Capítulo veinte
Blake
Algo me saca de mi estado de concentración y olfateo el aire.
Algo se está quemando y no tengo ni idea de dónde viene.
Lo primero que pienso es que alguien está haciendo una hoguera en su jardín, pero el olor se intensifica a cada segundo.
Una hoguera a mediodía es poco probable y siento cómo el pánico va creciendo.
Cuando suena el timbre, espero encontrarme con un bombero con todo su equipo.
Bajo las escaleras a toda prisa y el humo me recibe a medio camino. No sé si debería buscar el origen del olor o abrir la puerta. Elijo lo segundo y la abro de golpe, preparado para mirar a los ojos a un fornido bombero, pero tengo que bajar la vista.
En lugar de un casco, tirantes amarillos y un camión rojo reluciente, Sam está en la puerta con un recipiente en las manos.
—Hola, Sam —digo distraído. Necesito averiguar de dónde viene el humo.
Ella me mira con curiosidad.
—¡Tú!
—¿Perdona?
—Eres el tipo de la clase de español...
La expresión de su rostro es difícil de definir.
Asiento.
—Así es.
Se produce un silencio incómodo y no sé qué está pasando.
Ella baja la mirada como si acabara de reparar en el recipiente.
—Pago por servicios prestados... ¿algo se está quemando?
Mira por encima de mi hombro. El humo es más denso ahora.
—Sí, eso creo.
Mi voz suena tranquila, pero el corazón me late como una locomotora.
—¿Debería llamar a los bomberos?
Sam me aparta de un empujón, entra en la cocina y deja el recipiente sobre la encimera. Las llamas salen disparadas del horno. Miro hacia el techo. La alarma de humo no suena.
—¿Extintor? —pregunta.
Corro al armario, lo saco y se lo paso. No tengo ni idea de cómo usar esa cosa. En cuestión de segundos, abre la puerta del horno. El humo sale a borbotones mientras ella rocía el fuego hasta apagarlo.
Con calma, deja el extintor en el suelo. Todo alrededor del horno está cubierto de espuma blanca. Parpadeo varias veces, pensando en qué habría hecho si esta mujer no hubiera llamado al timbre en ese momento.
—Gracias —digo, algo aturdido.
—De nada.
Está abriendo todas las ventanas de la cocina.
—¿Olvidaste algo en el horno?
De pronto lo recuerdo y me encojo de vergüenza.
—Puse un trozo de lasaña ahí dentro y supongo que me olvidé.
—¿Cuándo fue eso?
Miro el reloj de la pared.
—Hace siete horas.
Se ríe con un sonido suave y musical. Como te imaginarías que se ríe Campanilla.
Enciendo el extractor.
—Supongo que me distraje —digo, como si eso lo explicara todo sobre mi vida caótica.
—¿No hay alarma de humo?
Señalo hacia el techo.
—Supongo que las pilas están agotadas.
—Tienes que revisar las pilas cada seis meses, Blake —dice ella.
Se acuerda de mi nombre.
—Eres la profesora —recuerdo que uno de los vecinos lo mencionó.
—Entonces supongo que eso te convierte en Maryanne.
Sonrío.
—¿Es una referencia a La isla de Gilligan?
Se encoge de hombros.
—Quizás.
Sam rebusca en el armario del pasillo y saca una toalla que agita en el aire, aunque sirve de poco para dispersar el humo. Tardará horas en disiparse.
—Deberías tener detectores de humo por toda la casa. Y de monóxido de carbono también.
Asiento como un idiota.
—Claro. Me pongo con ello enseguida.
Esta vez lo digo en serio. Lo pondré en lo más alto de mi interminable lista de tareas pendientes. Justo por encima de llamar al fontanero antes de que el váter con fugas se convierta en el parque acuático más asqueroso de la historia.
—¿Tienes trapos de limpieza?
Miro debajo del fregadero y saco un único trapo raído. Ella lo observa.
—¿Papel de cocina?
—Eso sí tengo —digo como un bobo.
Encuentro un rollo en la despensa y entre los dos limpiamos el desastre, gastándolo entero. Señalo el recipiente que hay sobre la encimera. Es lo que la trajo aquí.
—Ahora que la lasaña está arruinada, agradeceremos una cena casera de verdad.
Parece que quiere decir algo más. Pero en lugar de eso, tira el resto del papel empapado a la basura y se dirige a la puerta.
—Eh...
—¿Pasa algo?
—Es solo que... da igual.
—Por favor, dímelo.
—El cortacésped y el soplador de hojas. Es demasiado temprano para mí.
Me sonrojo.
—Lo siento mucho. Es mi terapia.
Frunce el ceño confundida y estoy a punto de explicarle cuando oigo que se abre la puerta. Vivi entra y deja la mochila sobre la mesa de la cocina.
—Hola, papi —dice mientras me abraza.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá de Chloe.
Sam sonríe.
—¿Qué tal el día? —le pregunto a mi hija.
—Bien.
Su naricita se arruga.
—¿Qué es ese olor?
—Oh, nada. Estoy preparando la cena.
Cruzo una mirada con Sam por encima de la cabeza de Vivi. Ella sonríe y se dirige a la puerta.
—Gracias de nuevo —digo mientras Sam se marcha—. Prometo no ponerme con el césped hasta mediodía como mínimo.
Me levanta el pulgar. —¿Te veo en la fiesta del barrio?
Estoy a punto de decir que no cuando Vivi grita: —¡Sí, va a ser divertido!
Adiós a esa idea.
Sam sale por la puerta y me quedo con ganas de saber más sobre mi vecina, tan ingeniosa ella.