La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo Veinticinco
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Capítulo Veinticinco

Sam

Odio el silencio en casa. Por suerte tengo un montón de cosas que hacer, así me concentro menos en estar sola.

Cojo el móvil para recordarle a Flo que pasaré por su casa, cuando suena.

Es Alan. Siento un revoloteo de nervios.

Alan nunca me llama. Siempre me escribe.

Los dos niños tienen móvil y pueden contactarme directamente.

Dejo que salte el buzón de voz y le mando un mensaje a mi hija preguntándole si todo va bien. Llevan fuera menos de veinticuatro horas.

Me responde enseguida con un pulgar arriba.

Orgullosa de mi maniobra, cojo una chaqueta y salgo.

Flo me espera en el porche de su casa bien cuidada. Probablemente lleva aquí sentada dos horas. Como alcaldesa no oficial de nuestro pequeño vecindario, se entera de todo lo que pasa y está encantada de compartir la información.

Rozando los ochenta y orgullosa de ello, Flo luce su característico peinado de colmena con total desparpajo. Fijado con tanta laca que parece de cemento, estoy segura de que ese peinado pararía una bala.

Con sus hijos viviendo en California, Flo se mantiene ocupada con cotilleos mayormente bienintencionados y organizando las fiestas del vecindario dos veces al año.

—Entonces, ¿qué opinas del chico nuevo? —dice a modo de saludo.

—Supongo que viste...

—Por supuesto. Mi ventana salediza da directamente a su puerta. Te vi ir allí. Dos veces. También te vi empaparte. Eso sí que tuvo gracia.

Es mayor, me digo. Déjalo pasar.

Con esto confirma lo aliviada que estoy de que no viniera a clase hoy.

—Su hija parece dulce —digo.

Flo pone los ojos en blanco con ganas. —¿Y qué hay del señor buenorro? Ese tipo tiene que tener un abdomen de infarto bajo esas camisas de forro polar. Es como nuestro propio leñador de Nueva York.

Hace tiempo que me acostumbré a la manera de Flo de «decir las cosas como las ve», pero lo último que necesito es que difunda historias sobre Blake y yo.

Mantengo la voz neutra.

—Parece majo.

Flo hace una mueca como si la falta de información le doliera físicamente.

Su mirada se desliza al otro lado de la calle.

—Tiene horarios raros, ese tipo. ¿Y qué pasa con lo del payaso?

Puede que sea el bombón del vecindario, pero algo pasa con Blake Mitchell.

Todavía no lo he descifrado, pero lo haré.

No puedo imaginar qué estará tramando Flo, pero no voy a alimentar sus maquinaciones, por entretenidas que suelan ser.

—¿Quieres que hablemos de la fiesta del vecindario? —pregunto.

Capta la indirecta, no muy sutil. —Pasa.

Sigo a Flo adentro y me siento a su mesa de comedor de madera de cerezo.

La veo abrir un gran libro de contabilidad y ponerse las gafas de lectura.

Levanta el bolígrafo unos centímetros por encima del libro abierto y me mira.

—Hay quince casas a lo largo de Beechwood y el callejón sin salida.

Una media de cuatro por hogar, así que son sesenta personas.

Necesitamos que cada familia traiga algo, estilo comida compartida.

¿Viste mi correo con la lista de comida?

Si yo soy organizada, Flo es una máquina. —Claro que sí. Buen trabajo.

—Haré mi famosa limonada.

—¡Ah, no, eso sí que no! —Las palabras me salen solas y se me sube el color a la cara. No soy maleducada, pero no. Simplemente no.

Flo sonríe con suficiencia, claramente encantada con mi reacción. —Esta vez no le pondré vodka.

El año pasado hizo su «ponche famoso», que pegaba de verdad. Con la cantidad de niños que había en la fiesta, tuvimos suerte de que no nos denunciaran. O nos detuvieran.

Niego con la cabeza enérgicamente.

Flo frunce los labios, pensativa. —Vale.

