La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

Blake

Pulso enviar con cierta inquietud. He volcado todo mi ser en ese libro. Aunque algo no termina de encajar. Pero para eso están los editores. Sea como sea, terminar un libro es todo un logro, y he aprendido a celebrar las victorias.

Mi primer impulso es coger a mi hija y salir a la heladería. Pero hoy me siento con ganas de más.

Apago el ordenador y asomo la cabeza por la habitación de Vivi. Está tumbada boca abajo en la cama, pasando el dedo por la tableta. Desde aquí parece que está mirando Forever Yours, una tienda de ropa que he visto anunciada.

En momentos como este me doy cuenta de lo mucho que ayudaría tener a una mujer cerca.

—Oye, cariño. ¿Quieres que hagamos galletas con pepitas de chocolate?

No hay respuesta.

—¿Vivi?

—Mmm.

—¿Quieres la sudadera con las estrellas doradas?

Se incorpora.

—¿En serio, papi?

—No, qué va. No pienso gastarme cincuenta dólares en una sudadera.

Se le caen los hombros y hace un puchero, adelantándome lo que me espera.

Intuye algo y se sienta, apoyando la espalda en el cabecero.

—¿Has terminado el libro?

—Así es —digo, y me siento a su lado.

—Felicidades. ¿Puedo hacerte una contraoferta?

Me río.

—Claro.

Veinte minutos después, estamos sentados en The Flaky Bakery, atiborrándoNOS de cupcakes cargados de azúcar.

Estoy a un bocado de la diabetes, pero asumiré el riesgo.

Se ha convertido en nuestra tradición, la de Vivi y la mía.

En cada celebración, en lugar de una tarta, nos damos un festín con cupcakes de distintos sabores.

Quizá atiborrarse de azúcar no sea lo mejor para educar a una hija, pero al ver a mi pequeña disfrutar de esas delicias rellenas de crema, me parece bien... igual que las futuras facturas del dentista.

Vivi fue nuestra hija milagro. Bonnie tenía cuarenta y un años cuando se quedó embarazada, tras una década de intentos fallidos. Que muriera pocos años después fue como una broma cruel.

Vivi es el mejor regalo que Bonnie me hizo, y eso dice mucho tratándose de una mujer de la que estuve profundamente enamorado.

Como si me leyera el pensamiento, Vivi pregunta:

—A mamá le gustaban los cupcakes de chocolate, ¿verdad?

—Sí, eran sus favoritos.

—Los míos también.

Sonrío. Cualquier manera de seguir conectada con su madre es buena, aunque sea a través del sabor de un cupcake.

Hago todo lo posible por mantener vivo el recuerdo de Bonnie para Vivi, pero cada vez es más difícil. Con el tiempo, la imagen que Vivi construya de su madre se basará más en mi percepción que en quién era ella realmente.

—¿Y ahora qué? ¿Salón recreativo o cine? —pregunto, contento de tener algo de tiempo libre.

Hace una pausa y sé que algo le ronda la cabeza.

—Normalmente elegiría los recreativos, pero quiero ir de compras.

—¿De compras? —pregunto, como si la palabra me sonara a chino.

—Sí, Chloe Bennett dijo que me llevaría al centro comercial y me enseñaría lo que está de moda.

—Ah, qué bien —digo, preguntándome por qué es la primera vez que oigo hablar de esto.

Claro que es muy posible que me lo dijera y se me olvidara. Y lo que es más importante: ¿cuándo empezó a interesarle la moda a mi pequeña?

—Chloe no está ahora, así que a lo mejor podemos ir nosotros solos.

Su expresión se vuelve preocupada.

—¿Te parece bien, papi? Sé que preferirías ir al cine y que a lo mejor te sientes fuera de lugar en el centro comercial.

Sonrío. Vivi se preocupa por mi bienestar. Igual que su madre. Es un arma de doble filo. Se parece tanto a ella que se me hace un nudo en la garganta.

—Está bien. Puedo esperarte con las bolsas mientras compras.

Se le ilumina la cara.

—¡Gracias!

Me planta un beso en la mejilla y protesta por la barba.

—Tienes que afeitarte, papá.

—¿Y por qué iba a hacer eso pudiendo hacer esto?

Le restriego la cara contra la suya y la hago reír.

Disfruto de su alegría. Desde la mudanza de Rhode Island, me he esforzado por alejarme de la tristeza.

Mi terapeuta me animó a mudarme a Nueva York; decía que tenía que mirar al futuro, no quedarme anclado en el pasado.

Al parecer, corría el riesgo de no pasar página nunca.

Vendí la casa que Bonnie y yo compramos juntos.

Espero haber tomado la decisión correcta.

Estamos recogiendo la mesa cuando veo entrar a una mujer con su hija pequeña. Me quedo mirando, los ojos se me llenan de lágrimas. La niña tiene más o menos la edad de Vivi, un año arriba o abajo. Las observo acercarse al mostrador y reprimo el impulso de ir hacia ellas.

Vivi me tira de la mano hacia la salida.

Veo a la niña señalar un pastelito en el expositor y el corazón me da un vuelco.

—¿Papi?

Me recompongo y sigo a mi hija hacia fuera, deseando que Olivia solo guarde los mejores recuerdos de un payaso haciendo figuras con globos.