La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo cincuenta y siete
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Capítulo cincuenta y siete

Sam

—¿Te llevo a casa?

Blake está justo a la salida del salón de baile, con las mangas aún desabrochadas y la pajarita suelta alrededor del cuello. La pajarita que lanzó a la multitud enloquecida. A decir verdad, ese gesto me encendió por dentro.

Los invitados se han ido, el personal está recogiendo las mesas.

Vine con servicio de coche, así que su oferta me viene de perlas. Además, vive justo al lado. —Claro. —Solo pensar en estar a solas con él otra vez me acelera el pulso.

Como si me leyera el pensamiento, Blake me toma de la mano y un escalofrío me recorre la piel. Hago todo lo posible por mantener la compostura. —Gracias a ti hemos batido récords. Tu talento para lucir músculo vale su peso en oro.

Jamás habría imaginado que batiríamos el récord de donaciones. Pero gracias a los solteros lo hemos logrado con creces.

El único problema es que ahora Blake tiene una cola de mujeres adineradas compitiendo por su atención, incluida una afortunada ganadora anónima. Yo soy un cero a la izquierda entre tanto diamante.

Me aprieta la mano. —De nada.

Cuando el aparcacoches llega con el todoterreno de Blake, él le da propina y me abre la puerta del copiloto. La caballerosidad aún no ha muerto. Al pasar junto a él, le susurro al oído: —Te debo una.

Me sujeta del brazo, con los ojos clavados en mí. —Se me ocurre una forma de que me lo pagues.

El corazón me late con fuerza mientras espero a que rodee el vehículo y se ponga al volante. Se incorpora al tráfico. Estoy en ascuas. Nos detenemos en un semáforo en rojo y se vuelve hacia mí. —Déjame llevarte a una cita como Dios manda.

No sé muy bien qué esperaba, pero parece tan sincero... —Si eso es lo que quieres.

—Solo hemos ido a una fiesta del barrio y a mi jardín. Ya es hora de que salgamos de verdad. Pasaré a recogerte mañana a las seis. Ponte eso. —Está mirando el vestido azul que llevo puesto.

Blake suena diferente. Algo ha cambiado entre nosotros, como placas tectónicas en las profundidades de la tierra. Intento desesperadamente quitarle hierro al asunto. —Tentador, pero creo que ya he cubierto mi cuota de por vida de vestidos que requieren un equipo de rescate para quitármelos.

—¿Necesitas ayuda? —dice. Estoy a punto de desmayarme cuando me guiña un ojo y poco a poco recupero el equilibrio. Broma o no, la atmósfera entre nosotros ha cambiado; se ha encendido una llama.

Blake se detiene en la entrada de mi casa. —Te acompaño hasta la puerta.

Se me escapa una risita. Sí, una risita. —Vives justo ahí —digo, señalando con la cabeza hacia su casa.

De pie en el umbral, lo único en lo que puedo pensar es: ¿pasará o no pasará?

Una luz parpadea en el porche de enfrente. Me imagino a Flo apostada junto a la ventana con unos prismáticos, vigilando nuestro beso.

Doy un paso atrás. —Gracias por esta noche, de verdad.

Aunque su mirada arde, Blake capta la indirecta y retrocede, y al instante me quedo flotando en el vacío. —Buenas noches, princesa. Hasta mañana.

Su voz es intensa y me deja sin aliento. Ojalá ya fuera mañana.