La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo treinta y tres
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Capítulo treinta y tres

Sam

No soy corredora y, sin embargo, aquí estoy en el parque cerca de mi casa, trotando alrededor del estanque de los patos.

Llevo mallas y zapatillas deportivas que aún no he estrenado.

He oído que el ejercicio levanta el ánimo y, como no quiero convertirme en una bebedora diurna, levantarme el ánimo es justo lo que necesito. De momento, no funciona.

Como una adolescente desconsolada, repasé todo lo que vi en la videollamada, como si recrear la escena fuera a darme alguna pista sobre la relación de Alan con la francesa.

En mi quinta vuelta, estoy sudando a mares y muriéndome de sed. Vuelvo a casa, abatida. Antes de que pueda arrepentirme, envío un SOS al grupo. Solo escribo: Alan tiene a alguien en su vida.

El Club de las Cincuenta Fabulosas creó el hilo hace unos meses, después del susto de salud de Caroline. Si alguien necesita apoyo, lo escribe en el grupo.

Cuando salgo de la ducha, tengo mensajes de Evie, Mo y Caroline. Emojis, GIFs, notas de voz. Pero es Barbie quien llama.

—Cuéntamelo todo.

Me emociono profundamente. Por muy ajetreadas que estén, las chicas siempre están ahí las unas para las otras.

Aún en albornoz, me dejo caer en la cama y le cuento a Barbie lo de la videollamada con mi hija, la francesa de fondo, el apartamento obscenamente lujoso.

—¿Cómo voy a competir con eso?

Percibo la vacilación de Barbie, como si estuviera eligiendo las palabras con cuidado. No es algo que Caroline o Mo hicieran, y se lo agradezco. Sé que soy el eslabón débil del grupo. La oveja negra. Sé que piensan que estoy obsesionada con mi ex.

Vale, estoy obsesionada con mi ex. Fue el amor de mi vida. Hasta que me tiró como un periódico viejo.

—Sam, no hay competencia —la voz de Barbie es suave—.

Tú y Alan lleváis vidas separadas. Sé que no es lo que querías, pero llevas demasiado tiempo en un purgatorio autoimpuesto.

Quizá esto sea el empujón que necesitabas.

Es hora de pasar página y escribir un nuevo capítulo. Quizá sea una bendición disfrazada.

Yo que pensaba que iba a recibir empatía, y resulta que es la versión de Barbie del amor duro.

—Eso es pasarse un poco. Nada de mi divorcio ha sido una bendición. Ni el bienestar emocional de mis hijos, ni mis finanzas... ni mi corazón roto.

Noto que levanto la voz. Nunca lo admití en voz alta, pero siempre tuve la esperanza de recuperarlo.

Su tono se mantiene firme.

—¿Todavía le quieres?

Mi primer impulso es gritar: ¡Sí! ¿Por qué crees que es de lo único que hablo?

Pero las palabras no me salen. En cambio, digo:

—No sé si eso importa ya.

Barbie habla en un susurro. Creo que es una técnica que aprendió en el mundo de los negocios para captar la atención.

—¿Es posible que tu incapacidad para pasar página tenga menos que ver con querer a Alan y más con tu aversión al cambio?

Siento que me pongo a la defensiva. Barbie no es mi terapeuta.

—No pretendo hacerte pasar un mal rato, Sam —dice, interrumpiendo mi espiral—. Lo único que queremos todas es verte feliz.

Hace una pausa para que las palabras calen. Luego:

—¿Qué fue de tu vecino el payaso?

Vaya cambio de tema.

—Y eso qué tiene que ver.

—Quizá sea una buena forma de ir tanteando el terreno.

La sugerencia, igual que la de Caroline, es absurda.

—¿Salir con mi vecino de al lado? ¿El que me ha sacado de quicio desde el día en que se mudó?

No menciono que Blake y yo hemos pasado a un terreno más cordial. No cuadra con mi papel de víctima. Ahora mismo necesito empatía, no lógica.

—Barbie, te agradezco mucho el consejo. En serio. Pero no estoy preparada para el romance.

Aunque quisiera volver al mundo de las citas, ¿quién tiene tiempo? Mi vida es un caos.

Se me ocurre que la vida amorosa de Barbie no tiene nada que ver con la mía. Nunca se ha casado. Ahora que lo pienso, el tema de sus amores pasados nunca ha salido. Que yo sepa, nunca ha tenido una relación seria.

Me entra una necesidad repentina, casi desesperada, de colgar.

—Tengo que dejarte. Tengo una reunión sobre la subasta. Gracias por llamar.

Corto a Barbie antes de que pueda decir nada más, lanzo besos y cuelgo.

Encuentro unos pantalones de yoga limpios y una de las viejas sudaderas de los Bengals de Alan. Estoy lista para reunirme con Ramona cuando oigo que llaman a la puerta. Miro por la ventana y vislumbro el peinado de colmena de Flo. Bajo a abrirle.

Flo pasa junto a mí hacia el salón.

—Mi ponche fue un exitazo. No quedó ni gota —dice a modo de saludo. Le huele el aliento a ron afrutado.

Aunque no hizo caso de mis advertencias, sí puso una nota en el dispensador que decía «+21». Debió de funcionar, porque no había menores borrachos tambaleándose por ahí.

Flo se acomoda en mi sofá y coge un puñado de M&Ms. Se mete uno rojo en la boca.

—Tengo el cotilleo sobre el chico nuevo, y es jugoso.

—¿Blake?

Se acerca con aire de conspiración.

—Sí. Es toda una historia.

No me gustan los cotilleos, pero tengo curiosidad. Si no protesto, sé que me lo contará todo.

Y efectivamente, Flo cumple. Aunque somos las únicas aquí, baja la voz.

