LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 2 · Inés
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Capítulo 2 · Inés

Hugo Marín tenía una forma de caminar que a mí me pareció ofensiva desde el primer metro.

No caminaba rápido. No necesitaba hacerlo.

Avanzaba con esa seguridad serena de los hombres que no han cargado nunca una caja de copas por una escalera de servicio y, aun así, creen conocer el movimiento interno de un hotel porque han visto suficientes hojas de cálculo.

Maleta pequeña, portátil bajo el brazo, mirada limpia, zapatos demasiado silenciosos. Un peligro con suela cara.

—La sala pequeña está por aquí —dije.

—Antes me gustaría ver la suite.

—La suite está siendo preparada.

—No necesito ocuparla. Solo verla.

Me detuve en mitad del vestíbulo.

—¿Quiere ver una habitación mientras limpieza intenta convertir una noche ajena en una suite corporativa presentable?

—Quiero entender por qué una habitación bloqueada para dirección ha estado ocupada hasta hace menos de una hora.

—Error humano.

—Eso no es una explicación.

—Es una categoría muy amplia. Se usa mucho en hoteles porque “el sistema, una persona cansada y tres urgencias simultáneas decidieron arruinarte la mañana” queda largo en informes.

Hugo me miró con atención, no con irritación. Eso me dejó menos sitio para defenderme. La irritación se podía empujar. La atención había que sostenerla.

—¿Ha dormido? —preguntó él.

—¿Eso forma parte de la auditoría?

—Forma parte de la lectura del contexto.

—He dormido lo suficiente para no pegar a nadie en recepción. Lo considero un éxito operativo.

—Entonces subimos.

—No.

Hugo esperó.

—No era una pregunta —dije—. La suite estará lista en diez minutos.

Si sube ahora, limpieza hará peor su trabajo porque tendrá a un hombre con libreta mirando esquinas.

Eso retrasará la entrega. Si se sienta en la sala pequeña, bebe café y finge durante diez minutos que el mundo no se ordena porque usted lo observe, la suite estará lista antes.

Marta, desde el mostrador, murmuró:

—Qué bonito cuando Inés hace acogida.

Hugo no apartó los ojos de ella.

—De acuerdo.

No supe si sentirse satisfecha o preocupada. Los hombres que aceptaban una negativa sin discutirla podían estar madurando o recopilando pruebas. Hugo parecía del segundo grupo.

Lo llevó a la sala pequeña, que seguía siendo la misma habitación sin prestigio donde el día anterior se habían decidido flores, mentiras y casi varias formas de violencia ornamental.

Alguien había retirado los manteles, pero quedaba una caja de carteles de “suelo mojado”, dos sillas plegables y una mesa auxiliar con marcas de café.

Muy lejos del concepto “sala ejecutiva”.

Hugo entró y miró alrededor.

—¿Esta es la sala pequeña?

—Sí.

—Muy descriptiva.

—Nos gusta la transparencia.

—¿Reciben aquí a clientes corporativos?

—Solo a los que no nos caen bien.

Él dejó el portátil sobre la mesa.

—¿Y yo en qué categoría estoy?

—Aún en observación.

Hugo sacó una libreta. De papel. Eso me molestó por sorpresa. Había esperado una tablet, una hoja Excel abierta, algo frío. La libreta tenía tapas negras, esquinas gastadas y un bolígrafo sujeto con una goma. Era un detalle humano. No le convenía.

—Necesitaré revisar la operativa del evento de esta tarde —dijo.

—La tendrá.

—Costes por departamento.

—Los tendrá.

—Ratios de personal.

—Los tendrá.

—Histórico de ocupación de salones.

—Lo tendrá.

—Incidencias de la boda de ayer.

Sonreí sin alegría.

—Qué pena. Casi parecía una conversación agradable.

—Una boda de alta exigencia justo antes de una auditoría es una buena muestra de estrés operativo.

—Para usted, muestra. Para mí, diecinueve horas de pie.

—Precisamente por eso.

—No voy a convertir una boda privada en material de laboratorio.

—No le pido nombres ni detalles personales. Le pido incidencias de proceso.

Apoyé la tablet contra el pecho.

—Una novia vomitó, las flores fallaron, una periodista se alojó con nombre falso, un invitado casi convierte la mesa ocho en un litigio y un puro apareció en una jardinera. ¿Quiere que lo ponga en columnas?

