mi forma de pisar?

—Solo cuando amenaza con romperse el cuello delante de mí.

—No se preocupe. Si me rompo el cuello, Vera lo integra en el paquete de eventos.

—No bromees con eso.

La frase salió distinta. Sin usted. Sin distancia.

Lo noté. Claro que lo noté. La noche tenía muy poca educación para esas cosas.

Hugo también.

—Perdón —corrigió—. No bromee con eso.

—Tarde.

—Sí.

El foco parpadeó. Luego quedó estable. La luz cayó sobre la mesa central, todavía sin mantel, y convirtió el salón vacío en algo casi íntimo. Ridículo. Un salón con cables, sillas apiladas y un hombre que se suponía que iba a desmontarle el trabajo no tenía derecho a parecer íntimo.

Me agaché para recoger una flor seca del suelo.

—¿Por qué se quedó? —preguntó.

—¿Ahora?

—En el evento. Cuando vio la mochila. Podía haberse apartado, dejar que Vera gestionara y escribir su informe desde un lugar limpio.

Hugo apoyó una cadera en el borde de una mesa.

—No hay lugar limpio.

—Respuesta de póster caro.

—Respuesta de alguien que ha visto cerrar un hotel.

Levanté la vista.

Él no miraba el foco ni las mesas. Miraba una mancha pequeña en la moqueta, quizá de vino, quizá de café, quizá de algo que nadie admitiría al día siguiente.

—Mi familia tuvo un hotel pequeño en la costa —dijo—. No boutique. No bonito. De esos con recepción de madera, comedor con manteles plastificados y habitaciones donde siempre fallaba un enchufe. Mi padre decía que era temporal. Que un verano bueno lo arreglaría todo.

—No lo arregló.

—No. Llegamos tarde a todas las decisiones. Demasiado tarde para vender bien, para recortar sin hacer daño, para pedir ayuda, para admitir que la nostalgia no paga nóminas. Cuando cerró, todos dijeron que la culpa era de los números. No era solo de los números.

Noté la frase antes de que él la terminara.

—Era de no querer mirar.

—Sí.

El silencio que siguió no fue cómodo. Tampoco falso.

Dejé la flor seca sobre una bandeja vacía.

—¿Y por eso viene a hoteles ajenos a decirles dónde cortar?

—Por eso intento distinguir entre cortar y amputar.

—Qué tranquilizador.

—No siempre lo consigo.

—También tranquilizador.

Él me miró entonces.

—Con este hotel no estoy seguro todavía.

—Pues avise cuando vaya a decidir si nos corta un dedo o una pierna.

—Eso no lo decido solo.

—Pero escribe bonito en informes.

—Escribo bastante seco.

—Peor. Lo seco parece verdad.

Hugo sonrió apenas. Cansado.

Me di cuenta de que estaba muy cerca de él.

No lo había planeado. Había pasado entre una silla, una escalera y una conversación que no debería haber abierto ninguna puerta.

Estaba a menos de medio metro. Podía ver una gota seca de agua o sudor en el cuello de mi camisa.

Podía oler café viejo y jabón de hotel. Podía recordar mis manos en mi cintura, aunque hubiera sido un segundo técnico, laboral, defensivo.

Qué absurdo todo.

—No voy a escribir que eres el problema —dijo él.

—Claro. Escribirás que soy síntoma, cuello de botella, dependencia crítica o cualquier cosa con corbata.

—Puede que lo seas.

La frase debería haberla enfadado.

Lo hice.

También hizo otra cosa.

—Váyase a la mierda, Marín.

—Probablemente es una recomendación sensata.

—Le dije que no usara probablemente.

—Lo estoy intentando.

Él no se movió. Ella tampoco. Eso, en una habitación vacía, era casi una decisión.

Mi walkie crujió en su cinturón.

—Inés —la voz de Dani sonó demasiado fuerte—. Marta dice que han localizado al hombre del carro en cámaras. No era proveedor. Y Vera quiere a todo el mundo en recepción. Ahora.

Cerré los ojos.

—Recibido.

La tensión se rompió sin romperse del todo. Quedó allí, entre ellos, como una mesa mal recogida.

Hugo se apartó primero.

—Vamos.

—Sí.

Cogí la escalera, pero él se le adelantó y la plegó.

—No necesito que cargue eso.

—Ya lo sé.

—Entonces ¿por qué lo hace?

Hugo me miró, con la escalera bajo un brazo y la respuesta tan cerca que casi la dije.

No la dije.

Eso me dejó menos sitio para defenderme.