LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 8 · Inés
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Capítulo 8 · Inés

El problema de una frase impresa es que parece más cierta que una frase dicha.

Lo sabía. Había visto a clientes creer en menús mal escritos, horarios desactualizados, carteles de “reservado” colocados por error y facturas con conceptos absurdos solo porque estaban en papel. El papel tenía prestigio de cosa pensada, incluso cuando lo había vomitado una impresora de madrugada.

“Eliminar dependencia antes de adquisición.”

La frase, en manos de Teresa Lladó, parecía una decisión.

En manos mío, habría sido basura.

—Eso no estaba ahí —dijo.

No fue una defensa brillante. Tampoco hacía falta. Las defensas brillantes daban titulares. Las simples, a veces, sostenían la realidad.

Teresa miró la hoja, luego a Vera.

—¿Esto es parte de una revisión interna?

—No —dijo Vera.

—¿Seguro?

—Si quisiera eliminar a Inés, no lo imprimiría en la carpeta de bienvenida de una suite.

Dani, desde la puerta, murmuró:

—Vera tiene sus detalles, pero no es cutre.

—Dani —dije.

—Perdón.

Hugo extendió la mano.

—¿Puedo verla?

Teresa no se la di enseguida.

—Usted aparece de pronto en una reserva fantasma de esta suite, defiende a Inés en una reunión y ahora quiere tocar la prueba que la señala.

—Precisamente por eso no la tocaré sin testigos.

La directiva que había encontrado la hoja dio un paso atrás, incómoda. A la gente le gustaba descubrir secretos siempre que no hubiera que hacerse responsable de haberlos descubierto.

Vera sacó una bolsa transparente de su chaqueta. La miré.

—¿Lleva bolsas de pruebas encima?

—Después de la boda de ayer, llevo muchas cosas encima.

—Eso no es tranquilizador.

Hugo esperó a que Teresa introdujera la hoja en la bolsa. Luego la observó a través del plástico.

—Impresión reciente. Papel del hotel.

—¿Cómo sabe que es reciente? —preguntó Teresa.

—No lo sé. Lo deduzco por el estado del papel. Sin dobleces, sin marcas de carpeta prolongada. Y porque quien lo puso quería que se encontrara hoy, no hace una semana.

—Una deducción conveniente.

Di un paso hacia Teresa.

—Conveniente sería dejar que usted crea que esto demuestra algo y que yo me vaya a casa mientras alguien se queda con mi trabajo, mi nombre y mis accesos. Eso sí sería muy conveniente para alguien. Para mí, no.

Teresa me observó.

—Se toma esto de forma personal.

Solté una risa breve.

—Han puesto mi apellido en sobres, tarjetas y organigramas. Si quería que lo tomara como deporte de equipo, han elegido fatal.

Vera intervino antes de que la frase terminara de calentarse.

—La visita continúa en otra zona. Esta suite queda cerrada.

—Eso será difícil de explicar al grupo —dijo Teresa.

—Explique que protegemos privacidad interna y seguridad. Es verdad y, por una vez, suena mejor que la mentira.

Hugo me miró.

—Necesito que salgamos antes que ellos.

—No me dé órdenes.

—No lo hago. Hay que revisar quién tuvo acceso a carpetas de bienvenida antes de la visita.

—Eso es dar órdenes con traje.

—Es una urgencia.

—Las urgencias también pueden pedir por favor.

Él me miró un segundo.

—Por favor.

Maldito.

Salí de la suite sin responder. En el pasillo, la moqueta absorbió el ruido de sus pasos, lo cual le pareció una falta de respeto. Había momentos en que una necesitaba que sus pisadas sonaran a algo.

Bajaron por la escalera de servicio. Hugo iba detrás, a distancia prudente. Vera se quedó con Teresa y seguridad. Dani ya estaba escribiendo a Marta. El hotel se movía alrededor como un cuerpo tocándose una herida sin querer que se viera.

—Carpetas de bienvenida —dije al llegar al office—. ¿Quién las preparó?

Dani señaló a Pau, que estaba colocando botellines de agua en una bandeja con la concentración de quien no quería existir.

