La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo treinta y cuatro
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Capítulo treinta y cuatro

Blake

Enciendo la parrilla y espero a que se caliente lo suficiente para poner las hamburguesas sazonadas.

El aire frío me recuerda que aún queda mucho para el verano.

Echo un vistazo más allá de la valla que separa mi patio trasero del de Sam.

No hay luces encendidas. Para mí, una casa a oscuras resulta deprimente.

A diferencia de mi jardín, que considero una extensión de la casa, el de los Bennett parece abandonado, con hierbajos asomando entre el césped. Si no lo trata pronto, las malas hierbas lo invadirán todo.

Consulto la hora en mi reloj de pulsera mientras pienso en la impulsiva invitación a cenar que le hice a Sam. Cuando se me escapó, vi la vacilación en su bonito rostro, seguramente preguntándose por qué su vecino payaso la invitaba a venir. Cuando aceptó, me sorprendió el alivio que sentí.

Aliso el mantel de plástico y coloco bien los platos de papel, preguntándome si preferirá vino o cerveza. Decido no arriesgarme y servir ambos.

Es la primera vez que invito a cenar a una vecina. Pero hay algo en Sam que no consigo descifrar. Es amable y generosa y, al mismo tiempo, capaz y sensata cuando más falta hace.

Pero hoy he sido testigo de su fragilidad. Apostaría a que tiene toda una historia detrás, una contra la que lucha para que no la hunda.

Solo quien lo ha vivido puede reconocerlo.

Llámame blandengue, pero ver llorar a Sam despertó en mí un instinto protector visceral. Lo que aparentemente se tradujo en ofrecerle las mejores hamburguesas. Necesito escuchar su historia.

El teléfono suena dentro de la casa. La madre de la amiga de Vivi ya ha llamado para decir que todo va bien. Los niños se lo están pasando en grande. Me alegra mucho que haga amigos con facilidad, todo lo contrario que su padre.

Cierro la tapa de la parrilla y entro en casa, con la esperanza de que no sea Sam para cancelar. Quizá pensó que le estaba pidiendo una cita.

La verdad es que ni siquiera sé qué estaba haciendo. Las palabras simplemente salieron. Lo único que quería en ese momento era que Sam volviera a sonreír. Cuando lo hizo, fue como un rayo de sol atravesando las nubes.

Aun así, cocinarle una hamburguesa tiene que ser la oferta más patética que haya recibido en su vida. Por muy sabrosa que vaya a estar la hamburguesa. ¿Quién la culparía por echarse atrás?

Antes de que pueda localizar el teléfono, deja de sonar.

Estoy pensando qué hacer cuando vuelve a sonar. Lo encuentro entre los cojines del sofá.

—Blake, soy Robert.

—Hola —digo, aliviado. Solo es mi editor—. ¿Qué pasa?

—He leído todo el manuscrito. Me encanta, pero...

La vacilación me pone nervioso.

—¿Pero qué?

—Necesita algunos retoques.

—¿Qué tipo de retoques?

Robert hace una pausa.

—La parte del final.

Sé perfectamente de qué está hablando. Pero no es algo de lo que esté dispuesto a hablar ahora mismo. Mi nueva amiga viene a cenar y es lo único en lo que quiero pensar.

—Tendré que devolverte la llamada. Voy a tener compañía.

Suspira.

—Mañana, entonces.

Me apresuro a colgar a Robert, librándome de una conversación que no quiero tener.

Suena el timbre y un cosquilleo de emoción me recorre la espalda. Me paso una mano por el pelo, cojo una pastilla de menta del bote de la encimera y me la meto en la boca.

Respiro hondo y me dirijo a la puerta.