LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2) Capítulo 1 · Inés
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LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2)

LA SUITE EQUIVOCADA (Noches de hotel nº 2)

Por Alma Santel

© inepub.com

Capítulo 1 · Inés

No creía en los presagios, pero sí en los sistemas de reservas, y el sistema de reservas del Hotel Vera llevaba veinticuatro minutos insultándome con una habitación imposible.

Bloqueada para evento corporativo.

Ocupada desde la noche anterior.

Salida prevista: tarde.

Entrada prevista del nuevo huésped: doce del mediodía.

Notas internas: “VIP. Auditoría. Prioridad dirección.”

Miré la pantalla con la misma ternura con la que habría mirado una cucaracha dentro de un canapé.

—No.

Marta Beltrán, al otro lado del mostrador de recepción, no levantó la vista.

—Llevas diciendo no desde las nueve y cuarenta y siete.

—Porque no ha entendido.

—El sistema no aprende por repetición emocional.

—Pues debería. Trabaja en hostelería.

Marta giró la tablet hacia mí. El error seguía allí, limpio, digital y dispuesto a arruinarme el día.

—La huésped actual entró anoche por overbooking de vuelos. N. C. Vidal salió de la 319, pero esta es otra persona. Reserva corporativa de una noche. Le dieron la suite porque el hotel estaba lleno y alguien no vio el bloqueo del evento.

—¿Quién?

Marta no contestó.

La miré.

—Marta.

—No hagas esa voz.

—¿Quién no vio el bloqueo?

—Turno de noche.

—El turno de noche tiene nombres.

—Sí, pero también tiene miedo.

Cerré los ojos. Me dolían los pies desde el viernes.

Bueno, desde 2019, si era estricta. La boda Rius-Montcada había terminado hacía pocas horas y el hotel ya estaba quitándose la piel de encima: manteles en lavandería, flores medio muertas en cubos, camareros con ojeras, familias buscando cargadores perdidos y Claudia Ferrer sentada en el salón con cara de haber sobrevivido a una guerra privada que, por una vez, no era asunto mío.

El problema era que el Hotel Vera no dejaba espacios vacíos.

Si una crisis salía por la puerta principal, otra subía por el ascensor con maleta de cabina.

—¿La huésped contesta? —preguntó.

—No.

—¿Teléfono de habitación?

—No.

—¿Móvil?

—Buzón.

—¿Llamada a puerta?

—No molestar.

Miré hacia el techo.

—Me da igual el cartel.

—Legalmente, no debería darte igual.

—Moralmente, tampoco. Logísticamente, tengo un consultor entrando en dos horas, una suite que se necesita limpia, un evento corporativo a las siete y un equipo que ha desmontado una boda como si evacuara un barco. Mi moral está en pausa.

Marta se apoyó en el mostrador.

—Vera ha dicho que no abramos sin causa.

—¿Y no cuenta como causa que el hotel haya decidido meter a un auditor en una habitación imaginaria?

—Vera ha dicho causa real.

—Vera se vuelve muy ética cuando no le toca cambiar sábanas.

Desde el salón, Dani apareció empujando una caja de copas con el pie.

—¿Seguimos con la suite fantasma?

—Sí —dije.

—Buen nombre para paquete romántico.

—Dani.

—Perdón. Estoy sensible. He dormido tres horas y he encontrado un puro dentro de una jardinera.

Marta levantó una ceja.

—¿Ramon?

—Ramon o un geranio con vicios.

Miré la hora.

Diez y doce.

A las doce llegaba Hugo Marín. Consultor externo.

Auditoría de eventos, costes, rentabilidad y explotación de espacios.

Según Vera, venía recomendado por el grupo inversor que estaba estudiando si el Hotel Vera podía convertirse en algo más grande, más rentable, más replicable.

Aquellas tres palabras le daban a mí ganas de esconderse en una cámara frigorífica.

Más grande significaba más eventos.

Más rentable significaba menos personal.

Más replicable significaba que alguien que no había colocado una mesa en su vida decidiría cuántos minutos debía tardar un camarero en sonreír.

No lo conocía y ya le caía mal. Era eficiente hasta para anticipar odios.

—¿Qué sabemos de Hugo Marín? —preguntó.

Marta tecleó.

—Treinta y ocho. Consultor de operaciones hoteleras y eventos. Ha trabajado con varios grupos. Llega de Madrid esta mañana. Reserva hecha por dirección. Petición: suite tranquila, escritorio amplio, conexión estable, no almohadas de plumas.

—Hombre de gráficas confirmado —dijo Dani.

—Y alérgico a aves muertas —añadió Marta.

Cogí la tablet.

—Le damos otra habitación.

Marta me miró.

—No hay otra habitación.

—Siempre hay otra habitación.

