Capítulo Cuatro
Blake
Vivi está experimentando con el rock and roll. No soy precisamente fan de los artistas que elige. Es imposible entender la letra, y tampoco estoy seguro de querer hacerlo. Cuando llego a casa, me horroriza que la música suene tan fuerte que las ventanas retumban.
Menos mal que los Clark están fuera de la ciudad. Como solo hay tres casas en mi calle sin salida, quedan los vecinos de al lado.
Entro corriendo y grito a pleno pulmón:
—¡Vivi!
Pronto cumplirá diez años y tiene llave para entrar sola. No suele necesitarla porque trabajo desde casa, pero me quedo más tranquilo sabiendo que la tiene.
Grito otra vez, pero no me oye. Subo las escaleras corriendo y aporreo la puerta.
—¡Hola, papi!
Su expresión me dice que no tiene ni idea.
Paso a su lado y apago la música. Estoy convencido de que me he quedado sordo del oído izquierdo.
—¿Has perdido la cabeza? —digo, medio en broma.
Se deja caer en la cama deshecha.
—Estaba probando los altavoces nuevos que me compraste.
Miro el escritorio. Son diminutos, pero obscenamente potentes. Los compré pensando en jazz suave y Taylor Swift, no en Guns n' Roses.
—Tenemos vecinos, Vivi. No puedes poner la música tan alta.
—Lo siento —dice, con cara de arrepentimiento—. Pero molan, ¿a que sí?
Suspiro. Tanto esfuerzo para nada.
Soy un buen padre, me digo, aunque ahora mismo empiezo a dudarlo.
—¿Por qué no practicas tus volteretas... o las técnicas de bombero?
Se le ilumina la cara.
—¡Sí!
Sale disparada y sé que va al jardín, delantero o trasero. Ya casi he salido de la habitación cuando me doy cuenta de que la ventana sigue abierta. Mientras la cierro, veo que las persianas del vecino tiemblan y luego se quedan quietas. Creo que me estoy ganando un enemigo en la casa de al lado.