Capítulo 3 · Inés #2
—No venga a venderme protección en formato auditoría —dijo.
—No se la vendo. Le digo que, si su trabajo es invisible, otros decidirán que sobra.
—Mi trabajo no es invisible.
—Ayer, para muchos invitados, sí. Para el margen del hotel, también.
—Eso no significa que no exista.
—No. Significa que alguien tiene que traducirlo antes de que lo reduzcan a coste.
No contesté.
Porque había contestaciones que solo servían para no escuchar una verdad.
Vera cerró la carpeta.
—Seguimos con el evento. Después hablamos los tres.
—No —dije—. Después hablo yo con quien corresponda. No en grupo de hombres con libreta y dirección.
Vera levantó una ceja.
—Yo no soy un hombre con libreta.
—Hoy todo el mundo con poder me cae en bloque.
Dani murmuró:
—Eso incluye a la cafetera.
—Especialmente.
El móvil de Marta sonó desde la entrada. La jefa de recepción asomó la cabeza.
—Tenemos otro problema.
Me tapé la cara con una mano.
—No.
—La huésped recolocada de la 402 ha dejado una bolsa en la suite.
Hugo miró hacia la puerta.
—¿Qué tipo de bolsa?
Marta levantó una bolsa de tela color negro.
—Esta.
La reconocí. Era de Irene Valcárcel, la huésped que no quería ser encontrada.
—¿La has abierto?
—No. Pero pesa. Y su móvil sigue apagado.
Vera extendió la mano.
—Almacén seguro.
—Espera —dijo Hugo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Si esa huésped estaba en una suite bloqueada por error y dejó una bolsa, puede no ser casual.
—O puede ser una mujer cansada que ha cambiado de habitación deprisa porque yo la amenacé con ética defectuosa.
Hugo observó la bolsa.
—¿Qué empresa aparecía en su reserva?
Marta consultó la tablet.
—Valcárcel Estrategia Patrimonial.
Vera se quedó inmóvil.
Noté el cambio.
—¿Qué pasa?
Hugo respondió antes que Vera.
—Esa empresa trabaja para el grupo inversor.
El silencio fue breve y desagradable.
Miré la bolsa. Luego la carpeta. Luego a Hugo.
—Fantástico —dijo—. La suite equivocada venía con documentación corporativa, una huésped desaparecida y una auditoría que empieza oliendo a trampa.
Hugo cerró la libreta.
—Necesito ver esa bolsa.
—Y yo necesito que nadie toque nada hasta que Vera decida si esto es hotelería, política interna o ganas de arruinarme el día.
Vera cogió la bolsa de manos de Marta.
—Despacho. Ahora.
Hugo dio un paso.
También.
Sus hombros se rozaron.
Fue mínimo. Un accidente de puerta, bolsa y prisa.
Aun así, Lo noté.
Lo noté y eso me molestó más que la carpeta, más que el informe, más que la palabra adaptabilidad escrita junto a mi nombre.
Hugo también lo noté.
No dijo nada.
Peor.
Cuando llegaron al despacho, Vera dejó la bolsa sobre la mesa y miró a los dos.
—Antes de abrir esto, una cosa clara: nadie de fuera del hotel toma decisiones sobre mi equipo sin pasar por mí.
Crucé los brazos.
—Me encanta cuando la dictadura eficiente se pone sentimental.
—No abuses.
Hugo miró la bolsa.
—Si la empresa de Irene Valcárcel trabaja para el grupo inversor, quizá no estaba aquí por error.
—Entonces ¿por qué usar una reserva distinta? —preguntó Marta.
—Para entrar sin constar en el bloque oficial —dijo Hugo.
Se me escapó una risa breve.
—Y yo preocupada porque su suite no estaba lista. Qué detalle. El hotel infiltrando gente antes de infiltrarse oficialmente.
Vera abrió la bolsa.
Dentro había un portátil pequeño, un cargador, una carpeta azul y una tarjeta de acceso del Hotel Vera que no pertenecía a ninguna habitación de huésped.
Marta se inclinó.
—Esa tarjeta es de personal.
Sentí que el día, que ya venía torcido, acababa de sentarse encima de ella.
Vera cogió la tarjeta entre dos dedos.
—¿De quién?
Marta la pasó por el lector del ordenador.
La pantalla tardó dos segundos.
Nombre asociado: INÉS ROCA.
El despacho se quedó sin aire útil.
Hugo me miró.
No con sospecha.
Con alerta.
Eso fue lo único que evitó que le gritara.
—Esa tarjeta no es mía —dijo.
Vera levantó la vista.
—Lo sé.
Marta tecleó rápido, la cara más pálida.
—El sistema registra un duplicado emitido anoche a las 23:18.
—Yo estaba en la cena —dije.
—Y yo en recepción —añadió Marta—. No emití nada.
Hugo habló bajo.
—Alguien creó una tarjeta con tu nombre para mover a Irene o acceder a zonas internas.
Miré la pantalla.
Su nombre allí, limpio, administrativo, colocado en una trampa.
Sintió rabia.
No miedo.
Rabia primero.
Miedo después, quizá, cuando tuviera tiempo.
Cogió la carpeta azul de la bolsa antes de que nadie la detuviera.
La abrí.
Dentro había un plano de la planta de eventos del Hotel Vera, varias anotaciones sobre flujos de personal y una frase escrita a mano en el margen:
“Roca es el punto débil. Demasiado control informal.”
Leí la frase una vez.
Luego otra.
Después cerró la carpeta con cuidado.
Demasiado cuidado.
—Se acabó —dijo.
Vera dio un paso hacia ella.
—Inés.
—No. Si quieren auditarme, perfecto. Si quieren medir costes, adelante. Si quieren decir que soy cara, intensa o poco adaptable, que cojan número. Pero si alguien ha usado mi nombre para entrar en zonas internas, esto ya no es una auditoría.
Hugo me miró con una seriedad distinta.
—No.
—¿No qué?
—No estás sola en esto.
Se me escapó una risa que no llegó a ninguna parte.
—No me haga frases de héroe. Las cobro aparte.
—No era una frase de héroe.
—¿Entonces?
Hugo guardó la libreta en el bolsillo interior de la chaqueta.
—Era una decisión operativa.
Lo miré.
Y, contra todo pronóstico, no encontró una respuesta inmediata.
Eso fue imperdonable.