LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 4 · Inés
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Capítulo 4 · Inés

La palabra operativa, en boca de Hugo Marín, tenía la misma capacidad de irritar que una etiqueta mal pegada en una copa de cava.

Lo comprobé cinco minutos después, encerrada en el despacho de Vera con una bolsa que no era de nadie, una tarjeta duplicada a su nombre y un consultor externo que acababa de decidir que aquello ya no era una auditoría.

—Necesito bloquear accesos —dijo Hugo.

No pidió permiso. No gritó. No hizo teatro. Solo lo dije, limpio, como si el Hotel Vera fuera una hoja de cálculo con lámparas caras.

Me volví hacia él.

—No necesita nada. Puede proponer.

—Propongo bloquear accesos.

—Qué diferencia más conmovedora.

Marta seguía delante del ordenador, con los dedos quietos sobre el teclado.

Eso, en ella, era mala señal. Marta tecleaba incluso cuando pensaba, incluso cuando odiaba, incluso cuando alguien le pedía una habitación con vistas al mar desde el Eixample.

Si no tecleaba, el problema había dejado de ser administrativo y empezaba a oler a despido.

Vera sostenía la tarjeta duplicada entre dos dedos.

—Marta.

—Estoy revisando el registro.

—Más rápido.

—Si pudiera hacerlo con los ojos, ya estaría hecho.

Hugo no se movió. La carpeta azul seguía cerrada sobre la mesa, con aquella frase escrita en el margen como una mancha que no se quitaba.

“Roca es el punto débil. Demasiado control informal.”

La había leído tres veces. No porque necesitara entenderla. Porque cada lectura le daba una excusa distinta para no decir nada. Punto débil. Control informal. Como si las doce horas que llevaba apagando incendios ajenos pudieran resumirse en una línea con bolígrafo caro.

—La tarjeta se emitió desde terminal de recepción —dijo Marta al fin.

Vera levantó la vista.

—¿Desde mi recepción?

—Desde el terminal dos.

—El dos estuvo bloqueado anoche —dije—. Lo bloqueaste tú porque se colgaba al cargar extras.

Marta asintió, pálida.

—Sí.

Hugo se acercó un paso a la pantalla.

—¿Quién tenía acceso?

—Todo el personal de recepción con clave. Dirección. Eventos. Seguridad si hay incidencias nocturnas.

—¿Y tú? —preguntó él a Inés.

Lo miré.

—¿Perdón?

—¿Tu usuario puede emitir duplicados?

—Mi usuario puede resolver desastres que no le corresponden. También puede emitir duplicados si recepción está saturada. Eso no significa que haya clonado mi propia tarjeta para montar una película de espías cutre.

—No he dicho eso.

—Lo has pensado con el tono.

—Mi tono no tiene jurisdicción.

—Qué pena. Habría pruebas.

Vera dejó la tarjeta en una bolsa transparente que Marta había sacado del cajón de objetos perdidos. En el Hotel Vera todo terminaba en bolsas transparentes: pendientes, cargadores, gafas de sol, llaves, alianzas olvidadas antes de tiempo. Ahora también una trampa con mi nombre.

—Hugo —dijo Vera—, explique qué está pasando sin convertirlo en una reunión de consejo.

Él cerró la libreta.

—Alguien ha entrado en el hotel usando un bloque de evento.

Alguien ha movido una reserva o ha creado una ocupación falsa en la suite 402.

Alguien ha emitido una tarjeta de personal a nombre de Inés para que parezca que ella facilitó el acceso.

Y alguien ha dejado una carpeta donde su nombre aparece como punto débil del sistema.

—Lo de punto débil se lo puede ahorrar —dije.

—No, no puedo.

—Claro que puede. Es gratis.

—No si quieren entender por qué la han elegido.

La frase la frenó.

No por amable. Por útil. Qué rabia daban las cosas útiles cuando venían de una persona que una quería mandar al parking.

—La eligieron porque concentra decisiones que no pasan por protocolo —continuó Hugo—. Si algo sale bien, nadie pregunta. Si algo falla, todos pueden decir que Inés lo decidió informalmente. Eso la vuelve indispensable y atacable.

Marta murmuró:

—Precioso. Ahora somos un organigrama con cuchillos.

—Más o menos —dijo Hugo.

Vera cruzó los brazos.

—Entonces alguien de dentro conoce muy bien cómo trabajamos.

—Sí.

Miré la bolsa. La carpeta. La tarjeta. La mesa. Le dolían los pies, la espalda, la cabeza y una parte del orgullo que no tenía localización anatómica precisa.

—No puedo quedarme aquí —dijo.

Vera me miró.

—Inés.

