Capítulo veintitrés
Sam
En cuanto el señor López nos pone en pareja para un ejercicio, sé que estoy en problemas. No porque Blake no sea inteligente —por lo que veo, eso no es el problema— sino porque de repente tengo excusa para mirarle directamente a esa cara tan guapa.
Esa barba de tres días permanente me hace pensar que no es consciente de lo atractivo que resulta. ¿Quién iba a decir que los hombres podían tener una mandíbula tan perfecta? Superficial, lo sé, pero ahora me esfuerzo por recordar sus defectos.
Por suerte, hoy Flo no ha venido porque está organizando la fiesta del barrio. Solo de pensar que nos viera aquí a Blake y a mí me dan palpitaciones. Para cuando llegase a casa, ya correrían rumores de nuestra boda inminente.
—Muy bien, pareja —anuncia el señor López—. Practicad las presentaciones. Que sea sencillo. Venga.
Me vuelvo hacia Blake, que parece calcular la ruta de escape más rápida.
—Hola —empiezo—. Me llamo Sam. ¿Cómo te llamas?
Blake carraspea.
—Eh... Me llamo Blake —hace una pausa y añade—: Yo soy... muy guapo.
Me echo a reír por su descarada falta de modestia.
—¡Eso no está en el guion!
—Estoy improvisando.
El señor López suspira desde el otro lado del aula.
—Señor Blake, que sea sencillo.
—Vale, vale —Blake se yergue—. Me llamo Blake. Yo soy... alto.
Resoplo.
—¿En serio? ¿Alto? ¿Eso es lo mejor que se te ocurre?
Sonríe con suficiencia.
—Vale. Yo soy alto, guapo y... muy inteligente.
—Vaya, vaya —cruzo los brazos—. Alguien está muy seguro de sí mismo.
—Gracias —dice con soltura—. Ahora te toca a ti.
Pongo los ojos en blanco, pero le sigo el juego.
—Me llamo Sam. Yo soy... organizada, trabajadora y...
—Bonita —me interrumpe Blake.
Me quedo paralizada. Su tono es desenfadado, pero hay un destello de algo más en sus ojos. Noto cómo el calor me sube por el cuello.
—Eh... gracias —murmuro.
El señor López da unas palmadas.
—¡Bien! Ahora vamos a practicar situaciones de emergencia.
Blake se vuelve hacia el profesor con la sonrisilla de suficiencia de vuelta.
—¿Cómo se dice «vecina, ven a salvarme»?
El señor López parece desconcertado. Sonrío de oreja a oreja y le susurro a mi compañero:
—Por fin algo útil.
Cuando termina nuestro turno, la clase aplaude.
—Creo que ya estamos listos para ir a Sevilla —le digo a mi compañero.
Blake se inclina y me susurra al oído:
—Dime cuándo y dónde.
Se me pone la piel de gallina en los brazos, y no se me pasa hasta que suena el timbre y llega la hora de irse a casa.