Capítulo 6 · Inés
Mirall Capital llegó veintidós minutos antes de tiempo, que era una forma empresarial de mala educación.
No entraron todos a la vez. Primero dos mujeres con portátil, acreditaciones colgadas al cuello y expresión de quien no desayuna gluten ni improvisación.
Después un hombre con americana clara que preguntó por enchufes antes de decir buenos días.
Luego una pareja que no parecía pareja, sino dos cargos midiendo quién debía caminar medio paso delante.
Finalmente, un grupo de trajes oscuros con maletas de cabina y ojos de haber dormido en el AVE.
Los vi cruzar el vestíbulo desde la puerta del salón y supe, con la precisión de quien ha recibido demasiada gente con prisa, que aquel evento no iba a aceptar ni una arruga.
—Vienen con hambre —dijo Dani a su lado.
—De café o de comprar hoteles.
—Ambas cosas dan miedo.
Hugo estaba a dos metros, hablando con Vera y una mujer de Mirall que acababa de presentarse como Teresa Lladó, directora de operaciones del grupo inversor. Teresa llevaba el pelo corto, una carpeta de piel y una sonrisa de mármol. Miró el salón como si pudiera oír el coste de cada silla.
—Queríamos empezar antes —dijo.
Vera no parpadeó.
—Y nosotros queríamos que lo avisaran antes.
Teresa sonrió apenas.
—Ha sido una decisión de agenda.
—Aquí solemos llamar a eso llegar pronto.
Hugo bajó la vista. No supe si para ocultar una sonrisa o para calcular riesgos. Esperó que fuera lo primero. Le molestó esperar algo.
—El café está listo —intervine—. La sala, también. La pantalla se activará en cinco minutos.
—Necesito comprobarla ahora —dijo el hombre de los enchufes.
—La comprobará con nuestro técnico.
—Traigo el mío.
—Entonces los dos técnicos se conocerán y quizá formen una familia. Pero no tocará nada solo.
Teresa me miró.
—¿Inés?
—Sí.
—He oído hablar de usted.
—Qué pena. Yo intento evitarlo.
Vera le lanzó una mirada leve. No severa. Administrativa.
Teresa no se ofendió. Peor. Pareció interesada.
—Hugo nos dijo que sostenía buena parte de la operativa de eventos.
Miré a Hugo.
—Qué generoso. Casi parece veneno con lazo.
—No era veneno —dijo él.
—Depende de quién lo sirva.
Teresa observó aquel intercambio como si acabara de encontrar una nota al pie útil.
—Bien. Empezamos en diez minutos.
—En quince —dije—. Si quieren café caliente, pantalla revisada y asistentes sentados sin parecer que han entrado en un simulacro.
—Diez.
—Doce.
Vera cerró los ojos un segundo.
Hugo miró a Teresa.
—Doce es razonable.
La directora de operaciones giró hacia él.
—¿Lo es?
—Sí. Llegar antes no hace que el hotel esté obligado a perder control de montaje. Solo aumenta el riesgo de que el grupo vea una transición que no necesita ver.
Teresa valoró la frase.
—Doce.
No dije gracias. Ni a él ni a nadie. Agradecer ciertas ayudas daba pie a que se repitieran sin permiso.
Mirall ocupó el vestíbulo como una mancha de trajes.
El café salió. Los camareros se movieron con ese ritmo rápido y discreto que solo se conseguía cuando Dani amenazaba en voz baja desde una esquina.
Pau no dejó caer nada. Sandra, desde cocina, mandó bandejas con la velocidad de alguien que prefería la guerra frontal al fallo tibio.
Durante diez minutos, todo pareció controlado.
Desconfiaba profundamente de esa sensación.
A las nueve y once, la pantalla falló.
No se apagó del todo. Eso habría sido limpio. Quedó en azul. Un azul corporativo, vacío y humillante, con el cursor parpadeando en una esquina como un insecto.
El técnico de Mirall soltó una palabra en inglés. El técnico del hotel respondió con otra en catalán. Ninguna arregló nada.
Dani apareció a mi lado.
—Pantalla azul.
—Lo veo.
—No lo decía por aportar poesía.
Teresa Lladó ya caminaba hacia ellos.
