LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 3 · Inés
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Capítulo 3 · Inés

No abrí la carpeta delante de Hugo.

Tampoco la tiré a la basura, que fue su primera idea sensata.

La cerré, la metí bajo la tablet y caminé hacia el despacho pequeño de recepción con la espalda tan recta que Dani, al verme pasar, se apartó sin decir una sola estupidez. Eso indicaba que mi cara estaba peor de lo habitual.

Marta entró detrás de ella. Hugo también intentó hacerlo.

Me giré en la puerta.

—Usted no.

Hugo se detuvo.

—He encontrado la carpeta en mi suite.

—Y yo he encontrado proveedores llorando en cámaras de frío. No por eso entran en mis reuniones.

—Si el documento afecta a la auditoría, necesito saberlo.

—Si el documento afecta a mi puesto, necesito respirar diez segundos sin usted midiendo el oxígeno.

Marta, desde dentro, murmuró:

—Eso ha sido casi poético. Peligroso.

Hugo no se movió. Esperaba insistencia. Algo sobre transparencia, proceso, acceso a información. En lugar de eso, asintió.

—Diez minutos.

—No he pedido permiso.

—No se lo he dado. Se los he concedido al documento.

Cerré la puerta en mi cara.

Luego se quedó mirando la madera cerrada.

—Lo odio —dijo.

Marta se apoyó en el escritorio.

—Todavía no.

—No me contradigas en mis emociones preventivas.

—Es observación. Te molesta porque no ha intentado entrar.

—Me molesta porque existe con libreta.

Dejó la carpeta sobre la mesa. El despacho olía a papel caliente, impresora vieja y caramelos de cortesía. El peor sitio posible para recibir una amenaza laboral. Aunque quizá no había sitios buenos. Una amenaza laboral en una playa seguiría teniendo mal gusto.

Abrió la carpeta.

La hoja no era larga. Eso la hacía más desagradable. Las cosas realmente peligrosas no necesitaban muchas páginas. Dos párrafos, una tabla pequeña, tres nombres, un apartado de “estructura futura recomendada”.

Vera Soler.

Hugo Marín.

Yo.

Y aquella línea otra vez:

“Evaluar continuidad de responsable de eventos en función de adaptabilidad a nuevo modelo.”

Marta leyó por encima de su hombro y soltó una palabra seca.

—Eso no estaba en el briefing oficial.

—No.

—¿Vera lo sabe?

No contesté enseguida. La respuesta fácil era sí. Vera lo sabía todo. Vera olía los problemas antes de que firmaran reserva. Pero había diferencias entre saber que una auditoría iba a medir costes y saber que alguien había puesto mi nombre en una hoja junto a la palabra continuidad.

—No sé —dijo al fin.

Marta me miró.

—Eso te ha costado.

—Muchísimo.

—¿Quieres que la llame?

Cerré la carpeta.

—No.

—Inés.

—Si la llamas ahora, entro en esto como víctima. No quiero.

—No eres víctima por preguntar si tu puesto está en una hoja que no debería estar en una suite.

—No me des lógica mientras estoy intentando construir rabia.

Marta cruzó los brazos.

—¿Entonces?

—Entonces hago mi trabajo. Preparo el evento. Veo qué quiere Hugo. Veo qué sabe Vera. Y luego decido a quién le rompo la cara profesionalmente.

Marta asintió.

—Ese plan me gusta más.

Mi móvil vibró.

Vera: “Sala Atlántico en quince. Hugo quiere revisar montaje. Yo bajo en veinte. No lo muerdas antes.”

Miré el mensaje.

—Vera lo sabe.

—¿Que muerdes?

—Todo.

Guardó la carpeta en su bolso. No era el sitio adecuado, pero en el Hotel Vera los sitios adecuados estaban ocupados por problemas previos. Salió del despacho.

Hugo seguía en el pasillo, a la distancia exacta de una persona que había esperado sin parecer que vigilaba. Libreta en mano. Chaqueta impecable. Paciencia irritante.

—Han sido ocho minutos —dijo.

—Entonces le regalo dos.

—¿Está bien?

Sonreí con una sequedad que habría podido cortar una cinta inaugural.

—Qué pregunta tan poco rentable.

—No todo lo que pregunto busca rentabilidad.

—Eso en su boca suena a campaña.

—En la suya, todo suena a defensa.

El golpe fue limpio. No fuerte. Limpio.

Sostuve su mirada.

—Venga conmigo.

—¿A dónde?

—A ver la sala. Ha venido a auditar, ¿no? Audite. Pero si escribe una sola frase sobre mi adaptabilidad antes de verme trabajar, le meto la libreta en el centro floral.

Hugo no preguntó cómo sabía lo de adaptabilidad.

Eso confirmó que el documento no le era completamente ajeno.

La Sala Atlántico estaba en la planta baja, al fondo del pasillo principal, detrás de unas puertas correderas que funcionaban cuando querían y se atascaban cuando había un cliente importante delante.

Era una sala mediana, con luz natural lateral, paneles móviles, alfombra oscura y un techo con focos regulables.

Esa tarde debía acoger una presentación discreta: treinta personas, grupo inversor, catering de pie, pantalla, mesa de bienvenida, dos zonas de conversación y una cena privada posterior en la terraza cubierta.

En teoría, sencillo.

En la práctica, nada con inversores era sencillo. Venían a mirar, no a disfrutar. Miraban la altura de las cortinas, la rapidez del café, el gesto del personal al retirar una copa, la temperatura del vino y la cantidad exacta de personas trabajando para que nadie notara que trabajaban.