—Pau y Sandra, bajo mi supervisión. Anoche se dejaron montadas. Esta mañana se revisaron.

Pau palideció.

—Yo no he metido nada raro.

—Lo sé —dije.

El chico me miró como si aquella frase le hubiera dado suelo.

Hugo observó el gesto.

Lo vi observar y me molestó que, otra vez, estuviera aprendiendo cosas correctas.

Sandra salió de cocina secándose las manos en un paño.

—¿Qué ha pasado ahora?

—Una hoja en una carpeta de suite.

—¿De las negras?

—Sí.

Sandra frunció el ceño.

—Esta mañana faltaban dos.

Me giré.

—¿Cómo que faltaban dos?

—Había pedido doce. Dejé doce. Cuando Pau vino a buscarlas, había diez. Pensé que Dani había cogido dos para revisar.

Dani levantó las manos.

—Yo no reviso carpetas negras. Me deprimen.

Hugo preguntó:

—¿Dónde estaban guardadas?

Sandra señaló una estantería del office.

—Ahí. Encima de las cajas de agua.

Marta apareció con la tablet en la mano y cara de tormenta controlada.

—Registro de accesos al office: personal de cocina, eventos, limpieza y un técnico externo a las nueve y tres.

—TecnoSom —dijo Hugo.

—TecnoSom —confirmó Marta—. Perfil temporal falso, ya bloqueado.

Miré hacia el salón donde seguía el evento corporativo.

—¿Dónde está ahora ese técnico?

Marta tragó una respuesta que no le gustaba.

—No ha salido por puerta principal.

Dani soltó una palabra seca.

Hugo cogió el móvil.

—Seguridad en salidas.

—Ya está —dijo Marta—. Pero el hotel tiene tres accesos de servicio, un parking, lavandería y proveedores entrando con carros. Si quiere desaparecer, puede hacerlo vestido de mantel.

—Nadie se viste de mantel —dijo Dani.

Lo miré.

—No retes al día.

El walkie de Dani sonó antes de que nadie pudiera moverse.

—Dani, aquí sala. El audio ha muerto.

Dani cerró los ojos.

—No.

Otra voz, la de un camarero, entró atropellada.

—Y cocina dice que hay problema con los canapés calientes. Han llegado bandejas que no son nuestras.

Cogí el walkie.

—Repite.

—Bandejas etiquetadas para Mirall, pero no salen de cocina. Sandra dice que no son suyas.

Sandra se quedó quieta.

—Mis bandejas no han salido.

Hugo me miró.

—Eso ya no es una hoja.

—No. Eso es evento.

La sala principal estaba llena cuando llegaron.

Ochenta personas de Mirall Capital de pie, con copas, tablets y caras de haber pagado por no ver cables.

La pantalla funcionaba, pero el sonido no.

El ponente hablaba con un micrófono muerto y una sonrisa que se le estaba despegando.

En una mesa lateral, dos bandejas de canapés calientes desprendían olor a queso, hojaldre y posible demanda.

Sandra llegó detrás de mí, cogió uno con servilleta, lo olió y lo dejó.

—Esto lleva marisco.

Sentí que el suelo se movía.

—El briefing era sin marisco en sala.

—Y sin frutos secos.

Sandra abrió uno de los canapés con un cuchillo pequeño.

—Almendra.

Dani apareció.

—Tenemos tres alérgicos declarados a frutos secos y una directiva con alergia a crustáceos.

Miré la sala.

Teresa Lladó estaba hablando con esa directiva junto a la mesa equivocada.

—Retirada ya —dije.

—Si retiramos de golpe, se nota —dijo Hugo.

—Si alguien se lo come, se muere. Elija estética.

Él no discutió.

Eso, en aquel momento, fue casi íntimo.

—Dani, dos camareros con bandejas vacías. Retiran diciendo que cocina cambia la línea caliente por temperatura. Sandra, saca salado frío seguro. Marta, identifica a los alérgicos y mueve a Teresa lejos de esa mesa sin decir alergia en voz alta. Hugo...

Me detuve.

