LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 9 · Inés
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Capítulo 9 · Inés

El problema de una pantalla encendida es que no permite fingir ignorancia.

Había aprendido muchas formas de mirar una catástrofe sin darle satisfacción.

Una novia llorando con un zapato en la mano.

Un proveedor llegando con tres horas de retraso y una furgoneta equivocada.

Un cliente diciendo “esto no estaba así en mi cabeza”, como si el hotel tuviera obligación de entrar en cabezas ajenas y amueblarlas con criterio.

Pero aquella tablet no era una catástrofe normal.

“Roca / Marín: generar conflicto antes de informe final.”

El texto estaba allí, negro sobre blanco, frío, administrativo, escrito por alguien que no había tenido ni la decencia de odiarlos con imaginación.

Hugo leyó la frase una segunda vez.

No dijo nada.

Eso, viniendo de él, fue más inquietante que una explosión.

—¿No va a hacer una observación elegante? —pregunté, sujetando la tablet con dos dedos, como si pudiera mancharle la piel.

—Estoy eligiendo entre varias poco elegantes.

—Avise cuando gane alguna.

Él levantó la vista hacia la puerta de la escalera del parking.

El hombre del carro había desaparecido. Seguridad hablaba por el pinganillo con voz acelerada.

Dani llegó al pasillo con la camisa torcida, una bandeja vacía en una mano y la expresión de quien ya no preguntaba si algo podía ir peor porque el hotel se lo tomaba como reto.

—¿Lo habéis pillado? —preguntó.

—No —dijo Hugo.

—Mierda.

—Pero ha dejado esto.

Le enseñé la tablet. Dani leyó la frase, luego me miró, luego a Hugo.

—Qué bonito. Os han hecho seating emocional.

—Dani.

—Perdón. Es el miedo. Me vuelve imbécil.

Vera apareció detrás de él sin correr. Vera Soler no corría. Desplazaba crisis con tacones bajos y una cara que hacía que incluso los incendios quisieran pedir cita.

—Explicadme por qué tengo a seguridad buscando a un hombre con uniforme falso y por qué Teresa Lladó está preguntando si el hotel acaba de tener una incidencia alimentaria.

Le di la tablet.

Vera leyó.

No cambió la cara. Eso, en Vera, significaba que alguien iba a sufrir con factura.

—Esto no sale del pasillo —dijo.

—Ya ha salido casi todo lo demás —respondí.

—Esto no.

Hugo cerró la mochila negra y la apartó con el pie de la zona de paso.

—Necesito que nadie toque la tablet hasta que podamos extraer actividad, archivos y usuarios. Si la apagamos, quizá perdemos datos. Si la manipula cualquiera, luego no sirve ni para asustar a un becario.

Vera me miró.

—¿Sabes hacerlo?

—Sé a quién llamar.

—Sin policía ahora.

—No he dicho policía.

—Me alegra que el hotel no sea el único que sabe diferenciar urgencia de espectáculo.

Oí mi propio pulso en los oídos. Al otro lado de la pared seguía el evento de Mirall.

Ciento veinte personas bebiendo agua con gas, fingiendo que una pausa técnica era parte de la experiencia.

Teresa Lladó debía de estar allí dentro, calculando cuánto dinero se podía descontar por cada minuto de rareza.

Los alérgicos seguían vivos. Las bandejas peligrosas, retiradas.

El técnico falso, perdido. Y yo aparecía en un archivo junto al hombre que venía a auditarme.

Generar conflicto.

Como si el conflicto no fuera una cosa que el hotel supiera fabricar solo, sin ayuda externa.

—Tengo que volver a sala —dijo.

Hugo giró la cabeza.

—No.

La palabra fue breve. Mala.

Lo miré.

—Perdón.

Él corrigió de inmediato, pero ya era tarde.

—Quiero decir que no deberías volver sola.

—Ah. Mucho mejor. Ahora además de auditada estoy escoltada.

—Hay alguien usando tu nombre para atacar el evento.

—Hay alguien usando mi nombre desde hace años. Se llama agenda.

Dani levantó una mano.

—Yo voto por que nadie vuelva solo a ningún sitio hasta que sepamos si el hombre del carro era empleado, proveedor o fantasma con acceso a catering.

Vera le entregó la tablet a Hugo.

—Tú, con Marta. Que registre entrada, cámaras y accesos. Dani, controlas que el evento no huela a pánico. Inés, conmigo.

—No necesito niñera.

—No. Necesitas autoridad visible. Esta vez la pongo yo.

Eso cerró la discusión.

Volvieron al salón por la puerta lateral.

Noté la piel de la espalda tensa, como si cada invitado tuviera un móvil escondido entre los dedos.

