La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo veintiséis
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Capítulo veintiséis

Blake

Poco después de las seis, estoy sobre una esterilla de yoga, en una sala llena de gente que se estira y respira, con la intención de fundirse con el universo.

—Te va a encantar. Confía en mí —susurra Sam con esa sonrisa suya. La oigo murmurar algo sobre que la echaron de su clase habitual.

No estoy acostumbrado a que me mangoneen así, pero por alguna razón no me importa cuando viene de Sam.

La instructora —una gurú del yoga con un fuerte tufo a marihuana— pide la primera postura. Perro boca abajo. ¿Qué tendrá de difícil?

Me inclino y de inmediato los músculos de las piernas protestan como si los estuvieran arrastrando por un campo de alambre de púas. Pero ni de coña voy a demostrarlo. Vamos, que soy Blake Mitchell, ¿no? El tipo que arregla coches y corta el césped como nadie. Esto debería ser pan comido.

Pero la esterilla se desliza bajo mis manos y mis piernas van por libre. Una de ellas decide rendirse por completo, y cuando me quiero dar cuenta estoy con la cara contra la esterilla soltando un gemido que suena aterrador hasta para mis propios oídos.

La voz de Sam me llega a través de la vergüenza, apenas conteniendo la risa.

—Blake, ¿estás bien?

—Estoy bien —gruño, con la cara todavía pegada a la esterilla—. Solo... dándolo todo.

Me está mirando, lo noto. Pero no puedo rendirme ahora. No me lo dejaría pasar en la vida.

La instructora pasa a la postura del árbol.

Imito a los demás y paso el peso a un solo pie. Me tambaleo como un árbol en un huracán, con los brazos agitándose como si intentara espantar una mosca de la cara. Seguro que parezco ridículo. Sam se muerde el labio, intentando —sin éxito— ocultar su alegría.

Para cuando llegamos al guerrero dos, me estoy planteando seriamente si saldré de aquí hecho polvo. Es como si mis brazos estuvieran sosteniendo dos bloques de cemento. Las piernas me tiemblan. Ya está. Voy a ser el primer tipo en la historia en lesionarse haciendo yoga.

—Sam —murmuro—. Creo que voy a acabar en urgencias después de esto.

Por fin termina la clase. Me levanto de la esterilla tambaleándome como si hubiera pasado por una guerra, solo que en vez de balas, he esquivado perros boca abajo y posturas de guerrero. Sam me ofrece una botella de agua, pero niego con la cabeza.

—Creo que mi cuerpo está en shock —le digo.

—Buen intento. La próxima vez será mucho más fácil.

—Mi dulce e inocente Sam —digo, masajeándome las piernas doloridas—. Nunca jamás habrá una próxima vez.