Capítulo dieciocho
Blake
¿En qué estaba pensando al llamarla señora? Como si fuera Rhett Butler o Clint Eastwood en un western cursi.
La reacción de Sam me bastó para saber que la había cagado, pero bien.
No pretendía hacerla parecer vieja. Fácilmente le llevo cinco años.
Tengo que arreglar esto.
Necesito demostrar que no soy el peor vecino del planeta. Aunque lo sea.
Todavía con el traje de payaso, dejo a Vivi con un juego educativo en el ordenador, cojo el resto de mis herramientas del garaje y vuelvo a salir. Haré la reparación, pasaré desapercibido, no diré ninguna estupidez.
Estoy lijando el nuevo poste del buzón cuando se abre la puerta y sale Sam.
—Señor Mitchell, como le dije...
Alzo la vista hacia ella. Es guapa, perdón por el cliché, con ese encanto de chica de al lado.
Bueno, si la chica de al lado fuera de mediana edad, con flequillo castaño claro y una tez casi impecable, y las suaves arrugas alrededor de los ojos le añadieran un atractivo discreto. Una Jane Eyre moderna.
También tiene unos ojos preciosos. Color avellana con un toque de... fastidio.
—Mire, cuando la llamé señora, no pretendía ofenderla. Es la educación que me dieron. Costumbres de pueblo. No puede ser mucho mayor que...
Y yo que iba a mantener la bocaza cerrada.
Sam levanta una mano.
—Disculpas aceptadas.
Exhalo aliviado y vuelvo al trabajo.
—No sabía que usted tampoco era de aquí. ¿De dónde es?
—De Rhode Island.
—Yo de Ohio.
No estoy seguro, pero me parece oír una sonrisa en su voz.
Clavo el poste en el suelo con firmeza y coloco el buzón encima.
—No me diga. El mejor chili del país.
Aprieto los tornillos.
—Pues resulta que tengo mi propia receta especial de chili picante. Estoy preparando una buena cantidad para la fiesta del barrio.
—Me encantaría probarlo algún día.
Madre mía. Ahora le estoy pidiendo que me dé de comer. ¿Pero qué me pasa?
Termino el trabajo y me levanto.
—Voilà. Como nuevo.
Examina mi trabajo.
—Pues sí que lo está. Gracias.
Estoy guardando las herramientas cuando dice:
—Vale, pico.
—¿Perdón?
—¿Y lo del traje de payaso? ¿Es para la fiesta del barrio?
—Se me había olvidado la fiesta.
—Ya.
—Y entonces... ¿a qué viene?
Me está mirando la nariz roja y brillante.
—Bueno, estaba entreteniendo a unas cuantas personas.
Lo dejo ahí.
—¿Se dedica a eso?
Me río con ganas.
—No. Digamos que es un hobby.
Antes de que pueda hacer más preguntas, me despido de Sam y me voy a casa, plenamente consciente de que necesito mejorar urgentemente mis habilidades sociales.