—¿Qué ocurre?
—Una incidencia técnica menor —dije.
—No hay incidencias técnicas menores cuando hay un comité sentado.
—Entonces una incidencia técnica bien vestida.
Hugo se acercó por el lateral.
—¿Plan B?
—Proyector móvil en sala pequeña. Pantalla auxiliar en almacén. Trece minutos de montaje si nadie pregunta cada treinta segundos.
—¿Se puede trasladar la primera parte a café de pie?
—Sí.
—¿Y retrasar presentación formal?
—Sí, si alguien entretiene a Teresa.
—Me cae mal.
—Perfecto. Eso ayuda.
Hugo me miró.
—¿Quiere que lo haga?
—Quiero que no lo haga peor.
—Objetivo moderado.
Fue hacia Teresa antes de que pudiera decir otra cosa.
No la aduló. No le pidió calma. No usó voz de hombre razonable para tapar el incendio.
Le explicó que el hotel proponía invertir el orden: networking previo, presentación después, sala estabilizada.
Lo dijo como si hubiera sido una decisión estratégica y no un cable probablemente pisado por alguien que merecía oscuridad.
Teresa me escuchó. Me miró. Volvió a Hugo.
—Diez minutos.
—Doce —dijo Hugo.
Casi lo perdona. Por supuesto, no.
Mientras Dani y el técnico movían la pantalla auxiliar, entré en el almacén de eventos para sacar el proyector móvil. Hugo apareció detrás cargando una caja de cables.
—¿Quién le ha autorizado a tocar eso? —pregunté.
—Dani me lo ha tirado en los brazos.
—Eso no es autorización. Eso es desesperación.
—Me adapto.
—No me robe la palabra.
El almacén era un rectángulo estrecho donde el hotel guardaba objetos que no deberían convivir: atriles, carteles, velas eléctricas, extensiones, jarrones, un reno navideño sin una pata, tres cajas de servilletas burdeos y una silla infantil con una pegatina de dinosaurio.
Olía a cartón, polvo y decoración reciclada.
Me agaché para desenchufar una regleta de una maraña imposible.
—La caja gris —dijo—. No la negra. La negra está maldita.
Hugo miró ambas.
—No pone nada.
—Por eso está maldita.
Cogió la gris.
Bien.
No debería haberle gustado que acertara.
El móvil de Hugo volvió a sonar. Él lo silenció sin mirar. Esta vez No pudo evitarlo.
—Su padre insiste.
—Suele hacerlo.
—¿También lo audita?
Hugo cargó la caja sobre una mesa.
—Mi padre no audita. Ordena.
—Ah. De ahí.
—Probablemente.
Levanté la vista. Él no parecía molesto por la observación. Tampoco cómodo. Solo cansado de una forma que no pertenecía al hotel.
—¿Empresa familiar? —pregunté.
—Hotel familiar.
Eso sí la detuve.
—¿Tenía un hotel?
—Mis padres. Pequeño. Costa Brava. Veintiséis habitaciones, desayunos mediocres, clientes que volvían cada agosto porque mi madre recordaba cómo tomaban el café.
Dejé la regleta en el suelo.
—¿Qué pasó?
—Cerró.
La respuesta fue demasiado corta para lo que cargaba.
—Lo siento.
—No lo diga si no quiere.
—No quiero. Pero ha salido.
Hugo miró una caja de velas.
—Mi padre no quiso vender a tiempo. Mi madre no quiso despedir a gente que llevaba veinte años allí. Yo era demasiado joven para decidir y lo bastante arrogante para creer que, si me hubieran escuchado, se habría salvado.
—¿Y se habría salvado?
—No lo sé.
Eso era lo inesperado. Que no dijera sí. Que no convirtiera su trauma de hotel en filosofía de recorte. Habría sabido odiarlo mejor si hubiera usado aquella historia como martillo.
—Por eso mide todo —dije.
—Por eso me cuesta no medir.
—No es lo mismo.
—No.
El almacén se quedó en silencio un segundo. Fuera, Dani gritó que necesitaba el proyector antes de jubilarse.
Cogí la caja.
—No me cuente cosas humanas mientras hay una pantalla azul. Me desordena.
