Capítulo 7 · Inés
A las diez y veinte, el Hotel Vera tenía un evento corporativo en marcha, una suite maldita, una tarjeta falsa a nombre mío, una reserva fantasma a nombre de Hugo y setenta y nueve directivos convencidos de que el café había salido tarde por una decisión estética.
Había trabajado con menos.
También con más alcohol en sangre ajena.
Lo que no había tenido nunca era a un consultor a su lado que acababa de pasar de amenaza a objetivo en menos de dos horas.
—No toque nada —dijo Marta desde recepción, por teléfono.
Caminaba hacia el despacho de Vera con Hugo detrás.
—Eso es ofensivo. Toco cosas para vivir.
—Hoy no. Ni tú ni él. El sistema acaba de marcar check-in de Hugo en la 402 desde terminal de autoservicio interno.
—No tenemos terminal de autoservicio interno.
—Exacto. Por eso estoy disfrutando tan poco.
Hugo hablaba con alguien de Mirall por su móvil.
—No. Ningún cambio de agenda. La visita a suites se reorganiza por privacidad de huéspedes. Sí. Privacidad. Es un hotel, todavía la vendemos.
Lo miré de lado.
—Eso casi ha sonado a hotelero.
Él colgó.
—Me lo tomaré como advertencia.
—Hágalo.
Vera los esperaba en su despacho con la puerta abierta. Dentro estaban Marta, Dani y teresa Lladó. La presencia de Teresa convirtió el despacho en algo peor que un despacho: en una reunión.
Odiaba las reuniones. Eran eventos donde nadie llevaba bandejas pero todo el mundo derramaba algo.
—Siéntense —dijo Teresa.
No me senté.
—Estoy trabajando.
—Precisamente.
Vera cerró la puerta.
—Cinco minutos. Ni uno más.
Teresa dejó una tablet sobre la mesa.
—Tengo que saber si el hotel tiene un problema de seguridad o de gestión.
—Tiene un problema de alguien intentando fabricar un problema —dije.
—Eso es una frase cómoda.
—No. Cómoda habría sido decir que el sistema es antiguo y que usted ha llegado pronto.
Dani miró al suelo. Marta se mordió el interior de la mejilla. Hugo no sonrió. Bien. Aquella reunión podía costarle a alguien el puesto y, por la distribución de sillas, ese alguien tenía mi nombre bastante cerca.
Teresa deslizó el dedo por la tablet.
—Esta mañana se han detectado incidencias vinculadas a accesos de eventos. El nombre de Inés aparece en dos registros. El de Hugo, ahora, en una reserva no solicitada. Desde fuera, parece que el hotel improvisa o que alguien interno manipula procesos sin control suficiente.
—Desde dentro parece que alguien con información suficiente está colocando nombres concretos en sitios concretos —dijo Hugo.
Teresa me miró.
—Usted fue contratado para evaluar riesgos, no para defender hipótesis convenientes.
—Estoy evaluando un riesgo. El de interpretar como incompetencia lo que puede ser sabotaje.
—Sabotaje es una palabra grande.
—También lo es inversión y la usan para cualquier reforma con mármol.
Casi lo miré. Casi.
Vera intervino.
—Teresa, el hotel colabora. Pero no aceptaré que se señale a mi equipo sin pruebas.
—No estoy señalando. Estoy preguntando.
—Pregunta con puntería.
El silencio quedó feo, útil.
Marta giró la pantalla del portátil.
—Los registros alterados vienen de accesos generados fuera del flujo habitual. No puedo demostrar todavía desde dónde. Sí puedo demostrar que Inés estaba físicamente en otros puntos del hotel cuando supuestamente se usó su tarjeta.
—¿Y la contraseña del terminal de eventos? —preguntó Teresa.
Respondí antes que nadie.
—Se queda abierta más veces de las que debería porque el sistema tarda cuarenta segundos en cargar cada vez y los eventos no esperan a que una máquina de 2012 decida volver del coma.
—Eso es una mala práctica.
—Eso es sobrevivir con una herramienta vieja porque alguien decidió que renovar software no quedaba bonito en las fotos de la web.
Teresa apoyó las manos sobre la mesa.
—Entonces reconoce que hay prácticas informales.
—Reconozco que el hotel funciona porque muchas personas hacen más de lo que el sistema permite.
—Y eso lo vuelve vulnerable.
—Sí.
La palabra salió antes de que el orgullo pudiera maquillarla.
Noté que Hugo la miraba.
No con triunfo.
Con algo parecido a respeto.
Eso la enfadó menos de lo debido.
—Lo vuelve vulnerable —repetí—. Y también lo mantiene abierto.
