La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo Treinta
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Capítulo Treinta

Blake

La fiesta del vecindario está en pleno apogeo cuando llego. Vivi me aprieta la mano, como si quisiera protegerme de la multitud. Mi hija me conoce bien. Ella, en cambio, tiene los ojos como platos, observando los grupos de niños que corren por todas partes.

Me llega el olor a carne asada. Un tipo que no he visto en mi vida está a cargo de la parrilla.

Intento parecer relajado, como si no fuera para tanto, pero es la primera vez que de verdad nos relacionamos con alguien del barrio.

Estoy completamente fuera de lugar. Y no ayuda que lleve en las manos un táper destartalado con sobras de comida para llevar, rezando para que quien se atreva a probarlo no note que está quemado por el frío. Era esto o galletas pasadas. No sé si he acertado.

Echo un vistazo a los impresionantes platos ya expuestos en las mesas y me aferro a mi humilde aportación.

Vivi se pone de puntillas para acercarse a mi oído.

—Papi, ¿por qué no llevas tu traje de payaso?

—Estamos aquí para conocer a los vecinos y hacer amigos nuevos. Ir de payaso podría complicar las cosas.

—A todo el mundo le encantan los payasos.

—No, no a todo el mundo, cariño.

Su atención se va hacia la mesa de comida.

—¿Puedo comer un perrito caliente?

—Claro.

Se lo devora en un minuto.

—¿Puedo ir a jugar?

¿Mencioné que mi hija heredó el gen social?

—Claro, pero quédate a la vista.

Sale disparada.

Dudo un momento y me dirijo hacia la gente.

Han cortado la calle en ambos extremos con vallas.

Las mesas se alinean a ambos lados de Beechwood Lane.

El despliegue es impresionante. Las manualidades para los niños están junto a bandejas de pasteles caseros y de tienda.

La limonada parece triunfar entre los adolescentes.

Hay caras que me suenan y otras que estoy seguro de no haber visto nunca.

Ya estoy medio arrepentido de haber venido cuando la veo: Sam, mi vecina de al lado, repartiendo platos con esa sonrisa suya tan natural. Tiene un brillo especial, las mejillas algo sonrojadas, seguramente de ir de aquí para allá intentando tener contentos a todos los del barrio.

Al observarla, me sorprende lo guapa que es. No lleva nada del otro mundo, solo un vestido sencillo que ondea con la brisa, pero tiene algo en su manera de moverse, echando vistazos para asegurarse de que a nadie le falte nada.

Se nota que se está dejando la piel para que la fiesta sea perfecta para los demás.

Me pilla mirándola, abre un poco los ojos y me hace un pequeño saludo, casi tímido.

Asiento con la cabeza, cayendo en que nunca le he dado las gracias como es debido por todo lo que ha hecho para que Vivi y yo nos sintamos como en casa.

Por un segundo, pienso en acercarme, quizá incluso ofrecerme a echar una mano, pero entonces unos vecinos se la llevan y su cara se ilumina con esa sonrisa cortés.

Se está juntando bastante gente. La señora mayor de enfrente, con un peinado de los años cincuenta, me observa desde el puesto de limonada. Normal. Soy el nuevo del barrio.

Nada de esto es lo que esperaba al mudarme a Nueva York. Parece más un pueblo pequeño que un suburbio a veinticuatro kilómetros de una de las ciudades más densamente pobladas del mundo.

La verdad es que está bastante bien. No es Providence, pero tiene su encanto.

Vivi está haciendo un saludo tonto con un niño que reconozco del autobús del cole.

Busco a Sam con la mirada. No la veo por ninguna parte.