Capítulo veintiuno
Sam
Estoy a medio camino del jardín, intentando recuperar el aliento. ¿Ha subido la temperatura en los últimos veinte minutos?
Todavía no puedo creer que mi nuevo vecino sea el tipo de mi clase de español. En serio, ¿qué probabilidades hay?
Cuando abrió la puerta, sus sensuales ojos color caramelo reflejaban confusión, como si esperara a otra persona. Ni que decir tiene que yo estaba tan sorprendida como él.
Alto y de hombros anchos, el físico de Blake indica que sabe manejar algo más que un destornillador. Y esa barba canosa que le enmarca la mandíbula... Blake Mitchell está buenísimo.
Resulta que mi madre tenía razón. Es mejor no juzgar a la gente por una primera... o en este caso, quinta impresión. Blake no es en absoluto lo que esperaba. En realidad es un vecino divertido, despistado y guapísimo.
¿Cómo demonios no me había fijado en este tipo? Literalmente vivimos a treinta metros.
Por lo visto, andar preocupada con los niños, el trabajo, mi ex, la recaudación de fondos y la fiesta del barrio no me dejó tiempo para babear por el nuevo vecino buenorro.
Por el aspecto de su casa, está más agobiado que yo. Juegos de mesa abiertos en el suelo, con las piezas esparcidas por la alfombra. Platos sin lavar en el fregadero. El tipo necesita poner su casa en orden. Y comprar detectores de humo.
La cosa podría haber sido mucho peor.
Al entrar en casa, me recuerdo que tengo que revisar mis propias alarmas de humo. Voy a mi despacho, lista para sumergirme en el archivo de Estrellas Brillantes. Hay varias donaciones prometidas que no se han cumplido. Pondré a Ramona con ello.
Repaso mi agenda, satisfecha al ver las tareas tachadas, aliviada de tener todo bajo control.
Estoy corrigiendo trabajos, incapaz de concentrarme, y al final me rindo. Toco el ratón para despertar el ordenador y busco a mi vecino en internet, como la acosadora de mediana edad que al parecer soy.
Encuentro su página web de autor y devoro la escasa información de la sección Sobre mí. De Providence, Rhode Island, le encanta trastear con cosas. Hasta ahora, lo que leo coincide con lo poco que ya sabía.
Las fotos son puro deleite visual. Blake sentado a su escritorio, con gafas de carey. Blake con los brazos cruzados, la mirada abrasando la cámara con una intensidad que corta la respiración.
Cualquiera diría que nunca he visto a un hombre guapo.
Me despego de las fotos y envío un correo a Ramona con los nombres de las personas a las que tiene que llamar. La tentación de volver a las fotos es fuerte, pero no hace falta.
Blake tiene mi táper del chili y lo necesito de vuelta antes de la fiesta del barrio de este fin de semana. Iré a su casa en un par de días a pedírselo. Soy toda una estratega.
Centro mi atención en la próxima gala de Estrellas Brillantes. El evento va a ser épico: tres solteros de oro, catering de primera y mucho dinero recaudado.
Lo que empezó como un trabajo temporal organizando la recaudación de fondos que dejó el difunto marido de Caroline es ahora un segundo empleo a jornada completa.
La verdad es que me encanta. Pero si no pagara tan bien, lo dejaría.
Quiero pasar más tiempo con mis hijos antes de que crezcan, aunque ahora mismo prefieran a sus amigos antes que a su aburrida madre.
Me quedé con la casa de Long Island en el divorcio: un arma de doble filo. Los niños no tuvieron que mudarse, pero la hipoteca es solo mía, y eso es duro con el sueldo de profesora.
Me aparto del ordenador como si fuera una valla eléctrica. Tengo la vista borrosa de tanto rato frente a la pantalla. Voy a necesitar cambiarme la graduación pronto.
Oigo un motor petardeando y echo un vistazo afuera. O más bien, me agacho y miro por la parte de abajo de las persianas, fiel a mi nueva imagen de acosadora. Blake está en su entrada, con la cabeza metida bajo el capó del coche del Sr. Clark, los músculos relucientes de sudor.
Contrólate.
Estoy embobada con la escena cuando mi hijo grita mi nombre. Me pongo de pie de un salto tan rápido que seguro que me he dado un tirón.
Carraspeo.
—¡Aquí!
Echo una última mirada a Blake mientras levanta la cabeza y examina su trabajo.
