La subasta del amor (Club de los cincuenta fabulosos nº 3) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Sam

Mi cabeza rebota contra el hombre sentado a mi lado y me despierto sobresaltada.

El metro traquetea y me disculpo en voz baja con el señor mayor, horrorizada al ver una mancha de baba en el hombro de su abrigo.

Me habría pasado de parada, pero gracias a los pésimos amortiguadores del metro de Nueva York, llegaré a tiempo.

Estoy cansada. Nada nuevo. Llevo cansada desde que nació mi primer hijo. Y no ayuda que los vecinos ruidosos me despierten a horas intempestivas.

El trayecto entre la universidad donde doy clases y Le Marais es lo bastante largo para echar una cabezada. Mi cordura depende de estas siestas de diez minutos.

Me levanto justo cuando el vagón da una sacudida y choco contra el borracho dormido que tengo al otro lado, que se despierta.

—Lo siento —digo con una sonrisa, antes de recordar que ser amable no está bien visto en el metro.

Gruñe y vuelve a sumirse en su sopor.

El tren llega a la estación y las puertas se abren con un pitido. Justo a tiempo. He interactuado con mis compañeros de viaje más de lo socialmente aceptable.

Me sumo a la riada de gente en el andén. Aunque estamos en abril, la estación es sofocante. Tienen la calefacción a tope, como si esto fuera la guarida del diablo.

Un violinista toca un concierto de Bach y me pregunto si será uno de esos virtuosos famosos de incógnito. A lo mejor soy una extra en un vídeo de YouTube a punto de hacerse viral. Cada día en el metro es una aventura.

Avanzo con el resto de los pasajeros, emocionada por ver a mis amigas. El Club de las Fabulosas Cincuentonas se reúne cada mes, o al menos lo intentamos. Cada vez es más difícil ahora que algunas nos hemos mudado a otros sitios. Cuadrar agendas puede ser un lío, pero todas estamos entregadas.

Mientras subo por la escalera mecánica, me fijo en un anuncio pegado en la pared mugrienta. Es de un seguro médico. Pienso en Alan.

No sé a ciencia cierta en qué trabaja ahora mi ex.

Los niños creen que vende seguros. Lo que quiera que eso signifique.

Mi hermana, que vive en Florida, y mis amigas del Club de las Fabulosas Cincuentonas llevan tiempo insistiendo en que lo averigüe.

Todas coinciden en que debería pedir que el estado le embargue el sueldo, pero no me veo capaz de hacerlo. Sería un caos para los niños.

Aún ahora, pienso en Alan todos los días. Es como si estuviera atrapada en una burbuja temporal: el mundo sigue girando, pero yo me he quedado en el mismo sitio. Caroline me sugirió que fuera a ver a su terapeuta, pero hoy por hoy es un lujo que no puedo permitirme.

Emerjo del inframundo a la Sexta Avenida, aliviada de respirar aire fresco, si es que puede llamarse así aquí en la Gran Manzana.

Me dirijo hacia el este, entre rascacielos, turistas y taxistas tocando el claxon. Con todos sus defectos, Nueva York tiene una energía que no existe en ningún otro lugar del planeta. Todavía me estoy adaptando, pero me quedaré por los niños.

Chloe y Ethan son la única razón por la que no me arrepiento de haberme casado con Alan: son lo mejor que me ha pasado en la vida. Ni mi doctorado ni mis increíbles amigas.

La mudanza a Nueva York fue dura, sobre todo para Chloe.

Empezar el instituto en una ciudad nueva es brutal, pero gracias a la estratégica demanda de divorcio de Alan, no puedo llevarlos de vuelta a Cincinnati hasta que sean mayores de edad.

No pienso desarraigarlos otra vez: nuestra familia ya ha pasado por bastante.

El Dr. Google advierte que hay que esperar comportamientos rebeldes.

Mientras a Ethan le sale bigote y cambia de humor como un hombre lobo adolescente, Chloe asume responsabilidades como si fuera una madre en miniatura.

Es difícil saber qué es normal y qué son secuelas de nuestro desastre.

Evie dice que su resiliencia es cosa mía. Espero que tenga razón.

Llego al restaurante y entro. Roger está en la entrada.

—Hola, señora Bennett. Su grupo ya está en la mesa de siempre.

Le doy las gracias y me contengo para no echar a correr. Aparte del tiempo con mis hijos, este es el mejor día del mes.

Me dirijo al fondo y me reciben cuatro mujeres preciosas, todas tan contentas de verme como yo de verlas a ellas.

—¡Hola, chicas! —digo, agradecida como siempre de formar parte de este grupo increíble. Nos abrazamos. Cada vez que nos reunimos, estamos más unidas. Aunque algunas hayamos tenido cambios importantes en la vida.

Me siento junto a Evie. Viene de California. Si no fuera por su trabajo aquí en Manhattan, me pregunto si seguiría viniendo. Algo me dice que sí.

Barbie sorbe su mojito y juraría que no envejece nunca. De hecho, apenas ha cambiado desde el día que la conocí. Sigue con el mismo pelo negro liso de siempre, su piel japonesa aún resplandeciente. Es una mujer de negocios extraordinaria. La combinación perfecta de belleza, inteligencia y bondad.

