La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo treinta y ocho
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Capítulo treinta y ocho

Blake

Estoy en mi escritorio, mirando fijamente la pantalla. Como llevo haciendo casi dos horas.

Mi mente no ha dejado de dar vueltas entre los ojos de Sam, gloriosos y llenos de deseo, y cómo reescribir el final de mi libro.

Sam dio en el clavo con algo que todos los escritores saben. El proceso es terapéutico. Si tan solo pudiera plasmar las palabras, desnudar mi alma en la página.

Pero tengo miedo. He necesitado hasta el último gramo de cordura para seguir adelante desde que murió Bonnie. A solas con nuestra hija, el duelo quedó truncado. Al menos eso es lo que me dijeron en los grupos de apoyo a los que asistí durante un par de semanas. No les quito razón.

Por algún milagro, volví a ponerme en pie, por tambaleantes que los tenga. Vivi está prosperando, haciendo amigos. Incluso yo.

Aun así, no consigo escribir lo necesario para convertir este libro en lo que está destinado a ser. El mejor que haya escrito en mi vida.

Todo porque estoy matando a mi protagonista. No es casualidad. Tenía que pasar. Pero si no logro arrancar la emoción visceral de este capítulo final, decepcionaré a mi editor y, en última instancia, a mis lectores.

Pero lo peor de todo es que me decepcionaré a mí mismo.

Me froto la cara con las manos. Se me están nublando los ojos.

Lo intentaré de nuevo más tarde. Con suerte, para entonces tendré el valor de hacer lo que hay que hacer.

Me levanto y me quedo plantado sobre mi portátil como si fuera mi peor enemigo.

Estoy debatiendo si tirarlo por la ventana cuando se me ocurre una idea mejor.

No es sano pasarse horas encerrado, atrapado en un atolladero mental.

Necesito salir, mover el cuerpo, dejar que la creatividad fluya en segundo plano.

Me cambio de ropa a toda prisa, me ato las zapatillas y bajo las escaleras. Abro la puerta principal, parpadeando sin parar. Es como si no hubiera visto la luz del día en una semana. Hace un frío cortante.

Estiro los isquiotibiales con la esperanza de que la próxima media hora me despeje la mente y pueda volver al ordenador con energías renovadas.

Me preparo para el golpe del frío contra la piel y, como un lunático con camiseta de tirantes y pantalones cortos de ciclismo, salgo disparado por la puerta, moviendo brazos y piernas con todas mis fuerzas.