La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo Trece
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Capítulo Trece

Sam

No estaba en casa.

Estoy corrigiendo exámenes en mi despacho, todavía saboreando lo preparada que estaba para enfrentarme a Blake Mitchell, cuando Chloe asoma la cabeza. Los miércoles sale temprano.

Mis hijos son lo opuesto al estereotipo. Mi hija adolescente es tranquila, responsable y respetuosa. Con Chloe no hay sorpresas: es transparente. Pero vaya si tiene el síndrome de la hija mayor. Presidenta del equipo de debate, voluntaria en la residencia de ancianos.

Mi hijo es el más complicado, temperamental. Su humor depende de con qué pie se levante. Es sensible, empático y más listo que yo. También es mi pequeño y siempre lo será.

Chloe entra y espera educadamente a que le preste atención.

Levanto la vista del trabajo.

Abre con:

—Ese tipo de al lado.

Me quito las gafas de lectura y las dejo caer sobre el pecho.

—¿Qué ha hecho ahora?

Chloe frunce el ceño.

—No, perdona. Es solo que...

—¿Qué pasa, Clo? Estoy ocupada.

—Vale.

Hace ademán de irse.

¿Qué me pasa? En un par de años se habrá ido. Digo:

—Perdona. Es que estoy hasta arriba. ¿Qué querías decirme?

—Su hija Vivi está sentada en el escalón de la entrada de su casa.

—¿Y?

—Creo que no puede entrar.

—¿Por qué lo crees?

—El autobús escolar la dejó hace diez minutos.

Echo un vistazo por la ventana.

—Seguro que alguno de sus padres llegará pronto.

—No tiene madre.

El rotulador rojo se me queda paralizado en la mano.

—¿Ah, no? ¿Cómo lo sabes?

—Es vox populi.

No tenía ni idea. De hecho, hasta hace poco ni siquiera sabía cómo se apellidaban.

De repente, me siento fatal por mis publicaciones en la aplicación. Está claro que los Mitchell están pasando por mucho. Lo entiendo. Pero ¿una madre que abandona a su hija? Brutal.

Me levanto.

—Yo me encargo.

Vivi está sentada en el escalón, con la mirada fija en sus zapatos.

Me planto una sonrisa de oreja a oreja.

—Hola, vivo aquí al lado. Eres Vivi, ¿verdad?

Una buena dosis de escepticismo le cruza la cara.

—Chloe es mi hija.

A la niña se le ilumina la cara.

—Ah, sí. Chloe mola mucho.

Saluda con la mano y me giro para ver a mi hija en el umbral de nuestra puerta. Con su gorro de terciopelo ladeado y sus botas altas, Vivi tiene razón. Mi hija es genial.

—Sí, desde luego. ¿Qué ha pasado con tu llave?

Vivi asiente.

—Me la dejé en el cole, con el móvil. Mi padre me va a matar. Dijo que era demasiado pequeña para volver sola a casa. Pero no soy demasiado pequeña.

Frunce el ceño y se le llenan los ojos de lágrimas.

—Tranquila. Estas cosas pasan. ¿Quieres entrar a llamar a tu padre?

—No debo ir a casa de desconocidos.

La han educado bien.

—Tienes razón. A no ser que tu padre diga que sí.

Saco el móvil del bolsillo.

—Toma. Vamos a llamarle.

Vivi coge mi teléfono y marca. Por suerte se sabe el número de memoria. Una vez más, la han educado bien.

—Hola, papi —dice con ese tono falsamente alegre que reconozco de mis propios hijos cuando la han liado.

Solo oigo un lado de la conversación, a Vivi contando lo que ha pasado.

—Estoy bien. La vecina vino a ver cómo estaba. Me dijo que te preguntara si puedo esperar en su casa... sí, quiero. A lo mejor Chloe me deja ver su armario.

No puedo evitar sonreír. Mi hija se está convirtiendo en el icono de la moda del barrio. Supongo que eso se hereda saltándose una generación.

Vivi me pasa el teléfono.

—Mi padre quiere hablar contigo.