Capítulo sesenta y ocho
Sam
Oigo un claxon y me asomo por entre las persianas. El taxi espera frente a la casa, con el conductor apoyado en la puerta del pasajero.
Flo pasa por delante, sin perder detalle.
—¡Vamos, chicos! —Cojo el equipaje de mano, apago las luces y cierro con llave.
—¿Te vas a algún sitio? —pregunta Flo.
—Voy a ver a la familia unos días.
Le damos las maletas al conductor, que las mete en el maletero mientras Chloe y Ethan se suben atrás.
Los chicos acaban de volver de Francia, pero necesito alejarme y no pienso perderlos de vista. Estoy desesperada por pasar este fin de semana con la familia y recuperarme. En cuanto Calvin le dio el visto bueno a Ethan, cogí parte del cheque de Caroline y compré los billetes a Florida.
Flo me mira con recelo.
—¿Estás bien, Sam?
No sé qué me pasa, pero me lanzo a abrazarla.
—Lo estaré —susurro contra su pelo cargado de laca.
Siento sus brazos rodearme, su mano que me da palmaditas en el hombro.
—Cuídate, cariño. Nos vemos a la vuelta.
Asiento y me aparto. Con un nudo en la garganta, me subo en el asiento del copiloto y digo adiós a mi amiga con la mano.
Miro por la ventanilla del avión y siento que parte de la melancolía se disipa.
Me encanta aterrizar en West Palm. El océano que abraza la costa mientras volamos hacia el sur es como cambiar de canal del rock duro a una emisora de música suave.
Noto que el avión desciende a medida que nos acercamos a la costa.
La azafata nos pide que nos abrochemos los cinturones.
Me maravilla ver los espacios amplios y abiertos, salpicados de palmeras altísimas, piscinas que desde esta altura parecen diminutos puntos azules.
Como era de esperar, los chicos están profundamente dormidos. También han pasado por mucho estos últimos meses. El viaje al extranjero, conocer a la novia de Alan, el susto con la salud de Ethan.
Me he ganado este viaje con creces.
Abajo, un campo de golf verde y meticulosamente diseñado me recuerda a Blake.
Los pensamientos sobre él me persiguen incluso a tres mil metros de altura. Con suerte, una vez en tierra, mientras paso el rato con mi hermana y su familia, empezaré a olvidar cómo todo se fue al traste con Blake. Si tengo suerte, «ojos que no ven, corazón que no siente» surtirá efecto.
Al fin y al cabo, además de disfrutar de mis hijos, vine aquí por otras dos razones. Reencontrarme con mi hermana y olvidarme de Blake.
El mismo Blake que vive al lado. Que anima a los enfermos. Que puede hacerme reír incluso cuando estoy cansada, agotada de trabajo, incluso asustada. Blake, que se salió tanto de su zona de confort para salvar mi reputación —y mi dignidad— en la subasta.
Siento un sollozo subirme por la garganta y lo reprimo. No voy a soltar todo mi lastre emocional en la puerta de Shel.
Chloe se remueve y abre los ojos, parpadeando. Le da un codazo a su hermano, que gruñe y se limpia un poco de baba.
—¿Qué?
Pongo voz alegre.
—Ya hemos llegado, chicos. ¿Quién quiere ir a la playa?