Parece agotado. Ahora que lo pienso, en el poco tiempo que lo conozco, no ha parado de entrar y salir haciendo malabarismos con las bolsas de la compra, la mochila de su hija, empujando el cortacésped, cargando con el soplador de hojas.
Me invaden punzadas de culpa. No he sido precisamente una vecina ejemplar. Y aquí estoy, mirándolo como quien mira un oasis después de un día en el Sáhara.
Oigo a mi hijo arrastrar algo por el pasillo.
—¿Listo para el gran viaje? —pregunto mientras me acerco a él.
—Sí.
Ethan señala su bolsa de lona, la que lleva su nombre bordado. Se la regaló mi hermana Shel por su cumpleaños hace dos años. Era mucho más pequeño entonces.
Aunque Alan los tuvo en las vacaciones de Navidad, también estarán con él en Semana Santa.
La sobrina de Alan se casa en París. Él fue solo a la fiesta de compromiso, pero quiere llevar a los niños a la boda.
Estarán fuera diez días, justo cuando es la gala.
No tenía por qué aceptar, pero jamás les negaría a mis hijos una oportunidad así.
El dolor es palpable cuando veo a mi ex aparcar en la entrada. Odio que los niños se vayan. Otros padres solteros que conozco disfrutan cuando sus hijos no están. Yo no. Si pudiera frenar el tiempo y tenerlos aquí conmigo un poco más, lo haría sin dudarlo.
Alan sale de su flamante deportivo, que me pone de los nervios cada vez que lo veo.
De dónde demonios saca el dinero para ese juguetito que grita crisis de los cuarenta, no tengo ni idea.
Barbie dice que es lo que hacen los hombres para compensar lo que les falta en otras partes.
Sea lo que sea, es dinero que debería ir a cosas como el uniforme de hockey de Ethan.
Paro antes de seguir por ese camino.
Por un momento me preocupa que los dos se pongan a charlar de coches. No quiero que Blake y Alan congenien. Solo pensarlo me revuelve el estómago.
Alan avisa de su llegada por el móvil.
Ethan mira el suyo.
—Papá está aquí.
Cierra la cremallera de la bolsa y me pregunto qué llevará dentro. Me muero por repasar todo lo que va a necesitar, pero me contengo. Se está haciendo mayor, y si se ha olvidado algo, ya lo resolverán él y su padre.
Ethan se echa la bolsa al hombro y bajamos las escaleras.
—¿Estarás bien, mamá?
Una punzada agridulce. —Claro, cariño. Tengo un montón de cosas que hacer para la fiesta del barrio y la gala. Te voy a echar muchísimo de menos, pero estaré bien.
Se pasa los dedos por el pelo, que ya le pide un corte, igual que hace su padre. —Nos harás videollamadas, ¿verdad?
Sigue siendo mi niño pequeño.
Mi hija no aparece por ningún lado. —¡Chloe, tu padre está aquí!
—¡Ya voy!
Sé que mi hija está emocionada por conocer la ciudad y descubrir la moda parisina. Me alegro por ella.
Mi hijo tiene el ceño fruncido.
—Ethan, te lo vas a pasar genial.
Gruñe a modo de respuesta. Sé que está nervioso. Es su primer viaje al extranjero.
—¿Le recordaste a Papá lo de los cacahuetes? —digo.
—Sí.
Le enviaré un mensaje de todas formas. Ethan tiene una alergia muy grave.
Chloe baja las escaleras corriendo, maleta con ruedas en mano, mochila al hombro, boina en la cabeza. —Lista.
Parece tan mayor. —No te olvides de llamar.
—Nos vemos en diez días, mamá.
A Chloe no parece preocuparle tanto que me quede sola. Espero que sea porque piensa que soy una mujer fuerte e independiente.
Ojalá.
Le doy a cada uno una bolsa de papel con el almuerzo y algo para picar en el avión y los acompaño afuera. Me arriesgo a darles un beso en la mejilla, que ambos toleran. Mientras meten las bolsas en el diminuto maletero, le digo a Alan: —Dale la enhorabuena de mi parte.
Asiente, como si le molestara que abra la boca. ¿Cuándo llegamos a esto?
Dos minutos después, el coche se aleja mientras mi hijo me dice adiós con la mano desde el asiento trasero. Vuelvo a entrar y el ritmo de la casa ya es otro. Reprimo un sollozo y me digo que todo irá bien.