Repasamos el resto de los detalles mientras mordisqueamos sus galletas caseras de avena con pasas. Son tan adictivas que cuando voy por la cuarta me pregunto qué ingrediente secreto le habrá añadido a la receta.

Quedamos en vernos fuera a mediodía el domingo de la semana que viene, lo que debería darnos tiempo de sobra para prepararlo todo.

De camino a la puerta, cojo una galleta para el camino. —Cuento contigo para que te portes bien, Flo —digo, medio en broma.

Su sonrisa de gato de Cheshire vuelve a aparecer. —Si aparece Blake Mitchell, no respondo de mí misma.

Niego con la cabeza, preguntándome si ahora tengo una preocupación más.

Miro la hora. Hoy doy una clase por la tarde en la ciudad, la última antes de las vacaciones de primavera de la universidad. Después quedaré con Barbie. Estoy deseando verla. Por primera vez en mucho tiempo, tengo mis propias noticias interesantes que contar.

El camarero deja un mojito delante de Barbie, mirándola como si fuera el plato del día.

—Deberías invitarlo a salir, Sam —dice Barbie, ajena al interés del hombre. Se inclina hacia mí para que vea que habla totalmente en serio.

Niego con la cabeza. —¿Estás loca?

Acabo de ponerla al día sobre Blake, deleitándola con las andanzas de mi vecino. Es lo más que me he divertido en años. Nunca soy yo la que tiene cotilleos jugosos que contar. Hasta ahora solo he mencionado a Alan una vez, y fue para decir que se ha llevado a los niños al extranjero.

—Aunque estuviera interesada en una idea tan descabellada, no hay manera de que un tipo como Blake quisiera salir conmigo.

Barbie deja de enrollarse las puntas del pelo liso en el dedo. Reconozco la señal. Significa que está prestando mucha atención. Es una de las muchas cosas que me encantan de ella.

Sus rasgos preciosos se vuelven severos, una expresión que rara vez le veo. —Basta.

—¿Qué?

—Lo estás haciendo otra vez, eso de menospreciarte así. Cualquier hombre sería afortunado de tenerte.

Se lo agradezco, pero las dos sabemos que no es verdad.

Como si me leyera el pensamiento, añade: —Es verdad. Eres una de las mujeres más fuertes que conozco.

—Estemos de acuerdo en no estarlo.

Frunce el ceño. —Eres una mujer de éxito, culta, organizada, una madre increíble.

Noto que no menciona mi aspecto. Prefiero no darme por ofendida.

Barbie es una belleza japonesa. Su melena negra contrasta a la perfección con su piel impecable y su pintalabios rojo intenso. No ha dejado de atraer miradas desde que nos sentamos en la barra del bistró.

Ahora que lo pienso, no recuerdo cuándo fue la última vez que me senté en un taburete de bar. La luz es tenue, la pared de cristal detrás de la barra está repleta de licores de todo tipo.

Observo al camarero preparar mi segundo mojito en media hora. Es mi recompensa por haber terminado todo el trabajo de la gala con antelación. Me lo acerca deslizándolo por la barra. —Por fin viernes, señoritas.

Le doy un sorbo a la deliciosa mezcla. —Si crees que yo cargo con mucho equipaje, Blake tiene acciones mayoritarias en Samsonite.

Se ríe. —¿Y qué más da? Ha despertado tu interés, y eso es algo que nadie más ha conseguido.

No se equivoca. Hasta que Blake apareció en la casa de al lado, no me había planteado siquiera lo de salir con alguien.

—Lo veré en la fiesta del barrio el domingo y ya veré cómo va la cosa.

Barbie parece decepcionada de mí, y eso duele. No tengo esa actitud lanzada de «arrasarlo todo» que comparten algunas de las otras chicas de las Fabulosas Cincuenta. A mí me van bien los pasos pequeños.

Debe de notar la expresión de abatimiento en mi cara y llama a la camarera. —Coge tu copa y vamos a ponernos moradas.

Un par de horas después, voy en la parte de atrás de un Uber, achispada, envalentonada y lista para lanzarme.