Capítulo treinta y nueve
Sam
Mi cerebro va a mil mientras llamo al timbre de Blake. No soy de las que aparecen en casa de alguien sin avisar, pero esto es una emergencia. O casi.
Ya dejé atrás el pánico y llegué a la resignación.
Mi valiente esfuerzo anterior por ver el lado positivo desapareció hace rato; mi ansiedad ha alcanzado un nivel sin precedentes.
Ramona y yo nos hemos quedado sin ideas.
No puedo exactamente publicar en redes sociales buscando a un tipo atractivo de mediana edad para subastarlo ante un salón lleno de señoras ricas y mayores.
Señoras a las que se les dio la oportunidad de pujar por adelantado. Con esos fondos ya en las arcas, no hay duda de que algunas benefactoras descontentas retirarán sus donaciones.
Necesito arreglar este desastre de último minuto.
Respiro hondo y presiono el timbre.
No hay respuesta.
El todoterreno de Blake está en la entrada, las luces encendidas detrás de la cortina. Desesperada, lo intento de nuevo mientras una lágrima se me escapa.
Siento su presencia detrás de mí.
—¿Sam?
Me doy la vuelta y me encuentro a Blake. Lleva una camiseta sin mangas y pantalones cortos sobre unas piernas tonificadas, auriculares alrededor del cuello. Tiene el pelo y la frente húmedos, una fina capa de sudor le cubre los músculos de los brazos.
Me limpio la lágrima errante.
—¿Estás bien?
Trago con dificultad.
—¿Puedo entrar?
Blake frunce el ceño, abre la puerta principal y me deja pasar primero.
—Por supuesto. Prepararé un té.
—¿Chocolate caliente?
Sonríe.
—Claro.
Pone la tetera, saca dos tazas y un bote de cacao del armario y los coloca en la encimera.
—Voy a asearme y bajo antes de que termines de husmear en mis armarios.
—Yo nunca...
—Es broma. La leche está en la nevera. Ponte cómoda.
Se dirige a las escaleras y se detiene; su rostro se vuelve serio, su voz baja y profunda.
—No te vayas a ninguna parte.
Lo observo subir los escalones corriendo; el corazón me late como un caballo de carreras liberado de su encierro.
La tetera silba y me pongo a preparar las bebidas, sin entender muy bien qué hago en la cocina de Blake preparando chocolate caliente. Debería llamar a Caroline y explicárselo. O contactar con Barbie para que me escuche.
Pero mi reacción instintiva fue buscar a un hombre al que conozco desde hace menos tiempo del que llevo con el vestido de Caroline en el armario. Para qué exactamente, no estoy muy segura.
Desde nuestra no-cita de la barbacoa, me he convencido de que los hombres como Blake no coquetean con mujeres como yo. El casi beso fue pura casualidad.
Encuentro canela en el cajón de las especias y espolvoreo las bebidas.
Oigo correr el agua en las tuberías detrás de la pared. Blake se está duchando. Es extraño estar en casa de un tipo que se está duchando arriba. Un tipo que no es Alan. Una imagen me cruza la mente.
Blake bajo un chorro de agua caliente, un caleidoscopio de colores de payaso arremolinándose por el desagüe.
«Contrólate».
Miro alrededor, buscando una distracción.
La foto.
El parecido con Vivi me dice que la atractiva mujer de cabello oscuro es su madre. Otra foto enmarcada está detrás. La misma mujer, con un vestido blanco largo hasta los pies, junto a un Blake más joven y apuesto de esmoquin. Se me hace un nudo en el estómago.
—Se llamaba Bonnie.
Me doy la vuelta y tiro las piezas de un juego de la mesa que tengo detrás. Pillada con las manos en la masa.
Blake está a unos metros de distancia. La camiseta sin mangas y los pantalones cortos son historia.
Lleva vaqueros desteñidos y una camiseta negra ajustada.
El pelo canoso de Blake está todavía húmedo, despeinado de la mejor manera posible, y no se ha afeitado.
Las gafas de lectura descansan con descuido sobre su cabeza, dándole un aire de Hemingway moderno y rudo, del tipo sobrio y melancólico. Nunca he visto a un hombre más sexy.
Debo de estar babeando porque Blake dice:
—¿Ves algo que te guste?
