Capítulo 5 · Inés
Abrí el sobre con unas tijeras pequeñas de manicura que alguien había dejado en el carro de limpieza.
No porque hiciera falta. Porque romperlo con los dedos le parecía conceder demasiada intimidad a la persona que había escrito su apellido.
Dentro había una sola hoja.
Una impresión en blanco y negro de un correo interno del Hotel Vera. No el correo completo. Una captura. Fragmentada. El asunto se leía a medias:
“Re: revisión plantilla eventos / dependencia IR”
Dependencia IR.
No necesité que nadie le explicara las iniciales. La gente cobarde adoraba las iniciales. Permitían hablar de personas como si fueran una pestaña de Excel.
Hugo leyó por encima sin tocar la hoja.
—¿Es real?
—No lo sé.
—¿Reconoce el hilo?
—Reconozco el tipo de cobardía.
La camarera de pisos, una mujer de unos cincuenta con coleta baja y manos rápidas, miró hacia el pasillo.
—¿Llamo a Marta?
—No —dije—. Llamo yo. Gracias, Rosa.
Rosa asintió, pero no se fue.
—Por si sirve de algo, esto no estaba cuando entré con la aspiradora.
La miré.
—¿Cuándo ha sido eso?
—A las ocho menos diez.
Hugo sacó el móvil.
—¿Y quién entró después?
Rosa me miró de arriba abajo.
—¿Usted quién es?
—Hugo Marín. Consultor.
—Ah. De los que miran.
—Intento escuchar también.
Rosa lo estudió un segundo, como si aquello hubiera que comprobarlo con guantes.
—Entró un chico de mantenimiento. Luego la florista a dejar un centro pequeño. Luego un hombre con traje que dijo que venía a comprobar la conexión de la pantalla.
Cerré los ojos.
—No hay pantalla en esta suite.
—Eso pensé yo.
—¿Cómo era?
—Normal.
—Rosa.
—Los hombres con traje se parecen mucho cuando una no tiene ganas de mirarlos.
Hugo casi sonrió. Le lancé una mirada y se le pasó.
—¿Edad? —preguntó él.
—Treinta y muchos. Pelo oscuro. Maletín. O bolsa de portátil. No sé. Hablaba por teléfono y tenía prisa.
—¿Tarjeta? —pregunté.
—Entró con tarjeta. No llamé porque pensé que venía de dirección.
Claro. La frase que explicaba medio mundo: pensé que venía de dirección.
Llamé a Marta.
—Suite 402. Necesito registro de accesos desde las siete y media.
—Dime que has encontrado una botella de cava sin declarar.
—He encontrado otra nota con mi nombre.
Pausa.
—Qué ilusión. Tu club de fans crece.
—Marta.
—Voy.
Colgué y dejé la hoja encima del escritorio.
La suite 402 era excesiva para el mal cuerpo que daba.
Cama king, sofá crema, escritorio oscuro, baño con mármol que fingía no ser práctico y una vista decente sobre patios interiores de Barcelona.
En la mesilla había una tarjeta de bienvenida del hotel, esa clase de cartulina que decía “nos alegra recibirle” a personas que luego pedían seis almohadas y hielo a las tres de la mañana.
Hugo caminó hasta la ventana.
—¿Esta suite se iba a enseñar en la visita?
—Sí.
—Entonces dejar el sobre aquí garantiza que usted lo encuentre antes del recorrido.
—O que lo encuentre un directivo de Mirall y pregunte por qué la responsable de eventos tiene mensajes anónimos en una suite corporativa.
—Ambas opciones sirven para cuestionarla.
Recogí la hoja con dos dedos.
—Me están usando como explicación antes de que ocurra el problema.
—Sí.
—Fantástico. Siempre quise ser narrativa.
Hugo me miró.
—No parece asustada.
—Estoy demasiado ocupada para elegir emoción.
—Eso no significa que no lo esté.
—No me psicoanalice. No hay presupuesto.
Marta llegó con Vera dos minutos después. Vera llevaba la misma calma seca con la que había sobrevivido a bodas, políticos, reseñas injustas y parejas que pedían decoración romántica para habitaciones donde iban a discutir. Pero cuando leyó la hoja, algo se le tensó alrededor de la boca.
—Esto salió de un hilo real —dijo.
Sentí que la frase le entraba en el estómago.
—¿Perdón?
—No este documento. El hilo sí. Recuerdo la reunión.
—¿Qué reunión?
Vera dobló la hoja y la dejó sobre el escritorio.
—Una revisión interna de estructura. Hace dos meses. Dirección, recursos humanos, operaciones. Se habló de procesos demasiado dependientes de personas concretas.