Dani estaba dentro con dos camareros, recolocando sillas.

—No —dije al entrar.

Dani levantó las manos.

—Todavía no he hecho nada.

—Las filas no. Mesa U abierta.

—El plano decía teatro.

—El plano lo hizo alguien que cree que escuchar una presentación durante cuarenta minutos en fila recta genera confianza. Queremos conversación. U abierta, dos apoyos laterales, agua sin gas a la derecha, café fuera para que se levanten y circulen.

Hugo observó sin escribir.

Eso me dejó menos sitio para defenderme.

—¿Por qué no seguir el plano? —preguntó.

—Porque el plano vende obediencia y el evento necesita parecer decisión.

—Explíquese.

—Si los sientas en teatro, miran una pantalla. Si los pones en U, se miran entre ellos. El grupo inversor no viene solo a oír cifras. Viene a comprobar quién manda, quién calla y quién necesita impresionar. La sala tiene que obligarles a verse sin que parezca terapia.

Dani miró a Hugo.

—Cuando está así, da miedo pero suele tener razón.

—Estoy tomando nota —dijo Hugo.

—No tome demasiada. Se nos sube.

Señalé la pantalla.

—Más baja.

Un camarero la bajó.

—No tanto. No estamos vendiendo seguros funerarios.

La subió.

—Ahí.

Hugo se acercó a la mesa de apoyo.

—¿Por qué café fuera y no dentro?

—Porque dentro huele. Porque el café del hotel es malo y caliente, una combinación que conviene alejar de decisiones millonarias.

Porque al salir, dos personas que no pensaban hablar acaban hablando.

Porque el pasillo tiene mejor luz para que parezca casual.

Porque si los encierro aquí con café, a los veinte minutos esto parece una autoescuela.

Hugo escribió entonces.

Apreté los dientes.

—¿Qué?

Él le enseñó la libreta.

“Decisiones espaciales orientadas a comportamiento, no solo estética.”

Lo leí dos veces.

—No sé qué hacer cuando no me insulta.

—Puede seguir trabajando.

—Qué práctico.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo tomaré como una incidencia positiva.

Dani soltó una risa que murió cuando lo miré.

El montaje avanzó. Más rápido de lo que habría reconocido en voz alta.

Hugo no estorbó. Eso me molestó de una forma muy concreta.

No se puso en medio, no preguntó durante un cambio delicado, no opinó sobre sillas sin saber dónde iban los cables.

Observaba, anotaba, hacía una pregunta breve y esperaba la respuesta.

Cuando un camarero dejó una caja en zona de paso, la movió él mismo sin llamar a nadie.

Lo vi.

También vio que Vera entraba justo en ese momento.

—No pongas esa cara —dijo Vera.

—¿Qué cara?

—La de “acaba de cargar una caja y ahora tendré que reevaluar mi odio”.

—Mi odio es estable.

Hugo dejó la caja junto a la pared.

—Directora.

—Hugo. Bienvenido al día después de una boda casi imposible.

—Eso me han dicho.

—Te han dicho poco.

Vera miró la sala, luego a mí.

—Has cambiado teatro por U.

—Sí.

—Bien.

Hugo observó ese intercambio con demasiado interés.

Saqué la carpeta de mi bolso y se la tendió a Vera.

—Esto estaba en la suite.

Vera la abrió. Leyó. No cambió de cara, pero la conocía lo suficiente para notar el milímetro de congelación.

—Esto no debía estar ahí.

—Eso ya lo he añadido a mi lista de obviedades.

—Inés.

—¿Lo sabías?

Vera cerró la carpeta.

Hugo no dijo nada. Ese silencio tampoco era inocente.

—Sabía que el grupo inversor quería evaluar estructura de eventos —dijo Vera—. No sabía que habían redactado una hipótesis sobre tu continuidad.

Hipótesis.

Odié la palabra con todas sus fuerzas disponibles.

—Qué elegante.

—No es una decisión tomada.

—Maravilloso. Soy una posibilidad de despido con tipografía corporativa.

Vera bajó la voz.

—Nadie va a tocar tu puesto sin que yo lo sepa.

—Con todo el respeto, Vera, la hoja estaba en una suite que tampoco debía estar ocupada.

Aquello dolió. Se notó. Vera no era de las que permitían muchas grietas, pero esa entró.

—Tienes razón.

No esperaba que lo dijera.

Qué manía tenía todo el mundo últimamente con descolocar defensas útiles.

Hugo intervino al fin.

—Ese documento no es mío.

Giré hacia él.

—Pero lo conocía.

—Conocía la línea de evaluación general. No ese borrador. No nombres concretos.

—¿Y le parece normal evaluar mi continuidad antes de verme trabajar?

—No.

—Qué rápido.

—Porque no me lo parece.

—Entonces ¿qué ha venido a hacer?

Hugo sostuvo mi mirada.

—A decidir si el modelo de eventos del hotel se puede escalar sin romperlo.

—Escalar.

—Sí.

—Otra palabra limpia para hacer daño.

—Puede serlo. También puede ser la forma de que el hotel no dependa de milagros diarios.

Sentí el cansancio como una mano en la nuca.

—Los milagros diarios tienen nombres. Dani, Marta, limpieza, cocina, recepción. Yo.

—Precisamente por eso hay que medirlos. Lo que no se mide, no se defiende cuando llega alguien con una tabla de recortes.

La sala se quedó quieta.

Dani, que fingía ordenar unas sillas, dejó de fingir. Vera miró a Hugo con otra clase de atención. Noté que la frase le había quitado una respuesta de la boca.

No me gustó.