Capítulo dieciséis
Blake
La cara de mi vecina no tiene precio. O más bien, está aterrorizada. La emoción nubla sus rasgos, normalmente apacibles.
He hecho chillar a la mujer dos veces en los dos encuentros que hemos tenido. Estadísticas pésimas.
Samantha Bennett rodea protectoramente los hombros de su hijo con el brazo. El adolescente está en esa fase incómoda que recuerdo con un escalofrío. Granos, aparatos, chicas más altas que yo. Su reacción es la opuesta a la de su madre. Le hace gracia.
—¿Quién es el payaso?
Sonrío ampliamente.
—Soy Blake Mitchell. El de al lado.
Samantha se me queda mirando un momento y luego suelta un suspiro de alivio de los de verdad.
—¿Sueles entrar así en las casas de la gente?
—La puerta estaba abierta —me miro—. Perdón, no tuve tiempo de cambiarme.
Todavía está temblando. Me lo tomo como señal para irme.
—Voy a vestirme y vuelvo en diez minutos.
—Espera —dice el adolescente—. Te has mudado al lado.
Sonrío.
—Así es. Vivi es mi hija —me siento un poco incómodo, y eso sin contar el disfraz de payaso. Le ofrezco a la madre lo que espero que sea una sonrisa no demasiado inquietante—. Y tú eres Samantha, ¿verdad?
Ahora la mujer está a mi lado, estudiando el maquillaje, y sé que tiene alguna pregunta.
—Me llaman Sam. Este es Ethan —su miedo anterior se ha transformado en curiosidad.
—Sam —digo, saboreando el nombre. Le queda bien. Femenino con un toque desenfadado.
Me observa como si todavía estuviera decidiendo si soy de fiar. Es comprensible. Un payaso con un destornillador no es la mejor primera impresión.