—No cuando un vuelo cancelado ha llenado medio hotel, la boda ha dejado early check-outs con resaca y tres clientes han pedido late check-out porque “solo necesitan descansar un poco”, que en idioma huésped significa hasta que seguridad los mire feo.

—Una junior suite.

—Ocupada.

—Una doble premium.

—Ocupada.

—Una estándar.

—Queda una interior junto al cuarto de máquinas.

Dani silbó.

—Para un auditor, ideal. Así puntúa bajo con fundamento.

Me pasé una mano por la nuca.

—¿Y si hacemos upgrade a alguien?

—¿A quién? —preguntó Marta—. ¿A la señora del 210 que ha amenazado con valorar “la acústica emocional del hotel” porque oyó a un niño llorar?

¿Al señor de la 115 que cree que el minibar está incluido porque “nadie me dijo que la nevera tenía ideología capitalista”?

¿A la prima de Marcela que sigue castigada sin móvil y ahora quiere hacer check-out espiritual?

—Jana no cuenta como huésped. Cuenta como riesgo.

—Entonces tampoco.

Dejé la tablet sobre el mostrador.

—Subo a la 402.

—No puedes entrar.

—No voy a entrar. Voy a llamar a la puerta con cara de persona razonable.

Dani tosió.

—¿Tienes de eso?

—Hoy no, pero improviso.

Subió por el ascensor de servicio porque el principal seguía oliendo a perfume de boda y a mentira sentimental.

En la cuarta planta, el pasillo estaba más tranquilo que el resto del hotel: moqueta clara, luces suaves, bandejas de desayuno frente a dos puertas, un carro de limpieza aparcado junto a la salida de emergencia.

Nada parecía urgente. Ese era el problema de los hoteles buenos.

La catástrofe siempre llevaba zapatos blandos.

La puerta 402 tenía el cartel de no molestar colgado.

Llamé.

Suave.

Nada.

Llamó otra vez.

—Buenos días, soy Inés, de eventos del Hotel Vera. Disculpe la molestia.

Silencio.

Acercó la oreja, sin pegarse. No oyó ducha. No oyó televisión. No oyó a nadie moviéndose. Eso no significaba nada. La gente podía dormir con una capacidad ofensiva.

Llamó una tercera vez.

La puerta de la suite 404 se abrió. Un hombre de unos cincuenta años asomó la cabeza con una bata blanca y un antifaz subido a la frente.

—¿Pasa algo?

—Disculpe. Incidencia interna.

—Estoy intentando dormir.

—Lo está consiguiendo a medias.

El hombre frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Nada. Buenos días.

La puerta se cerró.

Apoyé la frente un segundo contra la pared, no contra la puerta. Había límites. Luego sacó el móvil.

“Inés a Marta: no responde. Necesito saber si ha usado minibar, teléfono, wifi, algo.”

La respuesta de Marta llegó rápida.

“No consumo. No llamadas. Última apertura de puerta: 23:42 anoche. Entrada. Nada más.”

Miré la puerta.

Eso sí era raro.

No alarmante todavía. Pero raro.

El móvil vibró otra vez.

Marta: “Vera dice que esperes. Y que no improvises con llaves maestras.”

Dani añadió en otro chat:

“Vera también dice que tu cara de ‘no improviso’ no convence.”

Guardé el móvil.

—Qué poca fe.

La puerta 402 se abrió en ese momento.

No mucho.

Lo justo.

Una mujer de unos treinta años apareció al otro lado con el pelo húmedo, camisa blanca arrugada y una expresión de cansancio que Reconocí al instante: la de alguien que había dormido vestido, mal y con el móvil cerca.

—¿Sí?

Activé mi cara razonable. No era su favorita, pero existía.

—Buenos días. Soy Inés, responsable de eventos del hotel. Perdone la molestia. Tenemos una incidencia con la habitación.

La mujer miró el pasillo.

—¿Qué tipo de incidencia?

—La suite estaba bloqueada para un evento corporativo de hoy y se asignó anoche por error.

La huésped no pareció sorprendida. Mala señal.

—Me hicieron el check-in correctamente.

—Sí. El error es nuestro.

—Entonces no es mi problema.

Sonreí con la parte de la cara que no tenía sueño.

—Todavía no. Estoy intentando que no lo sea.

La mujer me observó. Tenía ojeras, una maleta pequeña abierta al fondo y una chaqueta de traje sobre el respaldo de una silla. Encima de la mesa se veía un portátil cerrado y varios papeles. No parecía una turista de vuelo cancelado. Parecía alguien que no quería ser encontrada.

—¿Necesitan que salga ahora?

—Necesitamos recolocarla antes de las doce.

—Tengo late check-out.

—Lo sé.

—Y una reunión a las once por videollamada.

—También puedo ofrecerle una sala privada.

—No.

La palabra salió demasiado rápida.

La registré.

—De acuerdo. Entonces buscamos otra opción.

La mujer sujetó más fuerte la puerta.

—¿Quién entra en esta suite?