—Personas concretas con iniciales.
—No fue así.
—Estoy leyendo IR, Vera.
—Porque alguien ha cortado el correo para que leas eso.
Miré hacia la ventana. El patio interior al otro lado del cristal tenía ropa tendida, un aparato de aire acondicionado y una planta medio muerta. Mucho más honesto que la suite.
—¿Y en la reunión qué dijisteis? ¿Que Inés es útil hasta que incomoda? ¿Que mejor poner un sistema donde ahora hay una persona con ojeras?
Vera no suavizó la voz.
—Dijimos que el hotel no podía depender de que tú recordaras de memoria qué invitado era alérgico al pistacho, qué proveedor siempre llega tarde y qué madre de novia necesita agua con gas antes de morder a alguien.
—Eso se llama hacer bien mi trabajo.
—Eso se llama hacer el trabajo de tres personas y luego enfadarte porque nadie sabe cómo ayudarte.
La frase cayó limpia.
Dolió porque no venía de Hugo.
Hugo, por una vez, no dijo nada. Bien. No habría soportado que el consultor acertara también en ese silencio.
Marta revisó el lector portátil que llevaba en la mano.
—La suite registra entrada a las 7:52 con tarjeta de mantenimiento. Entrada a las 8:11 con tarjeta de personal externo temporal. Entrada a las 8:24 con duplicado de Inés.
—No he entrado aquí a las ocho veinticuatro —dije.
—Lo sé. Estabas gritándole al proveedor de café con testigos suficientes para absolverte de un delito menor.
—Gracias.
—De nada.
Hugo se acercó al escritorio.
—¿Tarjeta de personal externo temporal a nombre de quién?
Marta deslizó el dedo.
—Servicios audiovisuales. Empresa: TecnoSom.
Fruncí el ceño.
—No contratamos TecnoSom.
—El evento de Mirall trae técnicos propios —dijo Vera.
Hugo me miró.
—El hombre con traje.
—Probablemente.
—¿Quién autorizó entrada de técnicos externos?
Cogí su tablet y abrí la carpeta de producción del evento.
—Mirall envió una lista ayer. Tres nombres. Empresa Mirall Events. Ninguna TecnoSom.
Marta levantó la vista.
—Entonces alguien creó un perfil temporal falso.
—Desde dónde —preguntó Vera.
Marta no respondió enseguida. Tecleó. El silencio se volvió caro.
—Desde terminal de eventos.
Sentí que todos la miraban antes de que lo hicieran.
Terminal de eventos.
Su zona.
Su equipo.
Su contraseña si alguien había usado la sesión abierta. Su responsabilidad aunque no fuera su mano.
Hugo habló antes de que pudiera quemarse sola.
—¿El terminal de eventos queda bloqueado con usuario activo cuando alguien se aparta?
Marta negó.
—A veces no. Es antiguo.
—¿Quién más lo usa?
—Dani. Inés. Auxiliares. Proveedores si alguien les deja revisar escaletas.
—No deberían.
—Gracias por venir de fuera a descubrir el agua tibia —dije.
Hugo aceptó el golpe.
Vera cogió la hoja.
—Marta, copia de registros. Sin circular nada. Yo hablo con seguridad. Inés, tú no tocas más accesos hoy.
—¿Qué?
—No emites tarjetas. No modificas reservas. No autorizas externos sola. Todo con Marta o conmigo.
—Eso es exactamente lo que quien ha hecho esto quiere.
—No. Quien ha hecho esto quiere que parezca que no tomamos medidas.
Apreté la tablet contra el cuerpo.
—Si mi equipo ve que de pronto no puedo tocar accesos, lo van a entender.
—Que lo entiendan como procedimiento especial por evento corporativo.
—Mentira con zapatos buenos —dijo Hugo, casi en voz baja.
Lo miré.
—No use nuestras frases.
—Perdón.
Marta, que en condiciones normales habría disfrutado aquel intercambio, no dijo nada. Eso me preocupó más que la tarjeta.
Bajaron juntos a la planta de servicio. Hugo se quedó conmigo porque Vera lo ordenó con una mirada, no porque yo lo aceptara.
El hotel, por la mañana, tenía una crueldad distinta.
La luz natural entraba por ventanas que de noche parecían decorativas y ahora revelaban marcas en el suelo, copas mal aclaradas, cables pegados con cinta negra, flores con agua turbia y bandejas de desayuno esperando que alguien les diera sentido.
En el office, Dani discutía con un proveedor de café.