Él ya estaba mirando la distribución de la sala.

—Yo corto el audio del ponente con excusa técnica y atraigo atención al otro lado.

—Eso iba a decir.

—Lo sé.

—No disfrute.

—No hay tiempo.

Hugo caminó hacia el ponente. No corrió. Los hombres con traje podían hacer de una emergencia una transición si no corrían. Subió al pequeño escenario, habló al oído del ponente y luego tomó el micrófono muerto con una sonrisa mínima.

—Disculpen. Vamos a hacer una pausa técnica de tres minutos para mejorar el sonido. Les pedimos que se acerquen a la zona de café, por favor. El equipo del hotel está reajustando la sala.

Reajustando.

Mentira con zapatos buenos.

La gente se movió. Dani y los camareros retiraron bandejas.

Sandra sacó otras desde cocina con la velocidad de una mujer que prefería matar antes que intoxicar.

Marta apareció junto a Teresa con una carpeta y la alejó dos metros de la mesa.

Vera entró por la puerta lateral, entendió la escena en tres segundos y se colocó junto a los directivos con la sonrisa institucional de quien vendería estabilidad mientras debajo del suelo hubiera lobos.

No respiré hasta que la última bandeja equivocada desapareció por la puerta de servicio.

Entonces vio a Pau al otro lado del salón, con un plato en la mano, hablando con una mujer de Mirall.

La mujer cogió un canapé.

No de los retirados. De una bandeja segura.

Bien.

Mi pulso bajó medio centímetro.

Hugo se volvió hacia mí.

—Audio recuperado en dos minutos. El técnico del hotel dice que alguien desconectó el receptor inalámbrico y cambió el canal.

—¿Alguien?

—Sí.

—¿Técnico falso?

—Probable.

—Le dije que no usara probablemente.

—Esta vez no tengo otra palabra.

Miré hacia la puerta de servicio. Un carro de manteles pasaba al fondo del pasillo, empujado por un hombre con uniforme gris. No le vi la cara. Solo el movimiento más rápido de lo recomendable. Demasiado decidido.

—Dani —dijo por el walkie—. ¿Quién lleva ahora el carro de manteles hacia lavandería?

Silencio.

Luego Dani:

—Nadie.

Ya corría.

Hugo salió detrás.

El pasillo de servicio olía a comida, ropa húmeda y metal. El carro giró hacia la zona de carga. Aceleré, notó el dolor en los pies, la falta de sueño, la rabia como combustible barato. El hombre empujaba el carro con la cabeza baja. Uniforme gris. Gorra. Mascarilla.

—¡Eh! —gritó.

El hombre no se giró.

Hugo me adelantó en el último tramo. No para lucirse. Porque tenía las piernas más largas y menos tacones imaginarios en los pies. Cerró el paso antes de la puerta de carga.

El hombre soltó el carro y echó a correr hacia la escalera del parking.

Llegué al carro y aparté los manteles de golpe.

Debajo había una mochila negra.

Dentro, varios sobres blancos, tarjetas de acceso sin codificar, un rollo de etiquetas de catering y una tablet pequeña encendida.

En la pantalla, una carpeta abierta:

“Plan intervención Hotel Vera.”

Levanté la vista.

Hugo estaba en la puerta de la escalera, hablando por teléfono con seguridad.

Aquella mañana, al fin, parecía enfadado.

No frío.

No medido.

Enfadado.

Miré la tablet otra vez.

Entre los archivos aparecían dos nombres.

El suyo.

Y el de Hugo.

Uno al lado del otro.

“Roca / Marín: generar conflicto antes de informe final.”

Se me escapó una risa que no llegó a ninguna parte.

—Qué considerados.

Hugo se volvió hacia mí.

—¿Qué?

Le enseñó la pantalla.

Él leyó.

Después la miré.

Y en ese segundo, entre un carro de manteles, una mochila llena de pruebas y un evento corporativo que seguía fingiendo normalidad al otro lado del pasillo, entendí algo bastante incómodo.

Alguien no quería que Hugo me auditara.

Quería que se destruyeran entre ellos.