—Hay un evento corporativo montándose abajo, una suite bloqueada, personal preguntando por órdenes que nadie les ha dado y un consultor diciendo que mi forma de trabajar es un problema con tacones. Si me quedo mirando una tarjeta en una bolsa, el hotel se cae de verdad.

Hugo abrió la boca.

Le señalé con un dedo.

—Y usted no diga que no estoy sola. Ya ha gastado esa frase.

—No iba a decir eso.

—¿Qué iba a decir?

—Que si baja ahora sin cambiar nada, quien ha hecho esto sabrá que la trampa funciona.

Me quedé quieta.

Marta miró a Hugo con una mezcla de irritación y respeto. Vera no cambió la cara, pero sus ojos sí. Eso significaba que Hugo acababa de acertar en algo que no apetecía.

—¿Qué propone? —preguntó Vera.

—Simular normalidad. Bloquear discretamente accesos de personal. Registrar movimientos desde anoche. No acusar a nadie. No comentar la tarjeta fuera de este despacho. Y que Inés siga trabajando, pero con alguien revisando cada entrada y cada orden que salga con su nombre.

—¿Alguien? —dije.

Hugo sostuvo mi mirada.

—Yo.

Solté una risa corta.

—Ni muerta.

—Eso también llamaría la atención.

—Vera.

—Tiene sentido —dijo la directora.

—No.

—Inés.

—He dicho que no.

—Y yo he oído que no, pero sigo teniendo un hotel, un grupo inversor en camino y una tarjeta falsa con tu nombre. Así que tu no entra en observaciones, no en decisiones.

Marta bajó la vista a la pantalla para no mirarme. Cobarde con teclado, pero cobarde práctica.

Tragué el cansancio.

—Si me sigue por el hotel con esa libreta, el personal se va a poner nervioso.

—No usaré libreta —dijo Hugo.

—Ese no era el centro de la queja.

—Lo sé.

—Y no dará órdenes a mi equipo.

—No.

—Y no corregirá procesos delante de camareros que llevan desde las seis cargando mesas.

—No.

—Y si dice “operativo” más de tres veces, le tiro al office.

—De acuerdo.

Vera cogió la carpeta azul y la guardó en el cajón superior de su mesa. Lo cerró con llave.

—Marta, registro de accesos. Hugo, con Inés. Inés, respira antes de morder a alguien que todavía nos sirve para algo.

—Qué bonito liderazgo humano.

—No me pagan por bonito.

Salieron del despacho en fila. Primero Marta hacia recepción. Luego Vera hacia dirección. Hugo y yo quedamos en el pasillo de servicio, frente a una pila de manteles limpios que alguien había colocado mal. Corregí la pila con una mano. No pudo evitarlo.

Hugo me vio.

—No voy a comentar eso.

—Acaba de comentarlo con la cara.

—Mi cara empieza a ser un problema jurídico.

—Al menos lo reconoce.

Caminaron hacia la escalera de servicio. Abajo, el Hotel Vera ya sonaba a otro tipo de desastre. Menos boda. Más empresa. Rodaban carros, pitaban móviles, alguien discutía con cocina por bandejas de café, y el eco de la celebración de Marcela y Biel seguía pegado a las paredes como purpurina cara.

—Necesito entender el evento de hoy —dijo Hugo.

—No, necesita no estorbarlo.

—También.

—Evento corporativo de Mirall Capital. Presentación interna de nuevos activos hoteleros, café de bienvenida, reunión en salón pequeño, almuerzo de pie, visita a suites, cierre con copa en terraza.

Ochenta personas. Noventa y tres si cuentan los que no confirman hasta que están dentro.

Necesitan que todo parezca fluido, caro y silencioso.

—¿Y no lo es?

Abrí la puerta de la escalera.

—Nada fluido es silencioso. Alguien lo empuja desde detrás.

Bajaron dos plantas. Hugo no habló. Eso casi le pareció una inteligencia superior.

En la planta de eventos, Dani estaba agachado junto a una mesa, peleándose con un faldón negro que no quería quedar recto.

—¿Ya tenemos cadáver? —preguntó al verlos.

—Todavía no —dije—. Pero estamos reclutando.

Dani miró a Hugo.

—Usted tiene cara de voluntario.

—Solo de auditor.

—Peor final.

Señalé el salón.

—Café de bienvenida en cuarenta minutos. ¿Camareros?

—Seis confirmados, uno con gastroenteritis moral y otro que ha dicho “estoy llegando” desde Badalona, así que muerto.

—Cubre con dos de banquetes y pide a cocina que no saque todo el dulce a la vez.

—¿Porque se seca?

—Porque los de Mirall tienen cara de arrasar croissants mientras hablan de eficiencia.

