La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo veintisiete
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Capítulo veintisiete

Sam

Voy por mi segunda taza de café cuando los niños me hacen una videollamada desde París. Esbozo una sonrisa. Tengo sentimientos encontrados: quiero que se lo estén pasando genial, pero también que me echen muchísimo de menos.

Las caras de los niños llenan mi pantalla.

—¡Hola!

Antes de que pueda preguntar qué tal les va, se atropellan hablando, emocionados.

—¡Papá nos va a llevar a ver la Mona Lisa! —dice Chloe, que se pasa cinco minutos seguidos hablando de la historia de Da Vinci. Ethan por fin consigue meter baza—: Luego vamos a ir a la Torre Eiffel y a los Chimp de Lisa.

Me aguanto la risa.

—Se dice Campos Elíseos. Sin monos.

—Oh, vaya.

Chloe empieza a decir algo cuando Ethan le da un codazo.

—¡También vimos a un tío comiendo caracoles babosos!

—Se llaman escargots. Son un manjar, boba.

—Tú sí que eres boba.

Supongo que algunas cosas no cambian ni al otro lado del charco.

Cambio de tema.

—A los Mitchell les encantó mi chili. Voy a pasarme a recoger el recipiente.

¿Se puede tener una vida más aburrida? Mis hijos no van a querer volver a casa en la vida.

Me planteo contarles que llevé a Blake al yoga, pero decido no hacerlo. Junto con las clases de español, ha sido lo más divertido que he hecho en años.

Chloe entrecierra los ojos.

—Mamá, a lo mejor deberías ponerte algo más bonito.

—O más limpio —añade Ethan asomándose por detrás de su hermana, encantado consigo mismo. Está mordisqueando algo que parece un cruasán.

—¡Cuidado con los cacahuetes!

Algo fuera de pantalla distrae a Ethan y se aleja. Como decía, aburrido.

Chloe se inclina hacia delante y baja la voz.

—Pruébate mis vaqueros, mamá. Te van a quedar genial.

Sé a cuáles se refiere. Sesenta dólares por unos vaqueros desgastados y pitillo.

—Es muy amable, cariño, pero...

—Eres preciosa, mamá. Acéptalo de una vez.

Yo no soy preciosa. Soy del montón. Si me llamara Juana del Común me pegaría más que mi propio nombre. Pero me encanta que mi hija sea lo que yo no soy. Segura de su aspecto.

Y añade:

—¿Qué dicen de las primeras impresiones?

—Solo tienes una oportunidad.

Me señala con el dedo.

—Eso mismo.

Una mujer que no reconozco aparece en el fondo y pasa por detrás de la silla de mi hija. Caigo en que nunca les pregunté a los niños desde dónde llaman. Antes de que pueda hacerlo, oigo la voz de Alan diciéndoles que es hora de irse.

Le recuerdo a Chloe a toda prisa que cuide de su hermano. Ella suelta:

—Ponte también mi gorro nuevo, mamá.

Nos despedimos y subo las escaleras, dispuesta a regañadientes a seguir el consejo de mi hija.

Me cepillo el pelo, incluido el flequillo que llevo desde primaria.

Ahora me sirve para disimular las arrugas de la frente.

No es que me importe demasiado, la verdad.

De hecho, soy firme defensora de envejecer con elegancia.

Rebusco en el fondo de mi cajón. Arriesgándome a pillar un herpes, me aplico pintalabios de un tubo que debe de ser de 2010.

Me pongo mi túnica favorita y, antes de que pueda arrepentirme, entro en la habitación de Chloe y rebusco en su armario.

Sus vaqueros nuevos están en primera fila.

Me quedan ajustados, pero puedo disimular los michelines con la túnica. Cojo el gorro y me lo encasqueto.

Por mucho que me incomode arreglarme solo para cruzar el jardín, no puedo negar las mariposas en el estómago. Estoy nerviosa y emocionada.

Bajo las escaleras y salgo de casa, rezando por no hacer el ridículo más espantoso.