Capítulo diecisiete
Sam
—¿Vivi está bien? —pregunta el payaso.
Todavía no me he recuperado del susto de película de terror. —Puedes preguntárselo tú mismo.
Me sigue hasta la cocina, donde Vivi está sentada riéndose de algo en el iPad de mi hijo. No levanta la vista. Para ella, el payaso es invisible.
Ethan mete la cabeza en la nevera como si todo fuera de lo más normal y luego se deja caer junto a Vivi, riéndose con ella.
Los ojos pintados del payaso observan la escena con curiosidad.
—Vivi ya ha comido, así que seguramente no querrá cenar en un buen rato —digo.
Sea lo que sea que estén viendo, termina, y Vivi sale de su trance. —¡Hola, papi! —Le dedica una sonrisa radiante a su padre y se levanta de un salto para abrazarlo por los pantalones abombados.
—Hola, cariño —dice. Se quita la nariz roja de quita y pon y le da un beso en la coronilla—. ¿Te has divertido?
Veo los signos reveladores de la culpa paterna asomar en sus rasgos cómicos.
—Chloe me acaba de enseñar a hacer los deberes de mates.
—Qué bien. —Señala la mochila rosa—. Recoge tus cosas.
Vivi guarda los deberes y le pasa la mochila a su padre, que se la cuelga del hombro de lunares. Está completamente ridículo.
Los acompaño a la puerta principal.
—Gracias por salvarme el pellejo. —Mira a su hija e inclina la cabeza hacia mí.
—Gracias, señora Bennett.
Le sonrío a Vivi y evito cruzar la mirada con su padre. Es difícil mantener el contacto visual con un tipo que lleva más maquillaje del que yo me he puesto en toda mi vida.
—Siento mucho lo que pasó —dice—, ya sabes, lo del agua.
Levanto una ceja con fastidio. ¿Así lo llama? Fue un ataque en toda regla. Me contengo para no corregirlo.
—Vivi estaba practicando sus habilidades de bombera.
Estoy confundida hasta que veo a Vivi enrojecer. —Lo siento —susurra.
No sé muy bien por qué, pero ya no me molesta tanto como antes. Aunque este hombre necesita vigilar más de cerca a su hija.
Cruzan el umbral y el payaso agita el destornillador. —Pasaré a arreglarte el buzón.
—Te lo agradezco, pero no es necesario. —Un payaso haciendo chapuzas delante de mi casa les dará a los vecinos de qué hablar durante meses.
—Insisto. No aceptaré un no por respuesta, señora.
—¿Señora?
Y así, sin más, toda la buena voluntad se esfuma una vez más.