La sala seguía en pie. La pantalla principal volvía a funcionar.

El ponente hablaba de transformación, confianza y otros términos que la gente pronunciaba cuando quería vender cambios sin decir quién iba a pagarlos.

Teresa Lladó esperaba junto a la mesa de apoyo, con una copa intacta en la mano.

—Vera —dijo—. ¿Qué acaba de ocurrir?

—Una incidencia técnica y de servicio resuelta.

—Eso es una frase para clientes. Yo estoy aquí por el grupo inversor.

—Entonces la frase cuesta más, pero sigue siendo la misma.

Teresa me miró.

—¿Ha sido responsabilidad de eventos?

Ahí estaba. La pregunta preparada. Limpia. Fácil de archivar.

Abrí la boca.

Hugo llegó antes de que pudiera contestar. No se colocó delante de mí. Esta vez se quedó a su lado, con la tablet protegida bajo el brazo y el rostro ya sin esa frialdad pulida de auditor que había traído por la mañana.

—No —dije.

Teresa me miró con incomodidad.

—Hugo.

—No ha sido responsabilidad de Inés ni del equipo de eventos. Si quiere una respuesta preliminar: alguien ha alterado material de servicio, accesos y documentación interna para provocar una incidencia durante Mirall.

—Eso es una acusación grave.

—Por eso no la estoy adornando.

Casi giró la cabeza hacia él. Casi.

Teresa bajó la voz.

—No nos interesa crear alarma.

—A mí no me interesa culpar al equipo que acaba de evitar una reacción alérgica en sala.

La frase fue seca. Sin romance. Sin gesto heroico. Precisamente por eso entró donde tenía que entrar.

Teresa apretó la copa.

—El informe tendrá que reflejar fallos.

—Reflejará hechos.

—Los hechos se interpretan.

—Cuando se interpretan antes de comprobarlos se llaman excusas.

Dani, al otro lado de la sala, fingió revisar una bandeja mientras escuchaba con todo el cuerpo.

Vera se cruzó de brazos.

—Teresa, si el grupo inversor quiere entender qué pasa en este hotel, quizá convenga dejar de buscar empleados defectuosos y empezar a preguntar quién gana algo si parecen defectuosos.

Teresa no respondió enseguida.

La pausa no fue larga, pero alcanzó para que entendiera que aquella mujer no estaba sorprendida del todo. Molesta, sí. Incomodada, también. Sorprendida, no tanto.

—Quiero un resumen antes de las ocho —dijo Teresa.

—Lo tendrá —respondió Hugo.

—De los dos.

Solté una risa breve.

—Qué manía tiene todo el mundo con emparejar desgracias.

Hugo sonrió sin intención de ser amable.

—Esta, al menos, viene documentada.

Teresa se fue.

Vera también, arrastrada por una llamada de Marta. Dani volvió a sala. El evento siguió fingiendo normalidad con una eficacia que solo se consigue cuando hay suficiente presupuesto para luces cálidas.

Me quedé junto a Hugo, a medio metro de la puerta de servicio.

—No tenía que defenderme.

—No te he defendido.

—Ha sonado bastante a defensa.

—He corregido una lectura falsa.

—Qué romántico.

—No pretendía serlo.

—Menos mal. Habría sido lamentable.

Él bajó la mirada a la tablet.

—Alguien quiere que crea que eres un riesgo. Y alguien quiere que tú creas que yo he venido a quitarte el suelo.

—¿Y no ha venido a eso?

Hugo tardó en contestar.

—Vine a saber qué se caía.

—Qué frase tan agradable.

—Ahora creo que hay gente empujando.

Miré la sala. Vi a Pau recogiendo vasos con cara de concentración, a Sandra revisando bandejas seguras, a Dani hablando con el técnico real y a Marta, al fondo, cruzando el vestíbulo con un iPad y una expresión homicida muy bien peinada.

Ese era su hotel.

No suyo en propiedad. Peor. Suyo de cansancio.

—Si intenta convertir esto en una investigación enorme, se come el evento —dijo.

—No.

—No me diga no otra vez.

—Digo que primero salvamos el evento. Luego abrimos la herida.

—Habla usted fatal para ser consultor.

—Auditor.

—Peor.

Hugo me miró entonces, cansado y enfadado de una forma más humana.

—No voy a dejar que te usen como defecto del hotel.

La frase no era bonita. No estaba escrita para besar a nadie. No tenía luz cálida ni música.

Quizá por eso a mí me molestó tanto.

—No prometa cosas en pasillos de servicio —dijo—. Aquí resbalan.

Él no apartó la vista.

—Entonces camine despacio.