Capítulo Doce
Sam
Hoy no es la cortadora de césped, sino un soplador de hojas a toda potencia. Dos semanas y nada ha cambiado.
Aparto las sábanas lista para la batalla, preparándome para el único consuelo: ver el sol asomarse por encima de los tejados.
Entrecierro los ojos mirando por la ventana, confundida por el cielo tan luminoso.
El vecino lleva el soplador de hojas a la espalda en el jardín delantero, como si tuviera una vendetta personal contra cada brizna de hierba.
Lleva una gorra calada hasta las cejas y, con el resplandor del amanecer, no consigo distinguirle la cara.
Quiero salir pisando fuerte y retorcerle el cuello. No, mejor espero hasta medianoche y me planto en su ventana con un megáfono.
Pero, claro, eso no va a pasar. Cuando te crías en el Medio Oeste, aprendes a sonreír aunque te carcoma el resentimiento.
Cuento hasta diez, intentando encontrar una explicación razonable a la desconsideración del vecino. Quizá no se da cuenta de que está despertando a media manzana. Quizá así hacen las cosas de donde él viene.
Cuando me topé con Flozy la Cotilla en el 7-Eleven, me contó que la hija había empezado en la primaria Cedar Ridge.
Seguro que le está costando integrarse. Las niñas pueden ser muy crueles a esa edad.
Ella y su padre probablemente andan a la carrera intentando adaptarse. No es mi problema. Y sin embargo.
Observo a Blake amontonar las hojas y soplarlas hacia el bordillo, por suerte no hacia mi césped. Se gira en mi dirección y me aparto de un salto.
Me planteo vestirme y salir a presentarme como es debido, diciéndome que lo del casi ahogamiento fue un accidente, que simplemente empezamos con mal pie.
Me siento orgullosa de haber transformado mi mal humor en concederle el beneficio de la duda.
Cojo los pantalones de yoga doblados con cuidado en el lado de la cama de Alan.
Puede que los Mitchell solo necesiten a alguien que les enseñe cómo van las cosas por aquí.
Y al fin y al cabo, es lo que hago, ¿no?
Ayudar, hornear, calmar, limar asperezas, aunque eso signifique que luego me toca recoger los pedazos.
Bajo las escaleras mientras el soplador de hojas se para con un traqueteo. Echo un vistazo al pastel en la encimera y oigo la voz de mi madre resonando en mi cabeza: «Se cazan más moscas con miel que con vinagre». Nunca le importó que el dicho fuera sobre moscas y no sobre abejas.
Mientras pongo la tetera al fuego, me suena el móvil con un mensaje. Es de Alan y noto cómo me sube la tensión.
Recordatorio: Llevaré a los niños a París para la boda.
Ni un «Hola, ¿qué tal?». Ni un «Perdona por dejarte tirada después de una década de matrimonio».
Además, no está preguntando, está avisando. Aunque yo tenga la custodia. Pero Alan sabe que no voy a discutir. Lo dejaré pasar, como siempre. Soy alérgica a la confrontación.
Cualquier intención de perdonar a mi vecino que tuviera hace un momento se ha evaporado como el vapor de la tetera.
No quiero cazar abejas. Las abejas pican. Lo que quiero es llamar la atención de Blake Mitchell y dejarle claro que ya basta. Hoy es el día en que me hago valer.
Mis amigas del Fabulosas Cincuenta llevan tiempo diciéndome que me haga oír, y no hay mejor momento que el presente.
Ya me imagino la escena: irrumpo con el pastel en la mano y, en lugar de ofrecerle un trozo, le canto las cuarenta, dejándole claro que cualquier hora antes de las nueve de la mañana es demasiado temprano para andar con el ruidoso mantenimiento del jardín.
Con el corazón acelerado y crecida de determinación, agarro el pastel y salgo decidida, lista para enfrentarme al imbécil desconsiderado de al lado, dispuesta a estampárselo en la cara si se pone borde.