Capítulo Once
Blake
—¡Hola, Olivia! —digo mientras retuerzo un globo naranja hasta darle forma de perro salchicha.
—¿Va a explotar otra vez? —La preadolescente de ojos marrones me estudia con escepticismo, aunque ya la conozco bastante bien y sé que su expresión es un intento de ocultar lo mucho que le divierte. Por eso vengo a su habitación cada semana.
—Eso no fue culpa mía. El globo estaba defectuoso.
Se cruza de brazos sobre la bata de hospital azul claro.
—Los de seguridad entraron corriendo como si hubieran oído disparos.
—Culpa mía —admito. No fue mi mejor momento. La verdad es que últimamente no hago más que causar problemas allá donde voy—. Seguro que en este hospital tienen un pabellón psiquiátrico.
Una pequeña sonrisa asoma en los labios de Olivia y me siento victorioso. Le entrego el globo, muy consciente de que ya no tiene edad para estas cosas. Hasta que me pida que deje de venir, seguiré aquí con mis zapatos de payaso y mi nariz roja y bulbosa.
Saco tres pelotas de mis pantalones bombachos y me pongo a hacer malabares.
—Mañana, cirugía número cuatro —dice.
—¡Ahí va! —Le lanzo una de las pelotas, que atrapa encantada—. ¿Qué tal lo llevas?
—Otra semana, otra cirugía. Nada nuevo.
Pero en los ojos de Olivia hay miedo, y se me rompe un poco más el corazón cada vez que la veo.
—Si quieres, estaré aquí cuando despiertes.
Ya he mirado su horario. Puedo cuadrarlo.
Ladea la cabeza.
—¿En serio?
—Claro, si a tus padres les parece bien.
—Llegarán en una hora. Les diré que es lo que quiero.
Me devuelve la pelota y sigo con los malabares.
—Eh, señor Risitas —la enfermera de turno entra con un vasito de pastillas. Todo el personal de oncología pediátrica me conoce—. ¿Nos das un momento? Seguro que a Johnny, el de al lado, le encantaría una visita.
Hago sonar la bocina.
—¡Mucha suerte, campeona!
La enfermera frunce el ceño, pero Olivia se está aguantando la risa. La dejo así y salgo al pasillo a rezar.