La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo veintiocho
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Capítulo veintiocho

Blake

La casa se está enfriando a pesar de que la calefacción intenta compensar las ventanas abiertas. O el olor a humo se está disipando o ya me estoy acostumbrando. Creo que pediré comida a domicilio. Hoy no quiero saber nada del horno.

Samantha manejó el casi desastre como toda una profesional. Se mostró tranquila y eficiente. Su casa parecía impecable. Seguro que su escritorio está perfectamente organizado. Quizás pueda enseñarme un par de cosas.

Suena el timbre y Vivi salta del sofá. Se emociona cuando alguien viene de visita. Incluso con el cartero.

—¡Ya voy! —grita.

La sigo hasta la puerta.

—¿Quién es?

—Sam, la de al lado.

Hablando del rey de Roma. Abro y me encuentro a mi vecina en el umbral. Está diferente a la última vez que la vi. El cabello le roza los hombros, con algunos mechones grises que asoman bajo un gorro bonito.

Lleva un jersey verde holgado que le queda grande.

Pero los vaqueros. Esos le quedan perfectos.

Sam es lo que llamarías una mujer sin complicaciones, de esas que esperas que conduzcan un coche fiable, preparen comidas saludables y nunca se preocupen por contar calorías.

—Hola, Sam. ¿Mi propiedad ha vuelto a portarse mal?

Sus labios con un toque de brillo esbozan una sonrisa tímida. Se vuelve hacia mi hija.

—Hola, Vivi. Te he visto practicar las volteretas en el jardín. Se te dan muy bien.

Vivi se ilumina con el cumplido.

—Gracias. Voy a clases.

—Pues se nota.

Noto que mi hija está a punto de hacer una demostración.

—Bueno, Sam, ¿qué te trae por aquí?

Se le sube el color a la cara como si acabara de entrar en una sauna. Pero no soy tan tonto como para preguntarle a una mujer de mediana edad por qué está sudando en un día fresco de primavera.

—Solo venía a por mi fuente. La necesito para la fiesta de la calle el domingo.

—Ah, claro. Pasa. Dame un momento para lavarla.

Sam me sigue al interior.

—No hace falta, puedo hacerlo yo.

Mira la fuente rebañada en el fregadero.

—Veo que te gustó el chili.

—Estaba delicioso. Hacía siglos que no comíamos algo casero. Salvo alguna barbacoa de vez en cuando, casi siempre pedimos comida a domicilio.

—Voy a seguir practicando —anuncia Vivi, y sale al jardín.

Me pongo a lavar la fuente de cristal mientras Sam espera con una toalla en la mano. Observo a mi hija dar volteretas en el jardín.

—Creía que habías hecho lasaña.

Me río.

—Si te refieres a lo que casi me quema la casa, pues no. No sabría distinguir una lámina de lasaña de cualquier otra pasta. La compré en el sitio de Hempstead Road.

Sam se ríe por lo bajo.

—Las pastas son muy diferentes unas de otras.

—A lo mejor podrías enseñarme algún día.

Arquea una ceja y frunce ligeramente el ceño, lo que me hace pensar que he dicho algo inapropiado. Le paso la fuente, que ella seca sin mirarme.

—Ya no huele a humo.

—Se disipó gracias a las ventanas abiertas. Tuve que poner la calefacción a tope para que la casa no se congelara. La factura de la luz va a ser una sorpresa divertida.

Se produce una pausa incómoda que no sé explicar. Fuente en mano, Sam se dirige a la puerta.

—¿Nos vemos en la fiesta de la calle el domingo?

Por mucho que quiera negarme, Vivi no ha hablado de otra cosa. Sam me mira expectante, con una pequeña sonrisa que vuelve a asomar en sus labios. Un cosquilleo cálido me recorre los brazos y me desconcierta.

No se me ocurre nada más que decir aparte de:

—No me lo perdería por nada del mundo.