Capítulo sesenta y siete
Blake
El sol entra a raudales por la ventana y calienta mi escritorio. Estoy agotado, pero no hay descanso para los malvados.
Oigo un pitido del ordenador y sé que es el correo que estaba esperando. Me planteo borrarlo sin leerlo, pero descarto la idea. Lo abro y leo la primera línea.
Su oferta ha sido aceptada.
Me quedo mirando la pantalla sin dar crédito. Escribí al agente inmobiliario por capricho a las dos y media de la madrugada, después de ver un anuncio de un piso de dos habitaciones en mi pueblo natal. En un arrebato nocturno, hice una oferta muy por debajo del precio.
Me paso una mano por la cara.
—¡Hola!
Vivi entra corriendo en mi despacho y salta a mi regazo, rebosante de emoción.
Cierro el portátil y el móvil vibra con una llamada. No pienso contestar. No tengo cabeza para hablar con nadie. Excepto con la única persona que no quiere hablar.
—¿Vas a contestar, papi?
—No.
Se encoge de hombros y tira de mi brazo.
—¿Listo?
—¿Vamos a algún sitio?
Inclina la cabeza.
—¿Se te olvidó?
—Eh...
—¡Papi!
Me cuesta un mundo, pero aparto la melancolía. Mi hija se lo merece.
—Era broma. Feliz cumpleaños, cariño.
Vivi sonríe con esa sonrisa que me derrite el corazón desde su primera mueca de gases cuando era bebé. Mi hija me tiene comiendo de su mano. Por suerte, todavía no se ha dado cuenta.
—¿Puedo tomar un cupcake de chocolate y otro con glaseado de fresa? Porfiiiis.
Vale, quizá sí se ha dado cuenta.
—Claro —digo, levantándola en el aire mientras chilla—. No me puedo creer que tengas siete años.
—¡Tengo diez!
Sé que mi puesto como su persona favorita tiene los días contados. He oído las historias inevitables sobre cómo las niñas se transforman en monstruos adolescentes irreconocibles. Pienso aprovechar esta racha todo lo que pueda.
—Venga, vamos a por tus cupcakes de cumpleaños.
Mientras bajamos las escaleras, pienso en cómo decirle que tengo otra sorpresa preparada. Nos mudamos de vuelta a casa, a Rhode Island.