—No está divorciado.

—¿Ah, no?

No sé qué pensar.

Flo se prepara para la gran revelación.

—Ella está muerta. Blake Mitchell es viudo.

Me quedo sin palabras. Todo este tiempo, asumí que estaba divorciado como yo, lidiando con una ex desaparecida.

Blake no está despistado, está de duelo.

Lleva adelante su trabajo, cría a Vivi. Solo.

Estoy atónita, intentando recuperar la compostura. Todo este tiempo, mientras él sufría, yo lo he estado juzgando, haciéndole la vida imposible. Me muero de vergüenza.

Flo frunce el ceño, estudiándome.

—Oh, cielos.

—¿Qué pasa? —murmuro.

—Estás colada por tu vecino.

—¡No! Es solo que he cometido un error terrible.

Antes de que pueda argumentar nada más, echo a Flo de casa tan educadamente como puedo.

—No es una cita —me digo en voz alta mientras entro en el aparcamiento de la biblioteca.

Ramona ya debería estar aquí. Las bibliotecas son, con diferencia, mis lugares favoritos del mundo. Estoy convencida de que el cielo huele a libros gastados de tanto uso. Además, me encantan sus horarios de domingo.

La invitación de Blake me tiene la cabeza secuestrada. Algo cambió con lo que me contó Flo: mi sistema de archivo mental lo ha trasladado del archivo de Problema al de Problemático.

Visualizo mi armario, preguntándome si tengo siquiera un conjunto de esta década. Quizás debería pasarme por el centro comercial antes de volver a casa. Apago el motor, cojo el bolso del trabajo y entro a toda prisa. Mucho que hacer antes de mi no-cita.

Con la Gala Estrellas Brillantes a la vuelta de la esquina, quedé con Ramona aquí después de la fiesta del barrio para repasar los últimos detalles.

Saludo a la bibliotecaria mientras pienso en qué llevar a casa de Blake para la cena. Si hay tiempo, prepararé un pastel de nueces pecanas. ¿Le gustarán siquiera los frutos secos?

Sé que le estoy dando demasiadas vueltas. Seguramente Blake solo está siendo práctico: dos vecinos solitarios de mediana edad que deciden cenar juntos. Nada más.

Entonces, ¿a qué vienen estas mariposas en el estómago?

¿Las que no han dejado de revolotear desde que se acercó a mí en el porche?

La preocupación grabada en sus atractivos rasgos desató algo dentro de mí.

Blake pasó de ser mi vecino exasperante a un hombre atento que intentaba animarme.

Es lo único en lo que he podido pensar. Eso y su esposa muerta.

Puede que sea patético lo mucho que significa para mí que me preste atención, pero desde luego me quitó de la cabeza a la nueva amiguita francesa de Alan por un rato.

Ramona me está esperando en la sección de autoayuda. Le aprieto el hombro y me siento a su lado.

—Hola —susurro, procurando no molestar al anciano que lee el Times cerca—. ¿Lista para el gran evento?

—Más o menos. Estoy esperando noticias de Logan. Ha desaparecido de la faz de la tierra.

Logan es uno de los solteros de la subasta.

Ramona lo encontró a través de unos amigos.

Cumple todos los requisitos: tiene un empleo estable, es capaz de mantener una conversación inteligente y tiene la suerte de conservar todo el pelo.

Pero Logan también es un cascarrabias de campeonato. He procurado mantener las distancias.

—Seguro que pronto tenemos noticias suyas.

Después de enviarle un mensaje rápido pidiéndole que se ponga en contacto conmigo, Ramona y yo repasamos los detalles pendientes de la gala. Todo pinta muy bien.

El anciano se levanta y se lleva el periódico. Ya sin susurrar, Ramona dice:

—Tómate un momento para darte una palmadita en la espalda, Sam. Tu idea de la subasta es lo que llevó este evento a otro nivel. Estamos muy en positivo.

Eso es mucho decir dado lo que cuesta organizar un evento de alto nivel.

—Gracias.

No soy de las que se echan flores, pero tiene razón. Se me da muy bien esto. Conseguí publicidad barata en redes sociales y generé muchísima expectación.

Es genial saber que Caroline me confió esta responsabilidad. La verdad es que estoy disfrutando del trabajo. Se adapta a mi personalidad y a mi bolsillo. Caroline está siendo muy generosa con mis honorarios.

Eso no quiere decir que el proyecto no tuviera un comienzo complicado.

Caroline estaba pasando por una crisis personal en ese momento.

El drama familiar tras el fallecimiento de su rico marido desencadenó todo tipo de problemas para ella y la fundación.

Estrellas Brillantes se creó para ayudar a niños con necesidades especiales.

Pero incluso una causa noble puede irse a pique rápidamente por la mala publicidad.

Con la ayuda de Ramona, le di la vuelta a la situación. Tenemos las entradas agotadas desde enero.

Cuando terminamos, recogemos nuestras cosas y caminamos hacia la salida.

Ramona abre su coche con el mando.

—¿Está listo tu vestido?

Caroline me está prestando uno de sus vestidos de alta costura.

Por insistencia suya, lo mandé ajustar a mis caderas más anchas, pero aún no he decidido si me lo pondré.

Las otras señoras de las Cincuenta Fabulosas pueden lucir Givenchy, pero una servidora no.

Sería como llevar un disfraz de payaso. Sin ánimo de ofender a Blake.

Blake.

Su rostro toma forma en mi mente. Mandíbula con barba de tres días, ese aire bromista, brazos musculosos...

—Hablamos luego —dice Ramona—. Con suerte tendremos noticias de Logan pronto.

Asiento distraída, luego subo a mi coche y conduzco directamente al centro comercial.