La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

Blake

Veo a Sam sentada en el escalón de su entrada, con una bolsa grande de lo que parecen platos de papel a su lado. Se mete el teléfono en el bolsillo y saca un pañuelo, con la mirada perdida. Parece distraída y triste.

Una pareja joven con un Golden Retriever juguetón se me acerca. Se presentan y charlamos unos minutos. Vivi está a unos metros, interesada en la pulsera de otra niña; la madre de esta vigila cerca.

Mi atención vuelve hacia Sam.

Cuando la veo secarse los ojos, mi cuerpo reacciona de forma visceral.

Nunca he soportado ver llorar a una mujer. En contra de todos mis instintos, me acerco a ella.

—Hola.

Los ojos llorosos de Sam brillan y esboza una sonrisa forzada.

Me pregunto quién podría afectarla así. ¿Sus hijos? Quizá tenga un hombre en su vida. La idea me incomoda sorprendentemente.

La gente deambula, disfrutando del clima primaveral y el buen ambiente. No pierdo de vista a mi hija en ningún momento. La señora del cardado no me pierde de vista a mí.

—¿Quién es esa? —pregunto, señalando con un gesto discreto de cabeza.

Sam sigue mi mirada.

—Esa es Flo. Flozy la Cotilla. Puede que la hayas visto en la clase de español. Es la principal organizadora de la fiesta. En general es inofensiva, pero yo no daría ningún paso en falso.

Me alivia que esté bromeando. Sin esperar invitación, me siento a su lado.

—¿Estás bien?

Sam parpadea y señala con la barbilla el recipiente que llevo en las manos.

—¿Qué traes ahí? —pregunta. Un intento admirable de distraerme de su evidente angustia.

—Es mi contribución a la fiesta. Lo llamo Plato Misterioso. Podría ser pollo frito o podría ser pastel de carne: solo hay una forma de averiguarlo.

Arquea una ceja y se le arrugan los ojos de diversión.

—¿Lo encontraste en el congelador?

Sonrío.

—Algo así. Aunque sí lo calenté.

Coge el recipiente y huele el contenido.

—Sin duda, es pastel de carne. No tiene quemaduras de congelador.

—Me alegra saberlo. Seguramente es comida para llevar de poco después de mudarnos. ¿Quién se acuerda ya?

—¿Está Vivi por aquí?

Señalo a mi hija, que ahora juega con otros dos niños del barrio. No veo a Ethan ni a Chloe.

—¿Y tus hijos, dónde están?

—En Francia, en una boda familiar.

Se muerde el labio inferior. Lo único que quiero es arreglar las cosas, volver a ver su sonrisa radiante.

Antes de pensármelo dos veces, suelto:

—¿Te apetece venir a una barbacoa esta noche?

La veo sopesarlo un momento y asiente.

—Me encantaría. Ahora, a seguir trabajando.

Me ofrezco a ayudar y me encarga tirar los platos usados. Me alegra tener algo útil que hacer.

Paso la siguiente hora conociendo a los vecinos, algo que temía pero que, extrañamente, estoy disfrutando.

Vivi viene corriendo hacia mí.

—Papi, Joey me ha invitado a cenar pizza. ¿Puedo ir? ¿Porfiiis?

Sam me observa y ambos nos damos cuenta de que esto significaría una cena para dos. Estoy a punto de decirle a Vivi que lo dejemos para otro día cuando Sam dice:

—Suena divertido. La madre de Joey hace una pizza increíble.

—Bueno, pues vale.

Vivi lo celebra con un puñetazo al aire.

—¡Sí!

Las comisuras de los labios de Sam se curvan hacia arriba y deja escapar una risa suave y genuina. Una sensación cálida me recorre. La alegría de haber conseguido aliviar la melancolía de Sam. Aunque solo sea temporalmente.