Capítulo Treinta y Siete
Sam
Ramona me está esperando cuando salgo del aula.
Es estudiante de último año aquí en la Universidad de la Ciudad.
De hecho, el semestre pasado fue alumna mía.
Cuando Caroline me dio carta blanca para encontrar a alguien que me ayudara a planificar el banquete de Estrellas Brillantes, busqué a Ramona.
Es creativa y fiable, una combinación difícil de encontrar.
Es la primera vez que viene aquí desde que empezamos a trabajar en el evento hace meses. Algo pasa.
—Hola, Ramona —digo. Mi preocupación se dispara cuando lo único que recibo a cambio es un amago de sonrisa forzada.
Esperamos a que salga el último estudiante, y entonces ella confirma mis sospechas:
—Tenemos un problema.
Esto es lo último que quiero oír a tres días del evento.
—¿Cómo de grave?
—Muy grave.
Ramona me acompaña por el pasillo hasta mi despacho.
Dejo el iPad sobre el escritorio y Ramona se acomoda en la silla frente a mí.
—Cuéntame.
Sus hombros caídos no son buena señal.
—El soltero número dos se retira.
—¿Logan?
Asiente.
Punzadas de pánico me recorren los brazos.
—¿Qué ha pasado?
Me preparo para un accidente terrible o una enfermedad inesperada.
—Le ha entrado el canguelo.
—¿Perdona?
Logan es sin duda uno de los solteros más codiciados de la ciudad. Es la viva imagen de Tom Selleck en los ochenta, y las mujeres de mi edad se lo rifan. Con un generoso margen de años en ambas direcciones.
—Dice que pensó que sería divertido, pero se ha dado un atracón de «La soltera» y ahora dice que no soporta el rechazo. Incluso llegó a decir que podría arruinarle el negocio si lo abuchean.
—¿Abucheos?
Ramona se encoge de hombros.
Busco el teléfono.
—Voy a llamarlo.
Frunce el ceño y me quita el móvil de la mano con suavidad.
—Me pidió expresamente que te dijera que no intentaras hacerle cambiar de opinión. Estoy bastante segura de que es un caso agudo de pánico escénico.
—¡Esto no es un reality! ¡Es una gala benéfica!
Oigo la alarma en mi propia voz. ¿Qué les pasa a los hombres que no saben cumplir sus compromisos?
—No puede hacernos esto.
—No es el fin del mundo, Sam. La gente lo entenderá.
Niego con la cabeza con vehemencia.
—Tengo que recordarle que la fundación perderá mucho dinero si se echa atrás. Quedaremos fatal.
Ramona niega con la cabeza.
—Lo intenté, créeme. No va a venir. Se ha puesto de los nervios —baja la voz—. ¿De verdad queremos que un tipo así salga con una de nuestras principales benefactoras?
La lógica de Ramona puede ser acertada, pero no ahora.
Es demasiado tarde. Hemos trabajado durante meses para encontrar a los solteros que tenemos.
Guapos, con trabajo estable, con don de gentes y dispuestos a pasar tiempo a solas con lo que probablemente será una octogenaria chapada a la antigua y forrada de dinero, todo en nombre de nuestra causa.
—Respira hondo —dice Ramona, mirándome preocupada. Me viene a la cabeza la imagen de Caroline justo antes de su episodio cardíaco. Inspiro profundamente.
Puedo resolver esto.
Solo tengo que encontrar a un hombre atractivo y soltero, dispuesto a subastarse al mejor postor. En las próximas setenta y dos horas.