Hugo escribió algo.

—Sí.

Lo miré.

—Era sarcasmo.

—Lo he entendido.

—Entonces escriba menos.

—No puedo. Es útil.

La puerta se abrió sin llamar. Dani asomó la cabeza.

—Perdón. ¿Interrumpo la seducción por indicadores?

—Fuera —dije.

Hugo levantó una ceja.

—¿Siempre entra así?

—Solo cuando huele sufrimiento.

Dani entró igual, porque las órdenes en el Hotel Vera tenían jerarquías flexibles si se pronunciaban con cansancio.

—Tenemos una duda con las acreditaciones del evento de esta tarde. Dirección quiere discretas. Seguridad quiere visibles. Yo quiero irme a vivir al monte.

Cogí las tarjetas.

—Ni pulseras ni colgantes. Tarjeta negra pequeña con iniciales del evento en dorado, clip bajo. Personal en puerta con lista. Invitados sin tarjeta, verificación en tablet. Si alguien dice “soy amigo de”, se le manda sonreír a recepción.

—Perfecto.

—No digas perfecto. Viene de ayer con resaca.

Dani señaló a Hugo.

—¿Él es el de la auditoría?

—Sí.

—Pésimo día para venir.

—Eso empiezo a ver —dijo Hugo.

—Bien. Si en su informe pone que somos lentos, incluya que seguimos vivos por cabezonería y cafeína barata.

—Lo tendré en cuenta.

Dani se marchó.

Hugo escribió otra cosa.

Le arranqué la libreta con dos dedos antes de pensarlo.

Él levantó la vista.

—¿Perdón?

—¿Está anotando a mi equipo como material pintoresco?

—Estoy anotando que el equipo tiene autonomía bajo presión.

Miré la línea.

Era verdad.

Qué desagradable.

Le devolvió la libreta.

—No haga eso.

—¿Anotar cosas positivas?

—Descolocar mis prejuicios. Tengo pocos placeres.

Hugo se permitió otra sonrisa mínima.

—Lo intentaré.

Mi móvil vibró.

Marta: “Suite lista. Limpieza necesita medalla, vacaciones y quizá oxígeno.”

Guardé la tablet bajo el brazo.

—Su suite está lista.

—Subimos.

—Ahora sí.

En el ascensor, Hugo miró los paneles de madera, el espejo, la placa de capacidad y el pequeño arañazo junto al botón del cuarto piso.

—El ascensor es lento —dijo.

—Tiene personalidad.

—La personalidad no suele ser rentable.

—Por eso la gente rentable es tan aburrida.

Hugo giró hacia ella.

—¿Tiene algo contra la rentabilidad?

—No. Tengo algo contra la gente que cree que es una palabra limpia.

—No lo es.

No esperaba esa respuesta.

—¿No?

—No. La rentabilidad implica elegir qué se sostiene y qué se corta. Nunca es limpia. Por eso hay que medir bien antes de tocar.

El ascensor subió en silencio.

Mala señal. Él no era un villano de cartón. Qué incómodo.

La suite 402 olía a habitación recién salvada: detergente, ventilación rápida y un punto de perfume que alguien había usado para tapar la presencia anterior.

Las cortinas estaban abiertas. La cama hecha.

El escritorio despejado. Un ramo pequeño, robado probablemente de algún arreglo superviviente de la boda, colocado junto a una botella de agua.

Hugo entró y recorrió la habitación con la vista.

—¿Esta habitación estuvo ocupada hasta hace menos de una hora?

—Sí.

—Buen trabajo de limpieza.

—No se lo diga a limpieza como si fuera sorpresa. Se ofenden.

—Lo diré como corresponde.

—Mejor no diga “corresponde”. Suena a propina pequeña.

Hugo dejó la maleta junto al armario.

—¿Quién estaba aquí?

—Una huésped.

—Eso ya lo sabía.

—Entonces vamos bien.

—Me interesa porque una ocupación errónea de suite bloqueada puede indicar fallo de proceso o presión de overbooking.

—O una noche de vuelos cancelados, una boda gigante, una periodista infiltrada y personal humano haciendo lo posible por no incendiar el PMS.

—¿El sistema de gestión?