Monique lleva un traje de chaqueta impresionante que se ciñe a cada una de sus curvas, en contraste directo con mi holgado vestido bohemio.

Cuando nos conocimos, Mo era la que más me intimidaba.

Y no soy la única. Los camareros la evitan y solo puedo imaginar cómo la verán sus socios.

Pero ahora que la conozco mejor, veo otro lado de ella.

Se preocupa muchísimo por sus amigas e incluso fue a Vermont a ayudar a Caroline —su antigua archienemiga— a decorar su cabaña.

Comparada con estas mujeres tan arregladas, soy la rezagada. Me hacen cumplidos cuando hago el más mínimo esfuerzo. Si en Ohio me hubieran dicho que algún día tendría amigas como estas, me habría reído en su cara. Lo reconozco: soy del montón. Solo me alegra que me sigan incluyendo.

Durante el último año, tanto Evie como Caroline han encontrado a sus medias naranjas.

Evie y Adam se reparten entre la casa de él en Yosemite y la de ella aquí en Manhattan.

Caroline y el Dr. Guapo, alias Calvin, van y vienen entre Vermont y Nueva York.

No sé cómo lo hacen. Yo apenas puedo con el viaje desde Long Island.

Oigo a Caroline decir mi nombre y vuelvo a prestar atención.

Me susurra:

—¿Has adelgazado?

Sí, pero sin querer. Es la dieta de la madre agotada que no tiene tiempo ni para comer. Siempre he sido lo que algunos llamarían rellenita, pero hago lo posible por disimularlo. Mi armario está lleno de ropa holgada en tonos apagados.

Caroline se dirige a las demás:

—Sam está obrando milagros con el evento de Estrellas Brillantes. Hemos vendido todas las entradas. Ya prevemos un aumento del quince por ciento en los ingresos respecto al anterior.

Caroline siempre me echa flores. Yo no soy de las que van pregonando sus méritos.

Pero también fue ella quien me convenció de asumir el proyecto mientras los niños pasaban dos semanas con su padre en vacaciones.

Trabajar en la gala fue una distracción útil y una forma de ganar un dinero extra para compensar lo que falta de la pensión alimenticia.

También le vino bien a Caroline, que estaba lidiando con el estrés que le causaban sus hijastros, unos avaros.

El banquete de Estrellas Brillantes va a ser épico, gracias en gran parte a mi nueva iniciativa: una subasta exclusiva en la que quien más puje se lleva una cita con uno de tres solteros de oro, y todo a beneficio de niños con necesidades especiales.

Empecé con un equipo de ayudantes, pero ahora solo quedamos Ramona y yo. Lo prefiero así. Ya se sabe, muchas manos en un plato hacen mucho garabato. Ramona tiene buen ojo para los detalles, mientras que yo me centro en el panorama general.

—¿Alguna de vosotras podrá venir? —pregunto, con un tono horriblemente suplicante. Son mujeres muy ocupadas.

—¡Iremos todas! —dice Barbie—. ¿Verdad?

Noto que Evie y Mo dudan.

—Sabes que yo estaré allí —dice Caroline.

En realidad, eso no estaba nada claro hasta ahora. La organización la fundó su difunto marido. Él era rico, y Caroline también lo sería si los hijos de Bernard no la hubieran dejado fuera de la herencia.

—Gracias —digo, algo avergonzada.

Cada una tiene su turno para contar qué hay de nuevo en su vida. Cuando me toca a mí, no sé qué decir. Mi vida lleva años siendo la misma historia de siempre. Decido contar lo del uniforme de hockey.

—Alan…

Mo me interrumpe.

—¿Qué pasó con tu nuevo vecino?

—Me despertó esta mañana al amanecer.

Da unas palmadas.

—Uy, cuéntanos.

Hago una mueca.

—¿Qué aspecto tiene?

Me aguanto las ganas de poner los ojos en blanco.

—¿Y eso qué importa?

Barbie dice:

—Yo también tengo curiosidad.

Suspiro.

—Ni idea. Solo lo he visto de espaldas. Me apuesto algo a que es un ogro. Como Shrek, pero forrado de polar.

Mo y Barbie se vuelven hacia sus bebidas, y noto que se están aguantando la risa.

—¿Qué?

Evie dice:

—Tienes que ir y decirle que baje el ruido.

Por supuesto que debería. Pero todas las de esta mesa saben que no lo haré. No va conmigo.

Las demás cuentan qué han estado haciendo.

Sobre todo temas de trabajo y logros profesionales.

En momentos así me siento como el bicho raro del grupo.

La única otra con hijos en el club es Evie, aunque Caroline está empezando a mojarse con el hijo adoptivo de Calvin.

En general, estas mujeres no entienden mi vida.

Pero no pasa nada. Soy miembro de pleno derecho de este club y les tengo mucho cariño a todas.

Cuando apuramos las bebidas y retiran los platos, nos despedimos. Cada vez cuesta más.

Mientras camino hacia la estación Grand Central, le doy vueltas a la conversación sobre mi vecino. Las chicas tienen razón. Debería hacer algo. Cuando el tren entra en la estación, ya tengo un plan.