La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo treinta y uno
39%

Capítulo treinta y uno

Sam

Encuentro lo que necesito en mi despensa. Más platos y tenedores desechables. No puedo creer la cantidad de gente. Los vecinos deben de haber invitado a amigos de otros sitios. Menos mal que tenemos comida de sobra.

Estaba repartiendo vasos de limonada sin adulterar cuando vi a Blake de pie cerca de la parrilla, tan fuera de lugar como un cactus en Vermont.

Llevaba a Vivi de la mano y recorría la multitud con la mirada, como si estuviera decidiendo si quedarse o salir corriendo.

Había algo en la forma en que la sujetaba, como si Vivi fuera su ancla en este extraño mundo nuevo.

Sentí un aleteo cálido en el pecho. A pesar de lo despistado que es, hay una dulzura en él, una ternura de la que probablemente ni siquiera es consciente.

Entonces, justo cuando estaba entregando una pila de servilletas a la señora Klein, nuestras miradas se cruzaron.

Por una fracción de segundo, Blake me miró de verdad, como si me estuviera viendo por primera vez.

Le hice un pequeño gesto con la mano antes de que me arrastraran, pero sentía su mirada clavada en mí desde el otro lado del jardín. El encuentro me ha dejado intrigada.

Tengo un pie fuera de la puerta cuando me entra una videollamada al móvil. Dejo la bolsa con los platos y servilletas de reserva que encontré en la despensa, me siento en el escalón de la entrada y acepto la llamada. Ver la cara de mi hija es como volver a respirar.

—¿Cómo estás, cariño?

En el fondo veo un apartamento muy blanco. Las paredes, los muebles, los cojines. Todo de un blanco cegador.

—¡Genial! París es una ciudad preciosa. La Mona Lisa era alucinante, mamá. Papá sacó una foto a escondidas aunque no está permitido.

Alan nunca fue de cumplir las reglas.

—Suena maravilloso —mantengo el tono animado—. ¿Fuisteis a la Torre Eiffel?

—Sí, las vistas eran épicas.

—¿Dónde estáis ahora?

Aparta la mirada.

—Ah, este es el piso de Yvonne. ¿A que es precioso? —su voz suena un poco estridente—. Hemos parado aquí a cenar.

Mientras Chloe pasea la cámara por la habitación para que la vea, me devano los sesos intentando ubicar el nombre de Yvonne.

Conozco a toda la familia de Alan, incluidos sus primos.

Será un lapsus mío. El lugar es encantador y moderno, pero lo único en lo que puedo pensar es en cómo demonios lo mantienen tan limpio.

—¿Puede alguien beber vino tinto o comerse una onza de chocolate?

—Ni hablar. Le advertí a Ethan que no se sentara en ninguna parte.

Nos echamos a reír. Qué bien sienta compartir una carcajada con mi hija.

Antes de que pueda preguntar, Chloe dice:

—Ethan está en la terraza comiéndose otro brioche. No podía arriesgarme a que dejara migas en la alfombra de seda.

—No lo molestes. Solo dile que le mando un beso. Ya hablaré con él en otro momento —la curiosidad me está matando—. Por cierto, ¿quién es Yvonne? No me suena ese nombre.

Como invocada, la mujer pasa por detrás de Chloe. Vestida con lo que parece cachemir beige, mantiene una conversación telefónica en voz baja. Habla en francés.

Vuelvo a mirar a mi hija. Tiene la cara roja como un tomate. Y así, sin más, lo sé.

Se me cae el alma a los pies. Chloe ve la expresión de mi cara.

—Ay, mamá. Lo siento. No sabía cómo decírtelo.

Me ha pillado totalmente desprevenida. ¿Será por eso por lo que ha estado llamando? ¿Para contármelo, para regodearse? Niego con la cabeza y logro articular:

—Está bien, cariño. Papá y yo ya no estamos juntos. Me alegro de que sea feliz.

Chloe frunce el ceño y la alegría de antes se desvanece de su rostro.

Conozco su dolor. Ojalá pudiera aliviárselo, pero sé que no puedo.

Es una lección que he aprendido una y otra vez desde la separación.

Por mucho que quiera, no puedo proteger a mis hijos de cada golpe de la vida. Necesitan pasar su duelo, igual que yo.

Reconduczo la conversación hacia sus aventuras y la boda que se acerca.

—Pásalo bien, cariño. Cuida de tu hermano.

—Lo haré —arruga la nariz y sé que está recordando algo—. Buena suerte con lo del evento benéfico.

Me conmueve que esté pendiente de lo que hago.

—Gracias, cariño —le lanzo un beso—. Te quiero.

—Yo también te quiero, mamá.

Cuelgo y me preparo para que el impacto de lo que acabo de descubrir me golpee con toda su fuerza.

Y entonces lo hace.