Hugo se detuvo.

—Eso no está en ningún briefing.

—Por eso trabajo aquí.

Él me miró. No con burla. Con atención. Noté el gesto y lo aparté mentalmente como se aparta una copa vacía de una mesa: rápido, sin pensar.

El walkie de Dani escupió ruido.

—Inés —dijo una voz—, suite 402 lista para revisión.

La suite equivocada.

Miré a Hugo.

—Usted quería datos.

—Sí.

—Pues subimos.

—¿Los dos?

—No se emocione. Si alguien quiere usar mi nombre, prefiero que tenga público.

Subieron por el ascensor de servicio. No era bonito. Era de acero, olía a productos de limpieza y tenía una esquina abollada por años de carros empujados con mala leche. Mucho mejor que los ascensores de huéspedes. Más honesto.

Hugo se colocó a un lado, dejando espacio. Miré el panel de botones para no notar que el espacio seguía siendo pequeño.

—Antes ha dicho que no estaba sola —dije.

—Y usted dijo que no hiciera frases de héroe.

—Sigo pensando lo mismo.

—No era heroísmo. Era responsabilidad compartida.

—Qué sexy todo.

Hugo giró la cabeza.

Me arrepentí tarde.

El ascensor se detuvo con un golpe seco.

No llegó a la cuarta planta.

Las luces parpadearon una vez.

Luego otra.

Cerré los ojos.

—No.

Hugo miró el panel.

—¿Esto pasa a menudo?

—No si el hotel tiene miedo de mí.

El ascensor no se movió.

El interfono crujió. Una voz de mantenimiento sonó lejos.

—¿Inés?

—Dime que estás llamando para felicitarme.

—Tenemos una parada de seguridad. Dos minutos.

—Dos minutos de hotel son quince de vida real.

—Estoy en ello.

El interfono se cortó.

Apoyé la espalda en la pared de acero. Hugo estaba a menos de un metro. Demasiado correcto. Demasiado quieto. Demasiado bien vestido para un ascensor de servicio con olor a lejía.

—No diga nada —pedí.

—No iba a hacerlo.

—Su silencio también audita.

—Puedo mirar al suelo.

—Hágalo.

Él miró al suelo.

Aquello, de forma absurda, no ayudó.

El ascensor dio otro tirón. Perdí apenas el equilibrio. Hugo levantó una mano por reflejo, pero no llegó a tocarla.

Me detuve en el aire.

Miré mi mano.

—Bien —dijo.

—¿Bien?

—Ha aprendido a no tocar sin permiso. Punto para la consultoría.

Hugo bajó la mano.

—Intento no empeorar el día.

—Va con retraso.

—Lo sé.

La luz parpadeó otra vez. El ascensor seguía sin moverse. Desde algún punto del hueco llegó un ruido metálico, un golpe y una voz que juraba en catalán.

Solté el aire.

—Maravilloso. El hotel también quiere participar en la auditoría.

Hugo se apoyó en la pared contraria.

—Quizá deberíamos aprovechar.

—¿Perdón?

—Estamos encerrados y usted no puede salir corriendo a arreglar nada durante dos minutos.

Lo miré.

—Eso ha sonado a amenaza terapéutica.

—Era una pregunta.

—No había interrogación.

—Entonces la añado. ¿Quién más sabe que usted usa accesos de recepción?

—Todo el mundo.

—¿Quién lo desaprueba?

—Todo el mundo cuando algo falla. Nadie cuando hay que resolverlo.

—¿Y quién saldría ganando si el grupo inversor decide que el problema del Hotel Vera es la dependencia de una sola persona?

No contesté.

Porque esa pregunta sí tenía dientes.

El ascensor volvió a moverse antes de que pudiera elegir una mentira.

Llegaron a la cuarta planta.

Las puertas se abrieron.

La suite 402 estaba al fondo del pasillo, con la puerta entornada y una camarera de pisos esperándolos con cara de no haber cobrado suficiente para aquel capítulo.

Salí primero.

Hugo me siguió.

La camarera señaló la habitación.

—Está limpia. Pero hay una cosa.

Sentí que el cansancio le bajaba a los tobillos.

—Defina cosa.

—Alguien ha dejado esto debajo del escritorio.

Le enseñó un sobre blanco.

Sin nombre.

Solo una palabra escrita a mano.

“Roca.”

Hugo se acercó.

No cogí el sobre.

Todavía no.

Miró a la suite, luego al pasillo, luego al hombre que no debería estar allí y que, por alguna razón irritante, parecía entender que yo necesitaba tres segundos antes de que el mundo volviera a pedirle algo.

—Ahora sí —dijo—. Esto empieza a tocarme las narices.