Porque si cada incidencia tuviera que esperar autorización formal, anoche una novia se habría casado sin ramo, un novio habría firmado un documento por miedo y hoy Mirall estaría mirando una pantalla azul mientras usted preguntaba por eficiencia.
Dani murmuró:
—Amén.
Vera le lanzó una mirada.
—Perdón.
Teresa me observó durante unos segundos.
—Su problema es que confunde valor con indispensabilidad.
Me quedé callada.
Porque la frase, aunque viniera mal servida, tenía algo que se pegaba.
Hugo habló bajo.
—No creo que lo confunda.
Teresa giró hacia él.
—¿No?
—Creo que el hotel lo ha confundido por ella.
Vera no se movió.
Marta dejó de teclear.
Sentí una rabia extraña. No contra Hugo. Contra lo bien que había colocado la frase donde dolía.
—Desarróllelo —dijo Teresa.
Hugo se puso de pie. No fue teatral. Solo necesitó acercarse a la pantalla de Marta.
—El Hotel Vera tiene procedimientos incompletos, herramientas antiguas y una concentración excesiva de conocimiento en personas concretas.
Inés es una de ellas. Eso no la convierte en el problema.
La convierte en el parche que ha funcionado tanto tiempo que alguien empezó a confundirlo con estructura.
Miré hacia la ventana.
No podía mirarlo a él.
No ahora.
—La auditoría preliminar —continuó Hugo— debería centrarse en trazabilidad, accesos, herramientas y reparto real de carga operativa. No en eliminar a la persona que está absorbiendo el fallo.
Teresa inclinó la cabeza.
—Curioso. Anoche su informe inicial hablaba de dependencia excesiva y adaptabilidad limitada.
Volví a mirarlo.
Hugo no se defendió.
—Mi informe estaba incompleto.
Dani abrió mucho los ojos.
Marta sonrió apenas, casi con maldad.
Teresa se reclinó en la silla.
—Eso es una admisión poco habitual.
—Tampoco suelo auditar hoteles con tarjetas falsas a los veinte minutos de llegar.
—Entonces está modificando criterio.
—Estoy incorporando datos.
Solté una risa corta sin poder evitarlo.
—Qué forma tan seca de decir que se equivocó.
Hugo me miró.
—Sí.
La palabra cayó en la mesa como algo caro y poco usado.
Teresa cerró la funda de su tablet.
—Muy bien. Tendrán hasta el final del evento para demostrar control. A las seis quiero un informe de incidencias, accesos, medidas tomadas y propuesta provisional. Si no, Mirall asumirá que el Hotel Vera no puede absorber una operación de mayor escala sin intervención externa directa.
—Traducción —dijo Dani—: nos ponen niñera.
—Dani —dijo Vera.
—Lo siento. Mi filtro está en el office.
Teresa se levantó.
—La presentación continúa en quince minutos. Espero que sin más creatividad.
Salió.
Cuando la puerta se cerró, nadie habló durante tres segundos.
Luego Marta dijo:
—Me cae fatal.
—No estamos votando simpatías —dijo Vera.
—Pues debería incluirse en el informe.
Dani miró a Hugo.
—Ha estado usted menos horrible de lo esperado.
—Gracias.
—No era del todo un cumplido.
—Lo he supuesto.
Recogí su tablet.
—Voy al salón.
Vera la detuve.
—Inés.
—No me abraces con palabras. Tenemos quince minutos.
—No iba a abrazarte. Iba a decirte que Hugo tiene razón.
—Peor.
—El hotel no puede depender así de ti.
—Gracias por el golpe en la reunión posthumana.
—Y tú no puedes seguir creyendo que si algo se cae es porque no lo has sujetado bastante fuerte.
Esa frase sí la dejé sin respuesta inmediata.
La odiaba.
Y la necesitaba.
—Tenemos quince minutos —repitió, más bajo.
Salió.
Hugo me siguió. En el pasillo, el ruido del hotel volvió a entrar: carros, voces, cubiertos, teléfonos, la normalidad absurda de un edificio que seguía vendiendo calma mientras se le movían las paredes por dentro.
Caminé rápido.
—No vuelva a defenderme en una reunión.
—No la defendí.
—No me insulte además.
—Defendí una lectura de datos.
—Ah, claro. Mucho más erótico.
Hugo se detuvo medio segundo.
Seguí caminando, arrepintiéndose de mi boca y negándose a pedirle disculpas.
Él la alcanzó junto al office.
—No pretendía incomodarla.
—Tarde.
—Lo de Teresa era injusto.
—Bienvenido al mercado laboral.
—Y lo de Vera era cierto.
Frené.
—Hoy quiere morir.
—No.
—Pues está haciendo prácticas.
Hugo sostuvo mi mirada.