—El sistema de pesadillas.

Hugo recorrió el escritorio con la mirada. Había una marca leve en la madera, probablemente de un vaso. La vi al mismo tiempo que él.

—Eso no estaba —dije.

—¿Qué?

—Nada.

—La marca del vaso.

—No me haga competir en observación. Estoy demasiado cansada para respetarlo.

Él se acercó al escritorio. Tocó la marca con el dedo.

—No importa.

—Importa si luego aparece en su informe como “deficiencia de revisión”.

—No aparecerá.

—¿Por qué?

—Porque una marca de vaso en una suite recuperada en cuarenta y dos minutos no es deficiencia. Es un milagro menor.

Lo miré.

—Está haciendo otra vez eso.

—¿Qué?

—Ser razonable cuando ya había preparado una respuesta desagradable.

—Puede usarla igualmente.

—No sería justo.

—Eso tampoco parece detenerla siempre.

La frase no fue dura. Fue exacta.

Sentí una irritación breve, física. No porque me hubiera insultado. Porque había visto algo. Y yo prefería trabajar con gente que no veía nada fuera de las tablas.

El móvil de Hugo sonó. Miró la pantalla.

—Necesito hacer una llamada de veinte minutos antes de bajar.

—La sala de eventos estará preparada a las una.

—Bajaré a las doce y media.

—Doce cuarenta.

—Doce treinta y cinco.

Lo miré.

—¿Está negociando conmigo cinco minutos?

—Sí.

—Por deporte.

—Por conocer el margen.

—El margen soy yo.

Hugo guardó el móvil.

—Entonces doce cuarenta.

No supe por qué aquello me molestó más que si hubiera insistido.

Bajó a recepción con la sensación de haber ganado una pelea que nadie había tenido aún. En el mostrador, Marta me pasó un café sin preguntar.

—Tiene pinta de dar trabajo.

—Tiene pinta de usar palabras como optimización sin sonrojarse.

—Peligroso.

—También ha elogiado limpieza.

Marta abrió mucho los ojos.

—Peor. Uno de esos hombres que puede ser insoportable y educado a la vez.

—Exacto.

Claudia apareció desde el salón con una bolsa de flores mustias y Adrián detrás, a la distancia prudente de quien todavía estaba aprendiendo a no ser una noticia. Claudia me miró.

—¿Ya llegó tu consultor?

—No es mío.

—Eso dijimos todos.

—Te odio.

—Lo sé.

Adrián dejó una carpeta en recepción.

—Si necesitáis algo con la auditoría, puedo revisar la parte reputacional del evento de ayer.

Levanté una mano.

—No. Gracias. Bastante tengo con un hombre de gráficas. No necesito dos consultores orbitando mi paciencia.

Hugo bajó a las doce cuarenta exactas.

Lo vi salir del ascensor con la libreta, el portátil y esa maldita ausencia de prisa. Él la buscó con la mirada en cuanto entró en el vestíbulo.

No a recepción.

A ella.

Eso tampoco le gustó.

—Inés —dijo.

—Señor Marín.

—Hugo.

—No hemos llegado a ese punto.

—Trabajaremos juntos toda la tarde.

—También trabajo con proveedores de hielo y no los llamo cariño.

Marta hizo una tos sospechosa.

Hugo aceptó el golpe sin perder el hilo.

—La suite está correcta. Solo una cosa.

—¿Ya empezamos?

—He encontrado esto en el cajón del escritorio.

Sacó una carpeta fina, color marfil.

La reconocí antes de tocarme. No por el objeto. Por el tipo de papel. El Hotel Vera usaba esa carpeta para contratos privados de eventos y acuerdos de reserva.

—Eso no debería estar en una habitación.

—Lo he supuesto.

La cogí.

Dentro había una hoja impresa, sin firma, con el membrete de una empresa que no conocía y una línea subrayada a mano:

“Revisión de explotación futura · posible sustitución de responsable de eventos.”

Durante un segundo, el vestíbulo perdió ruido.

Marta dejó de teclear.

Hugo miró la hoja, luego a mí.

—Creo que esto le afecta.

Cerré la carpeta despacio.

No iba a darle el gusto a nadie de verla respirar distinto.

—Bienvenido al Hotel Vera —dijo—. Aquí las habitaciones siempre traen algo incluido.