Hugo agarró la otra caja de cables.
—Anotado.
—Sin libreta.
—Sin libreta.
La pantalla auxiliar estuvo lista en once minutos.
No doce. Decidí que eso era victoria suficiente para no asesinar a nadie.
Teresa Lladó no sonrió, pero dejó de mirar el reloj.
Los directivos de Mirall bebieron café, comieron mini cruasanes, preguntaron por la historia del edificio y fingieron que aquel cambio de orden les parecía interesante.
La mayoría de los eventos se salvaban así: no arreglando el fallo, sino consiguiendo que todos fingieran que estaba previsto.
Hugo, en una esquina, observaba sin escribir.
Lo notaba.
No como vigilancia. No exactamente.
Como si estuviera aprendiendo el hotel por debajo del mármol.
A media mañana, cuando la presentación por fin arrancó, escapé dos minutos al office para beber agua. Encontró a Pau allí, pálido, con una bandeja vacía en las manos.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Pau.
—He tirado café encima de una chaqueta.
Cerré los ojos.
—¿De quién?
—No sé. Un señor. Americano. Ha dicho que valía más que mi sueldo.
—Eso tampoco acota.
El chico parecía a punto de vomitar. Demasiado joven. Demasiado fácil de aplastar por un hombre con chaqueta cara.
—¿Dónde está?
—Baño del salón.
Le quité la bandeja.
—Respira. No huyas. Si huyes, pareces culpable y además Dani te encuentra.
Pau tragó saliva.
Hugo apareció en la puerta del office.
—¿Problema?
—Un café ha decidido socializar con una americana.
—¿Necesita...?
—No.
Pau miró a Hugo como si acabara de entrar otro juez.
Hugo me vio. Bajó la voz.
—¿Ha sido café solo o con leche?
Pau parpadeó.
—Solo.
—Mejor. Menos grasa. Agua fría, paño limpio, no frotar. Y si el cliente insiste en humillarte, me avisas.
Lo miré.
—¿Perdón?
—He manchado suficientes americanas de clientes para saber que el primer minuto decide el daño.
Pau se relajó apenas.
—Gracias.
Hugo se quitó la chaqueta y se la tendió al chico.
—Lleva esto al baño y dile que mientras limpiamos la suya puede usar esta si quiere. Probablemente no le gustará. Eso también ayuda.
Pau cogió la chaqueta como si fuera un bebé caro.
—Vale.
Salió.
Me quedé mirando a Hugo.
—Eso ha sido raro.
—¿La chaqueta?
—Usted. Haciendo algo no irritante.
—No se acostumbre.
—No pensaba.
Pero algo se le había movido. No mucho. Lo bastante para molestar.
—En el hotel de mis padres —dijo Hugo—, mi madre tenía una regla. Si alguien del equipo se equivocaba delante de un cliente, primero se le sacaba del foco. Luego se arreglaba. Luego se hablaba. Nunca al revés.
Aparté la vista.
—Su madre caería bien aquí.
—Sí.
—Usted menos.
—También.
Dani apareció de golpe.
—La americana vive. Pau también. Milagro textil. Ah, y Teresa pregunta por la visita a la suite.
Miré hacia el techo.
—Claro.
—¿La 402?
—La 402 está maldita.
Hugo cogió una botella de agua.
—Podemos enseñar la 405.
—La 405 tiene vistas al patio donde el vecino tiende calzoncillos.
—Entonces quizá no.
—No.
Dani carraspeó.
—Hay otra cosa.
Lo miré.
—Dilo rápido, como quitar una tirita.
—El sistema marca la 402 ocupada otra vez.
Hugo dejó la botella sobre la mesa.
Sentí que el día se le ponía de pie delante.
—¿Por quién?
Dani le enseñó la tablet.
Reserva activa.
Una línea nueva.
Huésped: Hugo Marín.
Hora de entrada: 09:36.
Levanté la vista hacia él.
—Dígame que ha sido usted.
Hugo miró la pantalla.
—No.
—Entonces alguien acaba de meterle dentro de la suite equivocada.
—O de meterme a mí en su trampa.
Cerré los ojos.
La suite no estaba equivocada.
La estaban usando.