Me arde la cara.
—Yo...
—Estoy listo para jugar, si tú lo estás.
Las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba.
Se me corta la respiración. Me quedo paralizada, con la mente desbocada como un incendio forestal que arrasa cada pensamiento racional.
Da un paso hacia mí. Me está mirando la boca.
Madre mía.
Adiós a mi teoría de que no coquetea.
Para una mujer que nunca ha tenido un momento impulsivo en su vida, quizá sea hora de tirar la prudencia por la ventana.
La charla motivacional de Barbie resuena en mi cabeza.
Soy hermosa. Soy fuerte. Soy mujer.
Mis piernas toman el control, avanzan por voluntad propia y cierran la distancia entre Blake y yo. Estoy alzando la cabeza cuando Blake levanta la palma.
—¿Sombrero de copa o dedal?
La cabeza me da vueltas.
—¿Eh?
—Tú eliges.
Bajo la mirada a su mano abierta y proceso lo que veo. Piezas de juego.
—¿Estás bien?
Es como si me hubieran echado un cubo de agua fría. Trago saliva y me aclaro la garganta.
—Sí. Todo bien.
Una mentira descarada si las hay.
Por su expresión, Blake no parece convencido.
—¿Nada de juego, entonces?
Doy un paso atrás.
—En realidad, las cosas no están bien —suelto.
Frunce el ceño.
—¿Quieres contármelo?
Salimos al patio trasero, tazas en mano, mientras el corazón me va recuperando su ritmo normal. Me dejo caer en una de las cómodas sillas de la terraza y suspiro.
—Ha surgido una situación difícil con un proyecto en el que estoy trabajando.
Recuerdo las interminables horas que dediqué a la Gala Estrellas Brillantes para acabar enfrentándome a este enorme obstáculo a última hora. Me imagino a Caroline diciéndome que todo está bien, aunque sé que está terriblemente decepcionada conmigo.
—Sé que no te conozco muy bien, pero apuesto a que encontrarás una solución. Pareces bastante ingeniosa.
—Gracias. Pero tu único dato es una fiesta del barrio. Lo que tengo entre manos es mucho más complejo.
—En realidad, también vi cómo manejaste un desastre potencial —mira de reojo hacia su cocina—.
Estuviste impresionante —hace una pausa para dar un sorbo a su chocolate; un fino bigote marrón le queda en el labio superior—.
Salvaste a la familia Mitchell de la vergüenza eterna.
Mi hija quiere ser bombera. Que nuestra casa se hubiera quemado no habría quedado muy bien.
—Yo lo tenía todo controlado, pero por alguna razón esta crisis es diferente.
—Lo entiendo, Sam, créeme.
Algo me dice que de verdad lo entiende. Blake Mitchell es mucho más que un escritor sexy e introvertido.
Un recuerdo me cosquillea en el subconsciente. Un comentario al vuelo que Mo hizo hace varias semanas en Le Marais.
Bromeó diciendo que debería alistar a mi nuevo e irritante vecino como soltero en la subasta. Yo me había reído de la idea.
Pero ahora…
—Te necesito —digo, y el calor me sube de inmediato a las mejillas.
Blake arquea las cejas hasta el infinito, con los ojos como platos y la boca a medio sorbo. Por un instante, estoy segura de que va a escupirme el chocolate caliente encima.
—Eh, quiero decir que necesito tus servicios.
Traga saliva y sus labios se curvan en una sonrisa. Una sonrisa traviesa, divertida y terriblemente sexy.
—Déjame empezar de nuevo.
—Soy todo oídos.
Soplo la bebida, doy un largo trago y me arriesgo a quemarme la garganta. Lo que sea con tal de quitarme de encima esta vergüenza.
—¿Y bien?
Veo una botella de whisky justo dentro de la puerta de cristal del patio. Señalo hacia ella. —Quizá quieras echarle un chorro al chocolate antes de que empiece.
Blake ladea la cabeza y me estudia. Debe de ver algo de desesperación en mi expresión. —Sea lo que sea, me apunto.
El corazón me da un vuelco al oír esas palabras. Este hombre está dispuesto a salvarme el trasero antes de saber lo que voy a decir. Un caballero de brillante armadura. Un vaquero en un caballo blanco.
Y así se lo cuento.