—No, Carles, descafeinado no es “café para gente sin compromiso vital”. Es una opción. Trae más.
Pasé junto a él.
—Dani.
—Dime que hay café de verdad y no otra emergencia.
—Los técnicos externos solo entran con identificación validada por Marta. Nadie deja terminales abiertos. Nadie presta tarjetas. Nadie dice “viene de dirección” si no ve a dirección físicamente delante.
Dani miró a Hugo.
—¿Hemos subido de paranoia o de categoría?
—Ambas —dije.
—Genial. Lo pondré en el briefing.
Hugo me siguió hacia el salón principal. No con libreta. Sin tomar notas visibles. Había obedecido esa parte. Decidí no valorarlo en voz alta. Los hombres no necesitaban premio por no hacer lo que una les había pedido que no hicieran.
El salón estaba a medio montar para Mirall Capital.
Mesas altas con manteles negros, pantalla al fondo, atril, bandejas de café, botellines de agua alineados como soldados baratos.
La boda de Marcela y Biel ya había desaparecido casi del todo.
Quedaban dos pétalos secos bajo una mesa y una cinta de organza enganchada en una silla plegable. El hotel borraba vidas con eficiencia.
Hugo se detuvo en la entrada.
—Anoche aquí había una boda.
—Y dentro de cuatro horas parecerá que nunca ocurrió.
—Eso es triste.
Me volví hacia él.
—No esperaba esa frase de usted.
—¿Por qué?
—Porque la tristeza no suele salir en auditorías.
Hugo miró el salón.
—Sale. Solo que la llaman pérdida de identidad de marca.
Lo estudié un segundo.
—Casi me da pena.
—No se esfuerce.
—No iba a hacerlo mucho.
Un camarero joven se acercó con dos cajas de tazas.
—Inés, ¿dónde dejo esto?
—Mesa de apoyo izquierda. No junto a la pantalla. Los de traje apoyan vasos donde no deben y luego culpan al cable.
—Vale.
El chico pasó junto a Hugo, nervioso.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Hugo.
Cuando se alejó, Hablé sin mirarlo.
—Ese es Pau. Lleva dos semanas. Se le caen cosas cuando alguien con chaqueta lo mira. No lo mire mucho.
—De acuerdo.
—Esa es Sandra, de cocina. Si le dice que reduzca coste, le clavará un cuchillo de pelar. Aconsejo no empezar por ella.
—Apuntado mentalmente.
—Dani parece gracioso. No lo use para suavizar reuniones. Odia que lo conviertan en payaso funcional.
—También apuntado.
—Marta lo sabe todo y se ofende si alguien cree que no.
—Eso ya lo había deducido.
—Vera no grita. Si baja la voz, huya.
Hugo me miró con una atención que no era de informe.
—¿Y usted?
—Yo muerdo.
—Eso también lo había deducido.
—Bien. Así ahorramos tiempo.
El móvil de Hugo sonó. Miró la pantalla y no contestó.
Lo vi.
—¿Problema?
—Mi padre.
No esperaba eso. No el padre. No aquel gesto mínimo de cansancio que le cruzó la cara antes de guardar el teléfono.
—¿No contesta?
—No.
—Qué rebelión más discreta.
Hugo metió el móvil en el bolsillo.
—Mi padre considera que una llamada no contestada es una declaración de guerra.
—Entonces debería mandarle un email con copia a recursos humanos.
Esta vez él sí sonrió. Poco. Mal escondido. Le cambié la cara lo justo para volverla inconveniente.
—Lo pensaré.
A mí me molestó notar aquello. La sonrisa. La posibilidad de que Hugo Marín no fuera solo una libreta con zapatos caros. La posibilidad de que debajo del traje hubiera algo más que criterio de recorte y familia con miedo al cierre.
No le convenía.
Por suerte, el Hotel Vera odiaba los momentos largos.
El walkie de Dani sonó con un chirrido.
—Inés, tenemos a Mirall entrando por puerta principal en diez minutos.
—Faltan treinta.
—Ya. También faltaban flores y mira qué bien.
Cerré los ojos.
—Recibidos.
Miró a Hugo.
—Bienvenido al hotel por dentro.
—No parece preparado.
—Nunca lo está. Solo parece.
—¿Y si algo falla?
Cogí una bandeja mal colocada y la enderezó con un golpe seco.
—Entonces alguien sonríe delante y alguien sangra por detrás.
Hugo no respondió.
Pero lo seguí cuando él empezó a caminar.
Y, por una vez desde que lo había visto aparecer con su libreta, no tuve claro si eso empeoraba el problema o lo hacía más soportable.