—Si todo funciona porque usted lo sostiene, el hotel puede vender que usted es imprescindible mientras la usa como excusa para no arreglar nada. Y cuando algo falle, caerá sobre usted.
—No necesito una charla.
—No. Necesita dormir, personal, software nuevo y dejar de cubrir agujeros con el cuerpo.
La frase fue demasiado directa.
Demasiado física.
Demasiado visible.
Aparté la vista hacia una pila de tazas.
—No sabe nada de mi cuerpo.
Silencio.
La frase había salido mal.
O bien.
A saber.
Hugo bajó la voz.
—No. No lo sé.
Sentí el calor subirle al cuello, rápido y estúpido. Fantástico. Auditoría, sabotaje, evento corporativo y ahora mi piel decidiendo participar en una reunión paralela.
—Voy a fingir que esta conversación no existe.
—Probablemente sea lo más prudente.
—No use probablemente.
—De acuerdo.
Dani apareció al fondo del pasillo.
—Inés, sala lista. Teresa pregunta si ya puede volver a fingir que todo depende de su agenda.
—Vamos.
El evento continuó. La presentación se reinició, esta vez sin azul, sin cables traidores y sin que nadie externo pudiera ver la cicatriz.
Teresa habló de oportunidad, escalabilidad y activos con potencial.
Hugo escuchó de pie al fondo. Me moví entre salón, cocina, terraza y recepción, corrigiendo pequeños fallos antes de que se convirtieran en frases en boca de otros.
A las once y cuarenta, Mirall pidió adelantar la visita a suites.
Por supuesto.
La 402 seguía bloqueada en el sistema con una reserva fantasma de Hugo. Marta había puesto candado digital temporal. La 405 tenía vistas a los calzoncillos del vecino. La 408 estaba ocupada por una pareja que había pedido no molestar y más hielo, combinación que nadie quería interrumpir.
—Enseñamos la 406 —dije.
—La 406 tiene la cortina rota —recordó Dani.
—La cortina está cansada, no rota.
—Está colgando de un lado.
—Entonces enseñamos la luz natural del otro.
Hugo se acercó.
—La 402 se puede abrir físicamente si seguridad está delante.
—No.
—Es la mejor suite.
—También es una escena del crimen con minibar.
—Si no la enseñamos, Teresa preguntará por qué.
—Que pregunte.
—Ya sospecha.
—Todo el mundo sospecha. Es gratis.
Hugo miró hacia el pasillo donde Teresa esperaba con dos directivos.
—Podemos entrar primero, retirar cualquier documento y enseñar solo salón y terraza.
—¿Podemos?
—Con Vera y seguridad.
—Me encanta que el plan sea entrar en la suite trampa con testigos.
—A mí no. Pero es operativo.
—Uno.
—¿Qué?
—Ha dicho operativo una vez. Le quedan dos.
Hugo no sonrió, pero estuvo cerca.
Entraron en la 402 cinco minutos después: Vera, seguridad, y Hugo.
La suite estaba limpia. Demasiado. Ni sobre, ni carpeta, ni rastro nuevo.
La cama perfecta. El escritorio vacío. La terraza pequeña abierta, con una mesa y dos sillas.
El tipo de habitación que vendía una noche como experiencia y escondía treinta problemas detrás de una puerta de servicio.
Revisé debajo del escritorio.
Nada.
Baño.
Nada.
Armario.
Nada.
Hugo miró el minibar.
—No creo que hayan dejado pruebas entre nueces caras.
—No subestime el precio del absurdo.
Teresa llamó desde fuera.
—¿Podemos?
Vera me miró.
—¿Sí?
Tragué cansancio.
—Sí.
La visita empezó. Teresa entró con dos directivos. Sonrisas medidas. Comentarios sobre luz, distribución, margen por noche, reposicionamiento de producto. La suite 402 se comportó como si no hubiera intentado arruinarles el día. Muy propio de una suite cara.
Entonces una de las directivas abrió la carpeta de bienvenida sobre la mesa.
—¿Esto forma parte del material del hotel?
Giré la cabeza.
La carpeta era negra, con el logo del Hotel Vera en dorado.
No debería contener nada más que una carta, horarios y servicios.
La directiva sacó una hoja.
Supe que algo iba mal antes de verla.
Hugo también.
Teresa cogió la hoja y leyó.
Su cara cambió apenas.
—Señora Roca —dijo—. Creo que esto es suyo.
Me acerqué.
La hoja era una impresión del organigrama interno del hotel.
Su nombre aparecía rodeado en rojo.
Debajo, una frase:
“Eliminar dependencia antes de adquisición.”
Dani, desde la puerta, murmuró algo que no llegaría al informe.
Hugo se colocó al lado mío.
No delante.
Al lado.
Esta vez ella no le pidió que se apartara.