—Un huésped corporativo.

—¿Nombre?

—No puedo dar datos de otros huéspedes.

—Claro.

La mujer miró hacia el interior de la suite, como si evaluara algo más que una maleta.

Bajé un poco la voz.

—¿Hay algún motivo por el que no pueda cambiarse de habitación?

La huésped volvió a mirarla. Ya no estaba irritada. Estaba alerta.

—No.

Mentira.

Llevaba demasiados años trabajando en eventos para no reconocerla. La mentira pequeña. La de “no pasa nada” cuando pasa, la de “estoy bien” con rímel corrido, la de “solo necesito cinco minutos” cuando una novia está pensando en huir por lavandería.

—Podemos darle una habitación más discreta —dije.

La mujer parpadeó.

—¿Discreta?

—Interior, sin paso de invitados, salida directa a ascensor de servicio.

—Creía que no había habitaciones.

—No hay buenas habitaciones. Hay soluciones feas con privacidad.

La mujer me miró por una vez con algo parecido a interés.

—¿Cuánto tarda?

—Quince minutos.

—Necesito treinta.

—Veinte.

—Veinticinco.

Suspiré.

—Veinticinco, pero si a las once menos cuarto no ha salido, subo con Marta y una ética mucho peor.

La mujer casi sonrió.

—Gracias.

—No me las des todavía. La habitación alternativa está junto al cuarto de máquinas.

—He dormido en sitios peores.

—Eso dicen todos los que acaban escribiendo reseñas.

La puerta se cerró.

Me quedé un segundo en el pasillo.

La suite 402 seguía siendo un problema, pero uno con forma humana. Eso casi siempre era peor.

Bajó a recepción y encontró a Vera junto al mostrador, mirando la tablet de Marta. Vera Soler no preguntaba “qué pasa” cuando ya lo sabía. Preguntaba solo lo que importaba.

—¿Sale?

—En veinticinco.

—¿Voluntariamente?

—De momento.

—¿Quién es?

—No una turista de vuelo cancelado.

Marta levantó la vista.

—Se llama Irene Valcárcel. Reserva de empresa pequeña. Pago con tarjeta virtual. Ninguna nota.

—Huía de algo —dije.

Dani apareció con una pila de acreditaciones.

—Este hotel debería cobrar suplemento por vidas mal ordenadas.

—Cállate y prepara acceso para el evento —dije.

—Sí, jefa.

A las once y treinta y siete, cuando la suite 402 estaba por fin vacía, ventilada a medias y limpieza trabajaba con una velocidad que solo se alcanzaba con miedo a Vera, la puerta principal del hotel se abrió y entró Hugo Marín.

Lo supe antes de que preguntara.

No por atractivo, aunque lo era de una forma irritante: alto, pulcro, barba corta, traje sin arrugas, maleta pequeña, ordenador en una funda de piel y una ausencia casi ofensiva de sueño en la cara. Lo supe porque miró el vestíbulo y no vio un hotel. Vio puntos de fallo.

La alfombra ligeramente torcida.

El ramo de recepción algo cansado.

El camarero cruzando con una caja.

La pantalla de bienvenida del evento encendida diez minutos antes de tiempo.

Luego la miré a ella.

Como si también pudiera auditarla.

—Buenos días —dijo—. Hugo Marín. Tengo reserva.

No sonreí.

—Ya lo sé.

Marta, detrás del mostrador, bajó la mirada para no disfrutar demasiado.

Hugo dejó la maleta junto a la pierna.

—¿Usted es recepción?

—No. Soy la persona que lleva diez minutos evitando que su suite siga siendo una leyenda urbana.

Él me observó medio segundo.

—Entonces supongo que es Inés.

—Y usted es el hombre de las gráficas.

Marta hizo una tos minúscula.

Hugo no sonrió. Peor. Pareció tomar nota mental.

—Espero que no sea un problema.

—Depende de cuántas traiga.

—Las suficientes.

Cogí la tarjeta que Marta acababa de preparar y se la entregó.

—Suite 402. Estará lista en diez minutos. Mientras tanto, tiene sala pequeña, café y wifi.

—Mi reserva indicaba entrada a las doce.

—Y son las once treinta y ocho.

—Por eso he dicho mientras tanto.

—La puntualidad agresiva también cuenta como incidencia.

Hugo miró la tarjeta, luego a ella.

—Me habían dicho que este hotel resolvía bien bajo presión.

—Resolvemos. Lo que no hacemos es aplaudir la presión cuando entra con maleta.

Marta giró hacia la impresora. Dani, al fondo, se tapó la boca con una acreditación.

Hugo sostuvo mi mirada.

—Espero que trabajemos bien juntos.

Cogí su tablet.

—Yo espero que no estorbe.

Y, por una vez en toda la mañana, Hugo Marín sonrió.

No mucho.

Lo justo para empeorarle la semana.